Academia Oscura - Libro Uno (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Máscaras

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El viernes, Camila le prestó un vestido color champagne que le quedaba apenas ajustado en la cintura y una máscara blanca de porcelana que, según dijo, había heredado de su madre.

Acá todas tenemos una, agregó, encogiéndose de hombros, como si fuera lo más normal del mundo poseer una máscara ceremonial transmitida de generación en generación en lugar de un collar o unos aros.

El Ala Antigua, normalmente cerrada y a oscuras cada vez que Sofía pasaba frente a ella camino a clase, esa noche brillaba con velas reales dispuestas en candelabros de hierro forjado que proyectaban sombras alargadas sobre los muros de piedra.

Decenas de estudiantes, todos enmascarados, se movían entre los salones restaurados con una elegancia que parecía ensayada desde la infancia, copas de cristal en la mano, risas contenidas detrás de las máscaras.

Una orquesta de cuerdas tocaba algo que no era exactamente clásico ni exactamente moderno, una melodía que se sentía más antigua que ambas categorías.

Era hermoso. Y profundamente inquietante, en una combinación que Sofía no sabía cómo procesar.

—No te separés de mí —le susurró Camila, apretándole la mano, aunque a los pocos minutos ya se había perdido entre la multitud, llevada por la mano de alguien que Sofía no llegó a identificar antes de que ambos desaparecieran tras una cortina de terciopelo.

Sola, con la máscara restringiendo su visión periférica y el borde de porcelana presionando incómodamente contra el puente de la nariz, Sofía caminó por los salones, observando.

Notó que, bajo la fachada de fiesta elegante, había algo más estructurado ocurriendo: pequeños grupos que se apartaban a conversar en voz baja junto a las columnas, miradas que se cruzaban con un significado que ella no podía descifrar del todo, un orden invisible que parecía organizar con precisión milimétrica quién hablaba con quién y durante cuánto tiempo.

—No deberías estar mirando tan de cerca —dijo una voz junto a su oído, tan cerca que sintió el calor del aliento contra la piel.

Ezequiel, con una máscara negra que solo cubría la mitad superior de su rostro, dejando su boca visible de una manera que Sofía encontró de pronto muy difícil de ignorar, apareció a su lado con la misma naturalidad inquietante de siempre.

—¿Por qué viniste? —preguntó ella, sin darse vuelta del todo.

—Porque dije que no fueras sola.

Bailaron, sin haberlo decidido del todo, arrastrados por la música y por una corriente que ninguno de los dos nombró en voz alta.

Las manos de Ezequiel en su cintura tenían una firmeza que contradecía la cortesía formal del gesto, los dedos apenas presionando la tela del vestido en un punto que Sofía sentía arder incluso a través de la seda.

Cuando sus ojos se encontraron a través de las máscaras, tan cerca que podía contar las motas más oscuras en el iris de él, Sofía sintió algo que llevaba semanas negándose a sentir con nombre propio: que ese hombre, peligroso y calculador hasta en la forma de respirar, también la miraba como si ella fuera lo único real en toda la sala llena de porcelana y cera derretida.

—Hay algo que no me estás contando —dijo, en voz baja, casi pegada a su oído.

—Hay muchas cosas que no te estoy contando.

Antes de que pudiera insistir, un grupo de hombres mayores pasó cerca de ellos, trajes oscuros bajo máscaras más elaboradas que las del resto de los invitados, y Ezequiel la apartó con una urgencia que no se molestó en disimular, colocándose entre ella y el grupo como un escudo humano, su mano firme en la parte baja de la espalda de Sofía.

—¿Qué pasa?

—Nada. Vamos a buscar algo de beber.

Mientras se alejaban, atravesando un pasillo lateral con menos gente, Sofía vio, a través de una puerta entreabierta al final del corredor, una escena que no debía haber visto: una mujer con máscara dorada hablando con uno de los hombres del grupo que acababa de pasar, en un tono demasiado familiar, demasiado íntimo para ser una simple conversación de fiesta, las cabezas casi tocándose.

—Pichona —dijo una voz a su espalda, cuando ya volvía hacia el salón principal separada un momento de Ezequiel, que se había detenido a hablar con alguien.

Sofía se dio vuelta de golpe, el corazón acelerándose de una forma que no tenía nada que ver con el baile. Un hombre mayor, con máscara plateada y bastón de empuñadura tallada, la miraba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, algo depredador escondido detrás de la cortesía.

—¿Cómo me llamó?

El hombre no respondió. Simplemente sonrió más, hizo una reverencia breve y formal, casi burlona en su exactitud, y desapareció entre la multitud antes de que ella pudiera procesar del todo lo que acababa de pasar, dejándola parada en medio del salón con la respiración entrecortada bajo la máscara.

Nadie en ese campus debería conocer ese apodo. Nadie vivo.