Capítulo 22
Doble juego
· · ·
Sofía giró, con el corazón golpeándole el pecho, y encontró a Diego de pie en el umbral, con las manos en alto en un gesto que pretendía ser de rendición, pero que no lograba disipar la tensión en el ambiente.
—No es lo que parece —dijo él, rápidamente.
El forcejeo había durado apenas segundos, pero a Sofía se le quedó grabada cada fracción de ese instante: el sonido metálico del golpe contra la pared, la respiración entrecortada de ambos hombres, el silencio abrupto que siguió cuando Diego finalmente logró zafarse.
—Entonces qué es —replicó Ezequiel, colocándose instintivamente entre Diego y Sofía—. Porque hasta ahora, cada movimiento tuyo ha sido calculado para confundirnos.
Diego bajó las manos despacio, y algo en su expresión cambió: la fachada de mensajero neutral, cansado de fingir, empezó a resquebrajarse.
El eco del forcejeo con Diego todavía resonaba en el almacén vacío cuando Sofía, con las manos todavía temblando por la adrenalina, se permitió un segundo de quietud antes de abrir el documento caído, consciente de que lo que encontrara ahí podía cambiarlo todo de nuevo.
—Está bien. Tienen razón en desconfiar. —Suspiró—. No estoy aquí solo por lealtad a la Orden. Nunca lo estuve del todo.
—Explícate —exigió Sofía, la voz firme pese al miedo que sentía crecer.
—La Orden del Heredero no es un bloque unido. Hay una facción visible, la más poderosa. Pero hay otros que creemos que el poder del linaje no debería concentrarse en una sola persona, sea quien sea.
—¿Y tú quieres ese poder para ti? —preguntó Ezequiel, la comprensión llegando con una claridad amarga.
Diego no lo negó de inmediato, y ese silencio fue respuesta suficiente.
—Quiero tener voz en cómo se usa. Eso es todo.
—Eso no es todo —dijo Sofía, sintiendo la furia acumulada de días de manipulación disfrazada de ayuda—. Nos usaste. Usaste a Valentina. Todo este tiempo.
—No tuve otra opción, si quería llegar hasta aquí sin que sospecharan de mí.
Ezequiel se movió antes de que Sofía pudiera reaccionar, cerrando la distancia con Diego con una velocidad que sorprendió a ambos.
El impacto fue breve pero contundente: Ezequiel lo empujó contra la pared metálica del almacén, sujetándolo con una fuerza que reflejaba semanas de miedo acumulado, ahora convertidas en acción directa.
—Si algo le pasa a Valentina por tu culpa...
—¡No le va a pasar nada por mi culpa! —gritó Diego, forcejeando—. ¡Estoy intentando protegerla a mi manera, aunque no me crean!
En el forcejeo, algo cayó del bolsillo interior de la chaqueta de Diego: un documento doblado, que golpeó el suelo con un sonido apagado antes de que él lograra zafarse del agarre de Ezequiel y correr hacia la salida trasera, desapareciendo en la oscuridad exterior antes de que pudieran detenerlo.
Sofía se apresuró a recoger el documento caído, con las manos temblando por la adrenalina.
—Ezequiel. Mira esto.
Era un mapa, distinto al desplegado sobre la mesa, con una ubicación marcada con precisión: coordenadas exactas, una nota manuscrita al margen que decía simplemente: «Ubicación real. No la de la casona.»