Academia Oscura - Libro Uno (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

El Precio de un Favor

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Augusto Roth no necesitaba levantar la voz para que su hijo entendiera la gravedad de una situación.

Le bastaba con el silencio que precedía a sus palabras, calculado con la misma precisión que aplicaba a cada decisión de su vida, cada pausa medida como quien sabe exactamente el peso que tiene el silencio en la boca de alguien acostumbrado a mandar.

—Te vieron en el archivo restringido. Con ella.

Ezequiel no se molestó en negarlo.

—Estaba investigando por su cuenta. Preferí acompañarla a dejarla sola.

—Lo que preferís no es relevante. —Augusto se sirvió un whisky, el mismo ritual de siempre, la misma forma de marcar distancia con su hijo a través de un vaso de cristal que giraba despacio entre sus dedos—.

Cada movimiento que hacés con esa chica está siendo observado, Ezequiel.

Por el Mentor, por Marcus, por gente cuyos nombres ni siquiera conocés todavía.

Si seguís protegiéndola en lugar de acercarla al Pacto, vas a terminar pareciendo desleal.

—No estoy siendo desleal. Estoy siendo cuidadoso.

—Hay una diferencia muy fina entre el cuidado y el sentimiento, hijo.

—Augusto lo miró con una intensidad que Ezequiel reconoció de su propia infancia, la misma mirada que había precedido cada castigo, cada lección aprendida a la fuerza en un living tan silencioso como este—.

Y si cruzás esa línea, vas a traicionar a tu propia familia por una chica que ni siquiera conoce el nombre real de su madre.

Ezequiel sintió que algo se tensaba en su mandíbula, un calor subiéndole por el cuello.

—¿Qué sabés vos del nombre real de Leonor Montiel?

Augusto sonrió, y la sonrisa fue peor que cualquier amenaza directa, más fría que el hielo derritiéndose en su vaso.

—Sé más de lo que vos vas a saber nunca, a menos que empieces a jugar mejor tus cartas. —Se acercó a la puerta de su estudio, dando la reunión por terminada con ese gesto—. Leonor era una mujer brillante, Ezequiel. Y mirá en qué terminó. No cometas el mismo error con la hija.

La mención directa de su madre, con ese desprecio apenas disimulado que Augusto reservaba para las personas que consideraba fracasadas, dejó a Ezequiel con una furia fría que le costó horas disolver, caminando en círculos por su propia habitación mucho después de que la casa entera se hubiera quedado en silencio.

Esa noche, mientras revisaba una vez más los documentos que tenía sobre Sofía a la luz de una sola lámpara, se hizo una pregunta que no había querido formularse hasta entonces: ¿qué le había pasado exactamente a Leonor Montiel dentro de la Cofradía, veinte años atrás, para que su propio padre hablara de ella con esa mezcla de desprecio y algo parecido, apenas perceptible, al miedo?