Capítulo 16
Lo que Ezequiel No Dijo
· · ·
Esa noche, solo en su habitación, Ezequiel se debatió entre dos lealtades que se sentían, cada vez más, imposibles de reconciliar, dando vueltas en la cama sin encontrar una posición que le permitiera apagar la mente.
Sabía exactamente qué representaba la fecha que Sofía había descifrado: el día del Encuentro Ritual del Pacto, el momento en que la Cofradía formalizaría su reclamo sobre ella, fuera lo que fuera exactamente lo que ese reclamo significara, porque incluso Ezequiel, después de años de pertenencia y entrenamiento, no conocía todos los detalles del ritual final, solo fragmentos que le habían dado a cuentagotas.
Decidió no contárselo. Todavía no. La protegería, a su manera, ocultándole la verdad completa hasta encontrar una forma de sacarla de todo esto sin que la Cofradía tomara represalias contra ambos.
Se dijo a sí mismo que era una decisión estratégica. Sabía, en el fondo, con esa honestidad incómoda que solo se permitía a solas y de noche, que era también un acto de cobardía.
Al día siguiente, había estado a punto de decírselo.
Habían caminado juntos hasta el borde del jardín, la tarde cayendo en tonos dorados sobre el campus, las sombras de los árboles alargándose sobre el pasto, y por un instante, con la guardia baja de ambos, Ezequiel había sentido el impulso casi irresistible de confesarle todo: el Pacto, la Cofradía, el rol que su propia familia había jugado en la desaparición de Leonor Montiel.
—Sofía —había empezado, la voz más suave de lo que pretendía—. Hay algo que tengo que...
—Roth.
Marcus Veliz había aparecido entre los árboles con la sincronización precisa de alguien que llevaba tiempo observándolos desde la sombra, y la frase de Ezequiel murió antes de completarse, atragantada.
—El Mentor quiere verte. Ahora.
Esa noche, en un pasillo vacío iluminado apenas por una lámpara de emergencia, Marcus lo interceptó de nuevo, esta vez sin la cordialidad falsa de siempre.
—Te vimos hoy, casi confesándole todo a la chica —dijo, con una calma que resultaba más amenazante que cualquier grito—. Si te ablandás, Ezequiel, ella paga el precio. No vos. Ella.
La amenaza, directa y sin ambigüedades, se instaló en el pecho de Ezequiel como una piedra fría que no terminaba de hundirse del todo.
Volvió a su habitación esa noche con la certeza absoluta de que proteger a Sofía significaba, por ahora, seguir mintiéndole, aunque cada mentira le costara un poco más que la anterior.