Capítulo 4
El Nombre que No Existe
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A la mañana siguiente, antes de la primera clase, Sofía se dirigió al archivo histórico de la universidad, un edificio aparte del resto del campus, más bajo, más discreto, como si prefiriera pasar desapercibido.
Era una sala pequeña, mal iluminada, atendida por un bibliotecario mayor que parecía sinceramente sorprendido de tener visitas a esa hora.
—Estoy buscando registros de una exalumna —dijo, apoyando las manos sobre el mostrador de madera oscura—. Leonor Montiel. Habría estudiado acá hace unos veinticinco años.
El hombre tecleó el nombre en una computadora que parecía más vieja que la propia Sofía, con el sonido lento y trabado de un disco duro que llevaba años sin justificar su existencia.
—No hay ningún registro con ese nombre.
—¿Está seguro?
—Señorita, llevo dieciocho años en este archivo. Si no aparece en el sistema, no estudió acá.
Sofía salió de la sala con una sensación incómoda asentándose despacio en el pecho, algo parecido a tragar algo demasiado grande de una sola vez.
O su madre le había mentido sobre haber estudiado en la Anglada —algo que Leonor había mencionado solo una vez, de pasada, años atrás, con un tono que cerraba la conversación antes de que Sofía pudiera hacer una sola pregunta más— o había estudiado ahí bajo otro nombre.
—¿Buscando algo? —La voz de Ezequiel apareció detrás de ella con una naturalidad que no era casual. Llevaba dos vasos de cartón humeantes, le ofreció uno sin preguntar antes si lo quería.
—Información sobre alguien que tal vez nunca existió.
—Las personas que no existen suelen ser las más interesantes.
Sofía aceptó el café, más por cortesía que por confianza, sintiendo el calor traspasar el cartón hasta sus dedos fríos, y lo estudió mientras caminaban juntos hacia el aula siguiente, sus pasos coincidiendo con una sincronía que no había acordado con nadie.
Había algo calculado en cada gesto de Ezequiel, una precisión que no encajaba del todo con la imagen de estudiante brillante y aburrido que el resto del campus parecía aceptar sin cuestionar demasiado.
—¿Por qué me seguís? —preguntó, deteniéndose en mitad del sendero de piedra.
—No te sigo. Coincidimos.
—Coincidimos demasiado seguido para ser coincidencia.
Algo cruzó el rostro de Ezequiel —¿diversión genuina?, ¿una incomodidad que no esperaba sentir?— antes de que recuperara la máscara de indiferencia que parecía tener siempre lista, guardada en algún bolsillo interno junto con el resto de las cosas que no mostraba.
—Tal vez me parecés interesante.
—O tal vez sabés algo que yo no sé.
No respondió. Y el silencio, en ese momento, dijo más que cualquier palabra que hubiera podido elegir, un silencio con peso propio que Sofía guardó junto con el resto de las piezas sueltas que empezaba a acumular sin saber todavía cómo encajaban entre sí.
Esa tarde, revisando una vez más las pertenencias de su madre en busca de cualquier pista adicional, Sofía encontró, en el fondo de una caja de fotografías viejas que olía a papel envejecido y a naftalina, una imagen que nunca había visto.
Su madre, joven, apenas mayor de lo que Sofía era ahora, vestida con el uniforme formal de la Universidad Anglada —el mismo blazer azul oscuro que había visto en los retratos institucionales colgados en el edificio principal—, parada junto a un hombre cuyo rostro le resultó instantáneamente, perturbadoramente familiar.
Los mismos ojos oscuros. La misma mandíbula afilada, la misma forma de inclinar levemente la cabeza hacia un lado que Sofía había visto apenas un día antes, del otro lado de un escritorio con un símbolo tallado.
El padre de Ezequiel Roth.