Academia Oscura - Libro Uno (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 1) Capítulo 1
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Academia Oscura - Libro Uno (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 1)

Academia Oscura - Libro Uno (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 1)

Por Renata Cano

© inepub.com

Capítulo 1

Beca para los Elegidos

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El taxi se detuvo frente a un portón de hierro tan alto que Sofía Montiel tuvo que echar la cabeza hacia atrás para ver dónde terminaba.

No terminaba en ningún lado razonable. Se perdía entre las copas de los plátanos centenarios que bordeaban la avenida, como si la Universidad Anglada hubiera decidido, hacía dos siglos, que su tamaño era una forma de advertencia.

—Son cuatrocientos veinte —dijo el taxista, sin mirarla, con la vista fija en el retrovisor como si ya estuviera calculando el próximo viaje.

Sofía contó los billetes dos veces antes de soltarlos.

No por desconfianza al hombre, sino porque cada peso que salía de su mochila era un peso que no volvería a entrar hasta marzo, cuando se confirmara el segundo desembolso de la beca.

La beca. La palabra todavía le sonaba ajena en la boca, como un préstamo que en cualquier momento alguien vendría a reclamar con intereses que ella no sabía que había aceptado pagar.

Bajó del auto con dos valijas y un bolso que pesaba más que las dos juntas, y se quedó un segundo de más mirando el edificio principal.

Piedra gris veteada de musgo en las junturas, gárgolas que la miraban con una hostilidad demasiado específica para ser solo decoración gótica, y sobre el arco de la entrada, tallado en un escudo que nadie se había molestado en explicarle en los tres correos de bienvenida que había recibido, un ángel con las alas quebradas, cayendo.

No era el típico blasón universitario con un libro abierto o una antorcha encendida. Era algo más antiguo. Más privado, casi como si el edificio entero guardara un secreto que solo compartía con quienes ya sabían de antemano cómo interpretarlo.

El aire olía a tierra húmeda y a algo dulzón que tardó un momento en identificar: jazmines, floreciendo fuera de temporada en los canteros que bordeaban el sendero principal.

Un grupo de estudiantes cruzó el patio hablando en voz baja, riendo sin levantar demasiado el tono, como si incluso la alegría en ese lugar tuviera que pedir permiso.

—Vas a tener que moverte, las gárgolas no muerden pero los de admisiones sí —dijo una voz a su espalda.

Sofía se dio vuelta. Una chica de pelo castaño cortado a la altura del mentón la miraba con una sonrisa que parecía sincera, lo cual, en ese lugar, ya empezaba a sentirse sospechoso.

—Camila Suárez. Tercer año. Y vos sos la beca completa, ¿no? —Camila levantó las cejas, divertida por su propia indiscreción, sin esperar confirmación—. No te asustes, acá todos sabemos quién entra becado. Es difícil que no se note.

—¿Tan obvio es?

—Tu valija no tiene el logo de ningún diseñador, así que sí. Un poco.

Sofía sonrió, incómoda, y siguió a Camila hacia la residencia, arrastrando las ruedas de su equipaje sobre el empedrado desparejo.

El campus se desplegaba en patios internos conectados por pasillos de piedra, jardines tan perfectos que parecían postizos, y una cantidad inquietante de estudiantes vestidos como si fueran a una boda en lugar de a clase.

Nadie corría. Nadie gritaba. El silencio tenía un peso particular, como si todos hubieran acordado, sin decirlo nunca en voz alta, que ese lugar exigía cierto decoro hasta para respirar.

Fue entonces cuando lo vio.

Estaba apoyado contra una de las columnas del patio central, con un libro cerrado en la mano que claramente no estaba leyendo.

Alto, de un moreno oscuro que contrastaba con la piedra gris del fondo, con una expresión que combinaba el aburrimiento con algo más afilado, más atento.

Cuando sus ojos se cruzaron con los de Sofía, no hubo el desvío cortés de un extraño.

La miró —la estudió, con una lentitud casi insolente— durante un segundo entero antes de que algo cruzara su rostro.

No fue sorpresa. Fue otra cosa. Algo parecido al reconocimiento, aunque ella estaba completamente segura de no haberlo visto nunca en su vida.

—Ese es Ezequiel Roth —dijo Camila, bajando la voz sin necesidad, como si el nombre por sí solo pudiera atraerlo—. No lo mires mucho. O mejor, no lo mires nada.

—¿Por qué?

—Porque a Ezequiel Roth no le gusta que lo miren las personas que no le importan. Y le gusta menos cuando empieza a interesarle alguien que no debería interesarle.

Sofía no entendió del todo la frase, pero algo en el tono de Camila —la mezcla exacta de advertencia y envidia mal disimulada— le dijo que no hacía falta entenderla todavía.

Apartó la vista, aunque notó, durante el resto del camino hasta la residencia, que la mirada de Ezequiel Roth no se había apartado de ella.

La sintió en la nuca como una mano apoyada con demasiada firmeza.

La habitación que le asignaron era pequeña pero digna: una cama angosta con acolchado gris, un escritorio de madera oscura, y una ventana que daba al ala antigua del campus, una zona que, según el mapa que le habían entregado, estaba parcialmente clausurada por reformas estructurales que llevaban, a juzgar por el estado de los andamios visibles desde ahí, más tiempo del anunciado.

Dejó las valijas en el piso y se permitió respirar, dejando que los hombros bajaran de esa posición tensa que había mantenido desde que bajó del avión esa misma mañana.

Fue al acomodar la ropa en el placard que la encontró.

Una nota, doblada en cuatro, deslizada bajo la puerta sin que nadie llamara. Sofía la levantó del piso esperando un mensaje de bienvenida institucional, una lista de horarios, algo burocrático y sin importancia.

No lo era.

*Sofía Montiel. Bienvenida a casa, Pichona.*

Se quedó inmóvil, la nota temblando levemente entre sus dedos, el papel de pronto pesando mucho más de lo que un papel debería pesar.

Nadie en ese campus, nadie en toda la ciudad de Buenos Aires, salvo una persona que llevaba doce años muerta, la había llamado jamás "Pichona".

Era el apodo que su madre usaba solo en las noches en que bajaba la guardia por completo, cuando el mundo afuera del departamento dejaba de importarle durante un rato.

Un apodo que Sofía nunca había repetido en voz alta desde el funeral, como si pronunciarlo pudiera desgastarlo.

Se sentó en el borde de la cama, la nota todavía en la mano, y por primera vez desde que bajó del taxi sintió que la Universidad Anglada no era solo un lugar imponente al que había llegado por mérito y suerte combinados.

Era un lugar que, de algún modo imposible, ya la conocía.