Capítulo 29
Tregua forzada
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Se colocó dentro del círculo, junto a Valentina, siguiendo las instrucciones precisas que Leonor le dio con una serenidad clínica que contrastaba brutalmente con la gravedad del momento.
—Toma su mano —indicó Leonor—. Mantén el contacto durante todo el proceso, sin importar lo que veas o sientas.
Sofía obedeció, entrelazando sus dedos con los de Valentina, cuya piel estaba helada pese al resplandor que emanaba de su muñeca.
—Va a doler —advirtió Leonor—. Pero el dolor es parte de anclar el vínculo correctamente.
El canto de las figuras encapuchadas se sostenía en una nota grave y constante, casi hipnótica, y Sofía tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no perderse en el ritmo, aferrándose en cambio a la sensación concreta de la mano de Valentina entre las suyas.
El ritual continuó, con Leonor recitando palabras en un idioma antiguo que Sofía no reconocía, mientras las figuras encapuchadas mantenían un canto grave y constante alrededor del círculo.
Sofía sintió una energía extraña recorrer su brazo, conectándose con Valentina de una forma que no podía describir con palabras convencionales: como si, por un instante, pudiera sentir el miedo, el agotamiento, la desesperación de su hermana como si fueran propios.
Ezequiel observaba desde el borde del círculo, con el cuerpo tenso, cada músculo listo para intervenir ante la primera señal de peligro real, pero conteniéndose, confiando en la decisión de Sofía pese a todo lo que su instinto le gritaba en contra.
Fue un momento de vulnerabilidad extrema para él, verla ahí, en el centro de algo que no controlaba, dependiendo de la palabra de la mujer que más daño le había causado en la vida.
Sofía notó, en un breve instante en que logró mirar hacia afuera del círculo, la expresión de Ezequiel: una mezcla de orgullo por su valentía y un temor profundo que él no intentaba ocultar.
El proceso pareció durar una eternidad, aunque en realidad no fueron más de veinte minutos.
Poco a poco, el resplandor en la muñeca de Valentina cambió de un rojo intenso a un tono dorado más suave, hasta finalmente estabilizarse en una marca permanente, similar a un tatuaje natural, sin el brillo antinatural anterior.
—Está hecho —anunció Leonor, retrocediendo—. El vínculo se ha completado con éxito.
Valentina respiró profundamente, como si emergiera de bajo el agua después de mucho tiempo conteniendo el aliento. Sus ojos, antes vidriosos, recuperaron algo de claridad.
—¿Estoy bien? —preguntó, la voz débil pero presente, reconociblemente suya.
—Estás viva —respondió Sofía, abrazándola con un alivio que le quitó las fuerzas que le quedaban—. Eso es lo que importa ahora.
Pero mientras el alivio inundaba el grupo, Sofía notó algo en la expresión de Leonor: una satisfacción calculada, distinta al respeto momentáneo de instantes atrás.
—Hay algo que deben saber sobre este vínculo —dijo Leonor, y el tono de su voz hizo que el alivio de Sofía se congelara de inmediato.