Capítulo 35
Enfrentamiento final
· · ·
El caos se apoderó del refugio en cuestión de minutos.
Tomás explicó, con la voz todavía agitada, que uno de sus contactos había confirmado que Leonor tenía conocimiento detallado del ritual de liberación planeado, y que ya se dirigía hacia la sede temporal de la Orden, el mismo lugar donde debían llevar a cabo el proceso con Valentina.
—Tenemos que adelantarnos —dijo Ezequiel, ya organizando lo necesario con una rapidez nacida de la urgencia—. Si llegamos antes de que ella pueda reforzar la seguridad del lugar, tenemos una oportunidad real.
Llegaron a la sede de la Orden con el amanecer apenas rompiendo en el horizonte, encontrando el lugar ya alerta, con movimiento evidente de personal de seguridad reorganizándose ante la amenaza de su llegada.
—Va a ser complicado llegar hasta el sitio ritual sin ser detectados —dijo Tomás, evaluando la situación desde la distancia.
Antes de separarse, Ezequiel se giró una última vez, memorizando el rostro de Sofía bajo la luz gris del amanecer, grabándose ese instante con la misma intensidad con la que se aferraba a cualquier promesa de volver a verla.
Tomás, mientras corrían hacia el sector oeste, calculaba mentalmente el tiempo que le quedaba antes de que la distracción de Ezequiel dejara de ser efectiva, cada segundo contando doble en su cabeza mientras guiaba a Sofía y a Augusto por el camino más corto que conocía.
—Entonces creamos una distracción —propuso Ezequiel, con una determinación que Sofía reconoció de inmediato, el mismo instinto estratégico que lo había hecho tan efectivo en momentos críticos anteriores.
—¿Qué tipo de distracción?
—Yo me separo del grupo. Atraigo a los hombres de Leonor hacia otro sector de la propiedad. Ustedes usan esa ventana para llegar hasta Valentina y comenzar el ritual.
—No —dijo Sofía de inmediato, el miedo instalándose con fuerza—. Es demasiado peligroso. Podrían capturarte, o algo peor.
—Es la única forma de que ustedes tengan una oportunidad real —insistió Ezequiel—. Confía en mí.
La discusión se extendió por apenas unos segundos más, interrumpida por la proximidad creciente del peligro. Sofía, con el corazón dividido entre el terror de perderlo y la necesidad urgente de salvar a su hermana, finalmente cedió, aunque cada fibra de su ser se resistía a la idea.
—Vuelve a mí —dijo, sujetando su rostro con ambas manos—. Prométemelo.
—Lo prometo.
Se besaron brevemente, con una intensidad que llevaba consigo todo el peso de la incertidumbre del momento, antes de separarse en direcciones opuestas: Ezequiel hacia el sector este de la propiedad, atrayendo deliberadamente la atención de los hombres de Leonor con ruido y movimiento calculado; Sofía, Tomás y el padre de Ezequiel hacia el sector oeste, donde Valentina, todavía bajo la vigilancia parcial de la Orden, esperaba el inicio del ritual de liberación.
En medio de la huida, sorteando pasillos y esquivando patrullas de seguridad, Sofía sintió algo cambiar dentro de ella: una determinación absoluta que reordenaba sus prioridades con una claridad brutal.
—Si el ritual necesita un sacrificio del linaje —le dijo a Tomás, mientras corrían—, y si eso significa ceder mi propio vínculo potencial para salvarla, lo hago sin dudar.
Llegó sola hasta el sitio donde retenían a Valentina, justo cuando el vínculo, activado por la proximidad de Leonor, empezaba visiblemente a consumir la poca voluntad que le quedaba a su hermana.
Sin refuerzos, sin tiempo para esperar a Tomás, que se había quedado rezagado enfrentando a un guardia inesperado, Sofía comenzó el ritual de liberación sola.