Capítulo 20
El precio de pertenecer
· · ·
El nombre coincidía con el de una alumna desaparecida del campus, años atrás, cuyo caso Ezequiel recordaba vagamente de conversaciones de pasillo durante su primer año de universidad: una desaparición nunca resuelta, archivada oficialmente como abandono voluntario de estudios, una explicación que en su momento nadie había cuestionado demasiado.
—La recuerdo —dijo Sofía, la voz apenas un susurro—. No la conocía personalmente, pero recuerdo los carteles. La gente hablando de ella durante semanas, y después nada. Como si el mundo simplemente hubiera decidido olvidarla.
Sofía se quedó pensando, esa noche, en cuántas otras vidas habrían quedado reducidas a una línea de registro similar, nombres sin rostro que nadie fuera de esos archivos jamás llegaría a conocer.
—Porque se aseguraron de que así fuera —agregó Tomás, sombrío—. No fue la primera vez que usaron el sistema para encubrir sus propios procesos.
El peso de esa información cayó sobre los tres con una fuerza distinta a cualquier revelación anterior: ya no se trataba de una amenaza abstracta, de un ritual descrito en documentos antiguos. Se trataba de una persona real, con una vida real, borrada sin que nadie hubiera podido detenerlo.
Ezequiel sintió que algo se endurecía dentro de él, una determinación distinta a la que había sentido hasta entonces. Ya no bastaba con proteger a Valentina de forma reactiva. Necesitaban desmantelar el sistema completo que había permitido que esto sucediera generación tras generación.
Esa noche, sin consultarlo primero con su padre —una decisión que tomó consciente del riesgo, pero también convencido de que necesitaba empezar a usar el liderazgo formal que había aceptado para algo más que negociaciones familiares—, contactó directamente a un par de antiguos aliados, gente con la que su padre nunca lo había dejado hablar sin supervisión.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Sofía, cuando le contó lo que planeaba hacer.
—No completamente —admitió Ezequiel—. Pero si voy a llevar este título, necesito empezar a usarlo para lo que realmente importa, no solo para lo que mi padre considera prudente.
Sofía sonrió, un gesto pequeño pero auténtico en medio de la tensión de los últimos días.
—Eso suena a alguien que está aprendiendo a liderar de verdad.
Los contactos respondieron esa misma noche, con información que ninguno esperaba tan pronto: Diego había vuelto a comunicarse, esta vez con una ubicación concreta, mucho más detallada que cualquier pista anterior.
Ezequiel leyó el mensaje dos veces, sintiendo una mezcla de esperanza y sospecha que ya se había vuelto familiar.
—Dice que puede llevarnos directamente hasta donde tienen a Valentina.
Sofía se acercó, leyendo por encima de su hombro, y frunció el ceño casi de inmediato.
—Algo en este mensaje no cuadra.