Academia Oscura - Libro Uno (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 1) Capítulo 3
7%

Capítulo 3

El Símbolo en el Escritorio

· · ·

La primera clase de Sofía fue Teoría Política Avanzada, en un aula con techos de seis metros y ventanales que dejaban entrar una luz fría, casi líquida, que parecía diseñada para hacer sentir pequeño a cualquiera que se atreviera a levantar la voz sin haber leído la bibliografía completa.

Eligió un asiento en la tercera fila, lo suficientemente cerca como para participar, lo suficientemente lejos como para no destacar antes de tiempo.

El asiento de al lado se ocupó dos minutos antes de que empezara la clase, con el ruido inconfundible de una silla de madera arrastrándose contra el piso.

—Estás en mi lugar —dijo Ezequiel Roth, sin sentarse todavía, mirándola con la misma intensidad calculada del día anterior, como si el patio central y esa aula fueran, para él, la continuación de la misma conversación sin terminar.

—No hay lugares asignados.

—Para mí sí.

Sofía sostuvo su mirada un segundo más de lo prudente.

Había algo en él que le generaba un rechazo casi físico, instintivo, un cosquilleo en la base del cuello, como si su cuerpo reconociera un peligro que su mente todavía no lograba nombrar con palabras.

Y sin embargo no apartó los ojos, ni siquiera cuando el silencio entre ambos empezó a estirarse más de lo cómodo.

—Entonces vas a tener que sentarte en otro lado —dijo, y volvió la vista al frente, al pizarrón donde el profesor empezaba a escribir un nombre en letra grande: Maquiavelo.

Ezequiel se sentó de todos modos. A su lado. Dejó el libro cerrado sobre el escritorio y no volvió a mirarla, aunque Sofía tuvo la sensación incómoda de que la seguía observando desde algún ángulo que no lograba ubicar.

Durante los cuarenta minutos siguientes, mientras el profesor diseccionaba El Príncipe con el entusiasmo de quien encuentra en ese texto un manual de vida más que una pieza de análisis académico, Sofía sintió la atención de Ezequiel posarse sobre ella con una frecuencia que no podía ser casual.

Cuando finalmente respondió una pregunta del profesor —una observación aguda sobre el uso del miedo como herramienta de control política, que dejó a la mitad del aula tomando notas apresuradas— él fue el único que no pareció sorprendido.

Casi como si ya supiera, de antemano, que ella era inteligente.

Al finalizar la clase, mientras guardaba sus cosas en la mochila, Sofía pasó la mano distraídamente por la superficie del escritorio y notó algo. Una textura distinta a la madera pulida, un relieve mínimo bajo las yemas de los dedos. Se inclinó y miró de cerca.

Grabado en la madera, pequeño, casi invisible si no se sabía que estaba ahí: un ángel con las alas quebradas. El mismo símbolo del portón de entrada, reproducido con una precisión que no parecía casual ni decorativa.

—¿Qué es esto? —preguntó, más para sí misma que para nadie en particular, pasando el pulgar sobre las líneas talladas.

Ezequiel, que no se había movido de su lugar, miró el símbolo con una expresión que duró apenas una fracción de segundo antes de reorganizarse en la indiferencia estudiada que parecía llevar puesta como una segunda piel.

—Decoración antigua. El edificio tiene siglos.

Mentía. Sofía no sabía cómo lo sabía —tal vez el modo en que la voz se le había endurecido un tono, tal vez la rapidez con la que había apartado la vista del escritorio—, pero lo sabía, con la misma certeza física con la que sabía que hacía frío afuera sin necesidad de asomarse a la ventana.

Pasó el resto del día con la imagen del símbolo grabada en la mente, distraída incluso en clases donde normalmente habría tomado apuntes minuciosos, hasta que esa noche, mientras desempacaba la última caja que había traído de su departamento, encontró el cuaderno de dibujo de su madre.

Lo abrió por costumbre, por ese ritual silencioso de tocar lo único tangible que le quedaba de Leonor Montiel, las tapas gastadas de tanto manosearlas a lo largo de los años.

Y ahí estaba. Página tras página, dibujado obsesivamente en los márgenes, en el centro de hojas por lo demás en blanco, repetido como un tic nervioso que su madre nunca le había explicado y que Sofía, de niña, nunca se había atrevido a preguntar.

El mismo ángel. Las mismas alas quebradas, cayendo en un ángulo idéntico al del escudo sobre el portón de la universidad.

Sofía dejó caer el cuaderno como si quemara, y se quedó mirándolo en el piso, el corazón latiéndole con una fuerza que no lograba justificar del todo con lo que sus ojos acababan de ver.