Capítulo 26
Motivos
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El resto del trayecto transcurrió en un silencio reflexivo, cada uno procesando a su manera la revelación reciente.
Sofía se sorprendió a sí misma reconstruyendo, mentalmente, fragmentos dispersos de su infancia: momentos en los que Leonor, brevemente, había mostrado algo parecido a la vulnerabilidad antes de volver a cerrarse por completo.
—Recuerdo una vez —dijo Sofía, rompiendo el silencio— que la encontré llorando, sola, en su estudio. Tendría yo unos ocho años. Cuando me vio, se limpió las lágrimas tan rápido que después dudé haberlo visto realmente. Nunca volvió a pasar. O si pasó, nunca me dejó verlo otra vez.
El aire dentro de la propiedad tenía un olor particular, mezcla de humedad antigua y algo más difícil de nombrar, casi metálico, que a Sofía le recordó, sin poder evitarlo, la cámara subterránea donde había encontrado el Ángel meses atrás.
Ezequiel, sentado a su lado, tomó su mano con suavidad.
El silencio bajo tierra tenía una cualidad distinta al de la superficie, más denso, como si el propio aire hubiera absorbido siglos de rituales celebrados en esas mismas paredes antes de que ninguno de ellos naciera.
—No estás obligada a sentir compasión por ella, Sofía. Después de todo lo que ha hecho.
—Lo sé. Y no la justifico. —Sofía se quedó pensando un momento más—. Pero entender de dónde viene el dolor no es lo mismo que perdonar lo que hizo con él. Solo me ayuda a entenderla como persona, no solo como amenaza.
Compartió esa reflexión con Ezequiel durante el resto del viaje, y él escuchó con una atención genuina, sin intentar corregir ni minimizar lo que ella sentía.
Fue, en medio de la tensión creciente de acercarse al escondite de Leonor, un momento de conexión profunda entre ambos: la capacidad de sostener complejidad emocional sin que eso debilitara la determinación compartida.
—Gracias por escucharme sin juzgar —dijo Sofía.
—Siempre —respondió Ezequiel, con una simpleza que decía más que cualquier discurso elaborado.
Llegaron a la propiedad poco antes del amanecer, un lugar que combinaba la elegancia decadente de una construcción antigua con las modificaciones evidentes de una organización que la había reacondicionado con fines muy específicos: cámaras discretas, refuerzos estructurales recientes, una presencia de seguridad que contrastaba con la aparente calma exterior.
Se movieron con sigilo, siguiendo el mapa que Tomás había memorizado, hasta llegar a una sección subterránea que, según los planos antiguos, había sido usada históricamente para rituales de generaciones anteriores.
Bajaron las escaleras con el corazón acelerado, cada paso resonando levemente en el silencio pesado del lugar.
Al final del pasillo subterráneo, a través de una puerta entreabierta, encontraron lo que habían estado buscando durante días.
Valentina, pálida, con los ojos vidriosos, de pie en el centro de un círculo ritual iluminado por velas, rodeada de símbolos que empezaban a brillar con una luz tenue y antinatural. Su brazo, donde estaba el tatuaje forzado, ahora emitía un resplandor rojizo intenso.
El ritual ya había comenzado.