Capítulo 8
La Carta Escondida
· · ·
—¿Quién era el hombre de la máscara plateada? —exigió Sofía, casi acorralando a Ezequiel contra la pared de un pasillo vacío, lejos de la música y las velas, la voz temblándole apenas de una mezcla de miedo y furia que no lograba separar del todo.
—No sé de quién hablás.
—Mentira. Me llamó Pichona. El mismo apodo que estaba en la nota que encontré bajo mi puerta el primer día. Nadie en este campus debería saber eso, Ezequiel. Nadie.
Ezequiel guardó silencio el tiempo suficiente como para confirmar, sin palabras, que sabía exactamente de qué le estaba hablando, la mandíbula tensa bajo la máscara que todavía no se había quitado del todo.
—Sofía...
—No. Decime la verdad. ¿Conocés a mi familia? ¿Conocías a mi madre?
—No puedo contarte lo que no me corresponde contar.
—¿Eso qué significa?
—Significa —dijo Ezequiel, con una frustración que sonaba, por primera vez desde que se conocían, genuina y no calculada, algo crudo asomando por debajo del control habitual— que hay reglas más antiguas que yo, y que romperlas tiene consecuencias que no podés imaginar todavía.
—Probá. Imaginar cosas es lo único que me queda, porque nadie me dice nada real.
Se quedaron mirándose, la distancia entre ellos cargada de una tensión que no era solo de desconfianza, el aire del pasillo de pronto demasiado espeso para respirar con normalidad.
Sofía sintió el impulso de acercarse, de exigir respuestas con algo más que palabras, y vio el mismo impulso reflejado en los ojos de Ezequiel —esa fracción de segundo en que su cuerpo pareció inclinarse hacia ella antes de que la mente lo detuviera— antes de que él diera un paso atrás, recuperando el control con visible esfuerzo.
—No puedo —repitió, y se fue por el pasillo sin mirar atrás, antes de que ella pudiera responder nada.
Sofía volvió a su habitación esa noche furiosa, con la máscara todavía colgando de una mano y los zapatos de tacón en la otra, y se sorprendió por la intensidad de su propia frustración.
No solo por las respuestas que le negaban capítulo tras capítulo.
Por él. Por la forma en que su cuerpo respondía a la cercanía de Ezequiel Roth incluso cuando su mente le repetía, una y otra vez como un mantra defensivo, que ese hombre era parte de algo que la estaba usando desde antes de conocerla siquiera.
Al guardar el vestido prestado en una percha, notó algo fuera de lugar en su placard: una de sus cajas de pertenencias, movida apenas unos centímetros de donde la había dejado esa misma mañana, el polvo del estante marcando el rectángulo exacto de su posición original.
La abrió, el pulso acelerándose. Entre la ropa doblada, encontró un sobre que no había estado ahí antes.
Sin remitente. Dirigido, en una letra elegante y antigua, con tinta que parecía haberse desvaído con los años, a Leonor Montiel.
Su madre.
El sobre estaba sin abrir, sellado durante lo que parecían décadas, el papel amarillento en los bordes, y alguien —alguien con acceso a su habitación, alguien que sabía exactamente lo que ella estaba buscando sin que ella se lo hubiera dicho a nadie— lo había puesto ahí a propósito, como quien deja una carnada.
Sofía se sentó en el borde de la cama, el sobre temblando entre sus manos, sin saber todavía si tenía el valor de abrirlo esa misma noche o si necesitaba, primero, prepararse para lo que fuera a encontrar adentro.