Capítulo 14
La Clase de Filosofía Oscura
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El profesor Ricardo Feller tenía fama, entre los estudiantes de la Anglada, de ser el más excéntrico del cuerpo docente, y también el más brillante.
Su materia, Filosofía Política Comparada, se había convertido rápidamente en la favorita de Sofía, en parte por el contenido, y en parte —aunque no le gustaba admitirlo del todo— porque Ezequiel también la cursaba, sentado, siempre, demasiado cerca como para ser casualidad.
Esa tarde, con la luz de otoño entrando oblicua por los ventanales altos, Feller abandonó el programa oficial para hablar de algo que no estaba en ningún syllabus.
—Hablemos de los pactos fundacionales —dijo, paseándose frente al pizarrón con las manos entrelazadas a la espalda, la tiza olvidada sobre la bandeja—.
No los que conocen de los libros de historia.
Los otros. Los que las instituciones más antiguas hacen entre sí, en privado, para sobrevivir generaciones enteras sin que nadie afuera se entere jamás de sus términos.
Un silencio distinto se instaló en el aula, más denso que el silencio habitual de atención académica. Sofía notó que varios estudiantes intercambiaban miradas que ella no supo interpretar del todo, algo cómplice pasando entre ellos por encima de su cabeza.
—Todo pacto real exige un sacrificio —continuó Feller—. La pregunta interesante nunca es qué se sacrifica. La pregunta interesante es quién decide el sacrificio, y si la persona sacrificada alguna vez tuvo voz en la decisión.
Ezequiel, a su lado, se mantuvo rígido durante toda la explicación, sus ojos fijos en el profesor con una atención que no tenía nada que ver con el interés académico, los dedos apretando el borde del cuaderno sin escribir una sola palabra.
—¿Algún ejemplo concreto, profesor? —preguntó Sofía, incapaz de contenerse.
Feller se detuvo en seco, la miró directamente por primera vez en toda la clase, con una expresión que combinaba curiosidad y algo más difícil de nombrar, algo parecido a la lástima.
—Algunos pactos exigen sangre, señorita Montiel. No tinta.
El uso deliberado de su apellido, en un aula donde el profesor rara vez llamaba a nadie por su nombre completo, no pasó desapercibido para Sofía. Ni tampoco para Ezequiel, cuya mandíbula se tensó visiblemente, un músculo saltando bajo la piel.
Después de clase, mientras caminaban hacia el patio bajo un cielo que empezaba a nublarse, la tensión entre ambos se resolvió, por primera vez en semanas, en un intercambio verbal directo frente a otros estudiantes que pasaban de largo sin prestar atención.
—¿Por qué dijo mi apellido así? —preguntó Sofía.
—Porque Feller disfruta jugar con la gente. No le des importancia.
—Vos también estabas tenso.
—Estoy siempre tenso cuando estás cerca —respondió Ezequiel, y algo en el tono, más sincero de lo que probablemente pretendía, hizo que Sofía se detuviera en seco en mitad del sendero.
Las chispas entre ellos, evidentes ya para cualquiera que los observara con algo de atención, no pasaron desapercibidas para el resto del curso, que salió del aula murmurando comentarios que ninguno de los dos se molestó en desmentir.