Academia Oscura - Libro Uno (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

La Pieza que Faltaba

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Ezequiel Roth no asistía a las reuniones de la Cofradía por gusto.

Asistía porque no hacerlo significaba ceder terreno, y en una organización donde el silencio se interpretaba como debilidad, ceder terreno era el primer paso hacia la irrelevancia.

Y los Roth no eran irrelevantes. Nunca lo habían sido, en cuatro generaciones de apellido tallado en placas conmemorativas que nadie leía pero todos reconocían.

La sala se encontraba bajo el ala antigua, detrás de una puerta que oficialmente no existía en ningún plano del campus, a la que se accedía por una escalera de caracol que olía siempre a piedra húmeda y a cera de vela derretida.

Doce sillas de respaldo alto dispuestas en semicírculo, once ocupadas.

La número doce, la del Mentor, permanecía vacía hasta que el hombre decidiera hacer su entrada, un ritual de poder tan viejo como la propia Cofradía, calculado para que todos los demás llegaran antes y esperaran.

—La pieza ya llegó al tablero —anunció Marcus Veliz, el segundo al mando, sin preámbulos, con esa voz seca que usaba siempre para anunciar cosas que consideraba obvias.

Un murmullo recorrió la sala, bajo, contenido, el tipo de reacción que en cualquier otro grupo humano habría sido un grito ahogado. Ezequiel mantuvo el rostro inmóvil, aunque algo en su pecho se tensó de una manera que no supo nombrar del todo.

—¿La hija de Leonor está aquí? —preguntó alguien desde el fondo, una voz que Ezequiel no reconoció del todo en la penumbra.

—Llegó esta mañana. Becada, como estaba previsto. Ni siquiera sabe lo que es.

Ezequiel había visto la foto de Sofía Montiel exactamente tres veces en los últimos dos años: una vez en el expediente que le entregaron sin explicación cuando cumplió veinte, otra en un archivo que no debía haber abierto y del que nunca habló con nadie, y la última hacía media hora, en carne y hueso, parada frente al portón principal con dos valijas que delataban cada peso que no tenía y una barbilla levantada que delataba, con la misma claridad, que no le importaba que se notara.

No se parecía a la foto. Se parecía más. Había algo en cómo miraba el escudo del ángel caído —con una mezcla de curiosidad y desconfianza, como si su cuerpo entendiera el peligro antes que su mente— que le resultó perturbadoramente familiar, aunque no supiera todavía de dónde.

—Roth.

La voz del Mentor, finalmente sentado en la silla número doce sin que nadie lo hubiera visto entrar, cortó cualquier otro pensamiento.

Era un hombre de sesenta y tantos años, de traje oscuro sin una arruga, con el porte de alguien que nunca había tenido que levantar la voz para que lo obedecieran, porque el silencio que dejaba después de hablar ya hacía todo el trabajo.

—Sí, señor.

—La chica es tu responsabilidad. Te acercás, te ganás su confianza, la mantenés cerca. No la asustás, no la alejás, y sobre todo —el Mentor hizo una pausa, midiendo cada palabra como si fueran balas contadas de antemano— no le contás nada que no esté autorizado a contarle.

—¿Por qué yo?

—Porque tu apellido lleva veinte años pagando una deuda que tu padre contrajo con la familia Montiel, y esta es la forma en que se salda. —El Mentor se puso de pie, dando por terminada cualquier discusión antes de que pudiera empezar—. Esta vez no podés fallar, Ezequiel. No hay margen.

La reunión se disolvió en murmullos y sillas arrastradas sobre el piso de piedra.

Ezequiel se quedó un momento más, solo, en la sala vacía, con el olor a cera todavía flotando en el aire, pensando en la forma exacta en que Sofía Montiel había levantado la cabeza para mirar el portón, como si ya supiera, en algún lugar antiguo de sí misma, que ese lugar la estaba esperando desde antes de que ella supiera que existía.

Sintió desprecio hacia la maquinaria entera que lo rodeaba. Sintió, también —y esto lo inquietó más, porque no tenía ningún nombre limpio para dárselo—, algo parecido a la curiosidad por una pieza en un tablero que él mismo no había diseñado ni pedido jugar.

Guardó ambas sensaciones en el mismo cajón cerrado con llave donde guardaba todo lo que no podía permitirse sentir, y salió a cumplir la orden, cruzando el patio central justo a tiempo para no encontrarse con nadie que pudiera preguntarle por qué caminaba más despacio de lo habitual.