Academia Oscura - Libro Uno (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

El Plazo

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—Tres semanas, Ezequiel. —Augusto Roth hablaba sin levantar la voz, con las manos entrelazadas detrás de la espalda, lo cual lo hacía infinitamente más amenazante que cualquier grito—. El Mentor me preguntó esta mañana por tus avances. No tuve nada que responderle.

—Recién llegó. Hay que ir despacio.

—No tenemos tiempo para ir despacio. —Augusto se sirvió un whisky que no ofreció a su hijo, el hielo tintineando contra el vaso en el único sonido de toda la habitación—.

Asegurá a la chica antes de fin de mes, o alguien más se va a encargar del problema.

Y vos sabés que cuando otros se encargan de un problema, las soluciones suelen ser bastante menos elegantes que las tuyas.

Ezequiel no respondió. Conocía demasiado bien el tono de su padre como para malinterpretar la amenaza que se escondía debajo de cada sílaba pronunciada con esa calma perfecta.

Volvió a su habitación esa noche con una sensación que no lograba ubicar del todo, algo denso instalado en el estómago que ni la cena ni la ducha habían logrado disolver.

Se sentó frente al escritorio, sacó el expediente de Sofía Montiel que tenía guardado en el último cajón —fotografías, notas académicas de su colegio secundario, un breve historial familiar escrito con la sequedad de quien redacta informes sin haber conocido nunca a la persona sobre la que escribe— y lo estudió por enésima vez, buscando algo que justificara la urgencia con que su padre y el Mentor hablaban de ella.

No encontró nada que la hiciera parecer una amenaza.

Encontró, en cambio, a una chica de diecinueve años que había trabajado dos empleos mientras terminaba el secundario, que había cuidado de su abuela enferma durante años sin queja registrada en ningún documento, que escribía ensayos sobre teoría política con una claridad que la mayoría de sus compañeros de la Anglada, nacidos con todo servido de antemano, jamás alcanzarían aunque lo intentaran durante toda una carrera.

Se descubrió pensando que ella no merecía nada de lo que se estaba tramando a su alrededor sin que ella lo supiera.

Y se odió un poco por permitirse pensar precisamente eso, en lugar de limitarse a cumplir la orden como había hecho toda su vida.

Un golpe seco en la puerta interrumpió sus pensamientos. Marcus Veliz entró sin esperar invitación, con la familiaridad de quien se sabe superior en jerarquía y no necesita que se lo recuerden.

—Te vieron con ella esta mañana. Cafés, charla casual. Bien hecho.

—Solo cumplo órdenes.

—Asegurate de que sea lo único que estés haciendo.

—Marcus sonrió de una forma que no le llegó a los ojos, fría desde el primer segundo—.

Porque hay alguien más vigilándola. Sin autorización de nadie.

Y si esa persona llega antes que vos, Ezequiel, tu apellido no te va a salvar de las consecuencias.

—¿Quién?

Marcus se limitó a encogerse de hombros antes de salir, dejando la pregunta flotando en el aire de la habitación como una amenaza que todavía no había terminado de tomar forma.

Ezequiel se quedó solo, mirando la fotografía de Sofía sujeta con un clip al resto del expediente, preguntándose, con una honestidad incómoda que rara vez se permitía, si el verdadero peligro para ella no sería la Cofradía entera con todo su peso institucional.

Sería él. Si dejaba que algo de lo que estaba empezando a sentir se le escapara de las manos sin haberlo pedido.