Academia Oscura - Libro Tres (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

Descartada

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Leonor se retiró del círculo ritual con la misma calma con la que había llegado, dejando tras de sí un silencio pesado que ninguno de los presentes se atrevía a romper primero.

Las figuras encapuchadas se dispersaron siguiendo alguna señal invisible, y en cuestión de minutos, el sótano quedó vacío salvo por Sofía, Ezequiel, Valentina y el padre de Ezequiel, que había observado toda la escena desde las sombras sin intervenir.

Sofía se quedó de pie, procesando el peso de las palabras de su madre. Descartada. Una parte de ella, la que había cargado durante meses el temor constante de ser el objetivo, la elegida, la que debía sacrificarse por el vínculo, sintió algo parecido al alivio: ya no era el centro de la amenaza.

Pero otra parte, más profunda, más antigua, sintió el rechazo como una herida familiar reabierta: la misma sensación de no ser suficiente que había cargado toda su vida en relación con su madre, ahora confirmada de la forma más definitiva posible.

—No sé qué sentir —admitió en voz baja, mientras Ezequiel la ayudaba a incorporarse del suelo frío del sótano.

Augusto, desde las sombras del sótano, observó todo el intercambio entre Leonor y su hija sin intervenir, y Ezequiel, al notarlo, se preguntó por primera vez qué estaría pasando realmente por la cabeza de su padre en ese momento tan cargado de historia compartida.

Augusto, observando a Sofía llorar en los brazos de Ezequiel, sintió una punzada de culpa que no esperaba: años de distancia calculada con Leonor, de silencios convenientes, habían contribuido, de alguna forma indirecta, a la mujer fría que ahora rechazaba a su propia hija sin remordimiento aparente.

—Es normal sentir las dos cosas a la vez —dijo él, con una comprensión que no necesitaba explicaciones adicionales—. Alivio y dolor no se excluyen.

—Ella nunca me quiso de verdad. Ni siquiera cuando pensaba que era su heredera principal.

Ezequiel la tomó del rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo directamente.

—Escúchame bien, Sofía. Nunca necesitaste la aprobación de tu madre para valer algo. Ni antes, ni ahora, ni nunca. Tu valor no depende de si ella te elige o te descarta.

Sofía sintió que las lágrimas, contenidas durante toda la tensión del ritual, finalmente encontraban salida. Se permitió, por primera vez en mucho tiempo, llorar sin la urgencia de tener que ser fuerte de inmediato.

El momento de vulnerabilidad compartida se vio interrumpido por un sonido extraño proveniente de donde Valentina permanecía sentada, todavía recuperándose del ritual.

—¿Valentina? —llamó Sofía, acercándose con cautela.

Su hermana levantó la vista, y algo en su expresión hizo que un escalofrío recorriera a Sofía de inmediato. Los ojos de Valentina, antes cargados de miedo auténtico, ahora mostraban una calma vacía, casi mecánica.

—Estoy bien —dijo Valentina, con una voz que sonaba correcta en las palabras pero extraña en el tono, como si repitiera algo aprendido en lugar de sentirlo—. Todo está en orden ahora.

—¿Valentina? —repitió Sofía, con más urgencia—. ¿Estás ahí?

Su hermana parpadeó, como saliendo brevemente de un trance, y por un instante volvió a parecer ella misma, confundida, asustada.

—¿Qué me pasó? —preguntó, la voz ahora sí temblorosa—. Siento que hay algo, alguien más, en mi cabeza.