Capítulo 9
La Beca que Nadie Ganó
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No abrió el sobre esa noche. Lo guardó, intacto, en el fondo de su mochila, envuelto en una bufanda como si eso pudiera protegerla de lo que contenía, aterrada de lo que pudiera revelar y de lo que significara que alguien hubiera querido, con tanta deliberación, que ella lo encontrara.
A la mañana siguiente, una citación inesperada de la oficina de Becas y Admisiones la interrumpió antes de la primera clase, el mensaje llegando a su casillero en un sobre institucional mucho menos misterioso que el otro pero que igual le aceleró el pulso.
Pensó, con un nudo creciente en el estómago mientras cruzaba el patio hacia el edificio administrativo, que tal vez había un problema con su financiamiento, que tal vez todo el semestre estaba a punto de derrumbarse por algún error burocrático que la mandaría de vuelta a casa antes de octubre.
Lo que encontró fue peor.
—Solo necesitamos confirmar algunos datos del expediente —dijo la administrativa, una mujer de mediana edad con anteojos de marco grueso y el pelo recogido en un rodete tirante, deslizando una carpeta sobre el escritorio con la eficiencia práctica de quien ha repetido el mismo gesto miles de veces—.
Su beca fue otorgada bajo la categoría de Fondo Histórico de Mérito Anglada.
Es poco común. Normalmente ese fondo no se usa.
—¿Qué significa eso?
—Que no fue asignada por el comité regular de becas académicas.
Fue una donación directa, anónima, vinculada a la propia institución.
—La mujer la miró con una curiosidad que no llegaba a ser sospecha, solo desconcierto burocrático genuino—.
Es la primera vez en años que veo activarse ese fondo en particular.
Sofía sintió que el piso se movía bajo sus pies, un vértigo repentino que la obligó a apoyar una mano en el borde del escritorio.
—¿Quiere decir que no gané la beca por mis notas?
—Sus notas son excelentes, eso no está en duda en absoluto. Pero el financiamiento en sí no vino del proceso normal de selección. —La mujer cerró la carpeta con un chasquido suave—. De cualquier forma, está cubierta hasta que termine la carrera. No tiene de qué preocuparse en ese sentido.
Sofía salió de la oficina con la sensación de que el único logro del que se había sentido genuinamente orgullosa en toda su vida —entré por mérito propio, entré porque me lo gané, me lo repetí durante meses cuando llegó la carta de aceptación— acababa de derrumbarse en cuestión de minutos, convertido en otra pieza más de un plan que nadie se había molestado en explicarle.
Encontró a Ezequiel en el patio, una hora después, sentado en el mismo banco de piedra donde solía estudiar entre clases, y no se molestó en suavizar el golpe.
—Mi beca. No la gané. Alguien la pagó. Alguien anónimo, vinculado a esta universidad desde hace generaciones, según parece. —Lo miró fijo, sin parpadear—. Vos sabías esto.
Ezequiel no lo negó. Y su silencio fue, otra vez, la confirmación más cruel posible, más elocuente que cualquier admisión directa.
—Decime la verdad, Ezequiel. Por una vez en tu vida.
Algo se quebró en su expresión habitualmente controlada, una grieta visible incluso a plena luz del día.
Dio un paso hacia ella, cerrando la distancia que normalmente mantenía con tanto cuidado calculado, y por un momento, apenas un instante suspendido entre ambos, las miradas fijas, el aire cargado de algo que llevaba semanas creciendo sin permiso de ninguno de los dos, Sofía pensó, con una certeza física en el estómago, que iba a besarla ahí mismo, en pleno patio, delante de cualquiera que pasara.
—Te estábamos esperando —dijo, en cambio, casi en un susurro, como si la confesión le costara físicamente, como si cada palabra le arrancara algo por dentro.
—¿Quiénes?
Pero Ezequiel ya había recuperado el control, dando un paso atrás, la máscara de indiferencia reconstruyéndose con una velocidad que dolía ver, como una puerta cerrándose de golpe.
—No puedo. Todavía no.
Y se fue, sin mirar atrás, dejándola sola en el patio con una pregunta que crecía más grande, más amenazante, con cada hora que pasaba sin respuesta alguna.