Capítulo 11
El Archivo Prohibido
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Sofía no le contó a nadie sobre el mensaje anónimo.
No a Camila, cuya lealtad todavía no había terminado de medir; no a Tomás, a quien apenas conocía; y mucho menos a Ezequiel, cuyo silencio de la tarde anterior todavía le quemaba en el pecho como una traición sin nombre, algo que dolía de una forma nueva, distinta al resto de los secretos que ya había aprendido a cargar sola.
Decidió, en cambio, actuar.
La biblioteca restringida del ala antigua estaba, oficialmente, cerrada a estudiantes de primer año.
Sofía había visto la puerta, maciza, con un cartel discreto de Acceso Autorizado Únicamente, en su primer recorrido por el campus, y había memorizado, sin proponérselo del todo, el horario en que el celador del ala hacía su ronda, un dato que guardó sin saber todavía para qué le serviría.
A las once de la noche, con la excusa de un supuesto insomnio y un libro cualquiera bajo el brazo por si alguien la interceptaba en el pasillo, se deslizó por el corredor lateral, el corazón latiéndole en los oídos con cada paso, y probó la puerta.
No estaba cerrada con llave. Eso, más que tranquilizarla, la puso en alerta.
Adentro, el aire olía a papel viejo y humedad contenida, un olor denso que se le pegó a la garganta apenas cruzó el umbral.
Estanterías que llegaban hasta el techo, iluminadas apenas por el haz tembloroso de su linterna de celular, guardaban décadas de actas institucionales, anuarios encuadernados en cuero gastado, registros que nadie parecía haber consultado en años, a juzgar por el grosor del polvo acumulado en los lomos.
Encontró la sección de anuarios ordenados por año y buscó, con dedos que ya no podía mantener firmes, el período en que su madre habría estudiado allí, veinticinco años atrás.
El libro correspondiente al año en cuestión estaba ahí, pesado entre sus manos.
Pero cuando lo abrió en la sección de graduados, encontró algo que le heló la sangre de golpe: una página completa, arrancada con precisión quirúrgica, justo en el rango alfabético donde debería haber estado el apellido Montiel.
El borde irregular del papel, la ausencia exacta, gritaban más que cualquier nombre presente.
—No deberías estar acá.
Sofía dio un salto, apretando el libro contra el pecho como un escudo.
Ezequiel estaba en el umbral, con la misma expresión ilegible de siempre, aunque esta vez algo en su postura —los hombros menos rígidos, la mano que no llegó a cerrarse sobre el marco de la puerta— sugería más preocupación que reproche.
—Alguien arrancó una página —dijo ella, mostrándosela, la voz quebrándose apenas—. Justo donde debería estar el apellido de mi madre.
Ezequiel se acercó, examinó el corte limpio del papel bajo la luz de la linterna, y algo cruzó su rostro que Sofía no supo interpretar del todo: no sorpresa exactamente, sino la confirmación silenciosa de algo que ya temía.
—Tenés que irte de acá. Si te encuentran, te expulsan sin preguntas.
—¿Vos sabías que iba a estar arrancada?
—No —respondió, y por primera vez desde que se conocían, Sofía lo escuchó y le creyó sin dudar, sin ese segundo de cálculo que solía acompañar cada frase suya—. Pero no me sorprende.
En lugar de delatarla, en lugar de arrastrarla hacia la salida como ella medio esperaba, Ezequiel se quedó, revisando junto a ella los estantes cercanos con una cautela silenciosa, buscando cualquier otro registro que pudiera haber sobrevivido a lo que fuera que le hubiera pasado al expediente de Leonor Montiel.
Trabajaron codo a codo durante casi una hora, sin hablar demasiado, el silencio entre ellos cargado de una complicidad nueva que ninguno de los dos se atrevió a nombrar.
No encontraron nada más esa noche. Pero cuando finalmente salieron, cerrando la puerta tras de sí con el mismo sigilo con que habían entrado, Sofía sintió que algo había cambiado entre ellos. Una alianza pequeña, frágil, no declarada, pero innegablemente real.