Capítulo 6
La Invitación
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Las primeras dos semanas en la Anglada le enseñaron a Sofía un ritmo: clases por la mañana, biblioteca por la tarde hasta que la luz cambiaba de color detrás de los ventanales góticos, y las noches reservadas para Camila, que se había instalado en su vida con la insistencia alegre de alguien decidida a tener una amiga nueva pasara lo que pasara, sin pedir demasiadas explicaciones a cambio.
—Tenés que conocer a Tomás —le dijo Camila una tarde, arrastrándola del brazo hacia el comedor, donde el ruido de cubiertos y conversaciones se mezclaba con el olor a pan recién horneado que salía de las cocinas—. Es el único acá que no actúa como si tuviera un palo de escoba en el trasero.
Tomás Aguirre resultó ser exactamente eso: un chico de sonrisa fácil, becado como Sofía aunque con bastante menos vergüenza al respecto, que la hizo reír por primera vez desde su llegada con una imitación cruel pero precisa de uno de los profesores más pomposos del departamento de Historia, ceceo incluido.
—Bienvenida al circo —le dijo, levantando su vaso de agua en un brindis informal que hizo girar algunas cabezas cercanas—. Acá adentro, sobrevivís haciendo dos cosas: fingiendo que no te importa el dinero que no tenés, y eligiendo bien a quién le contás tus secretos.
—¿Vos a quién se los contás?
—A nadie. Por eso sigo vivo.
Lo dijo en broma, con ese tono liviano que usaba para todo, pero algo en la forma en que evitó sostenerle la mirada un segundo de más le hizo pensar a Sofía que, debajo de la broma, había algo más parecido a una regla de supervivencia real.
Esa noche, al volver a su habitación con el estómago todavía cálido de la risa compartida, encontró un sobre deslizado bajo la puerta.
Grueso, de papel de calidad evidente, con una textura rugosa entre los dedos, sellado con cera roja endurecida en el centro, algo tan anacrónico en pleno siglo veintiuno que por un segundo Sofía pensó que era una broma de Camila.
No lo era.
*Sofía Montiel, está usted cordialmente invitada al Encuentro de Otoño, evento privado, solo por invitación. Viernes, 22 horas. Ala Antigua. Vestimenta: máscara blanca obligatoria.*
No había remitente. No había explicación de qué era el Encuentro de Otoño ni por qué una estudiante de primer año, becada y sin contactos de ningún tipo, había sido invitada a un evento que sonaba exclusivo hasta la opacidad.
Le dio vueltas al sobre entre las manos, pasando el pulgar sobre el sello de cera todavía tibio, como si acabaran de derretirlo minutos antes de deslizarlo bajo su puerta.
Salió al pasillo, todavía con el sobre en la mano, y se topó de frente con Ezequiel, que parecía estar esperando ahí apoyado contra la pared, aunque era imposible que supiera del sobre con tanta anticipación.
—¿Qué es esto? —preguntó, mostrándoselo sin preámbulos.
Algo cambió en su expresión al ver el sello de cera, una tensión breve que cruzó su rostro y desapareció casi tan rápido como había llegado, controlada con la disciplina de quien lleva años entrenando su propia cara para no delatarlo.
—No deberías ir.
—¿Por qué no?
—Porque hay fiestas en este campus que no son lo que parecen.
—¿Y vos cómo sabés que esta es una de esas?
Ezequiel no respondió de inmediato. Sofía notó, en el silencio que se extendió entre ellos más de lo cómodo, la misma mirada calculadora que había visto el primer día en el patio central, evaluándola, midiendo con precisión cuánto decirle y cuánto callar, como si cada palabra tuviera un costo que solo él conocía.
—Andá si querés —dijo finalmente, con una resignación que sonó casi derrotada—. Pero no vayas sola.
Cuando se fue, sin despedirse, sin darle tiempo a preguntar nada más, Sofía se quedó parada en el pasillo vacío, mirando el sobre, dándole vueltas entre los dedos hasta detenerse en la letra del remitente, escrita a mano justo encima del sello de cera.
La misma letra de la nota que había encontrado bajo su puerta el primer día.
*Bienvenida a casa, Pichona.*