Capítulo 19
El archivo de la Orden
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Pasaron el resto de la noche intentando reconstruir lo que faltaba en el documento, comparándolo con los archivos que Tomás había reunido semanas atrás. Fue él, finalmente, convocado de vuelta pese a las sospechas recientes, quien logró identificar el patrón de lo que se había omitido.
—Todas las partes eliminadas se relacionan con un mismo tema —dijo Tomás, señalando los espacios en blanco—. El proceso exacto de activación y sus consecuencias posteriores.
Los archivos que Tomás logró recuperar estaban escritos en un latín arcaico mezclado con anotaciones posteriores en al menos tres idiomas distintos, como si generaciones enteras de guardianes hubieran ido dejando su propia huella sobre el mismo texto original.
—¿Por qué querría Diego ocultarnos justamente eso? —preguntó Ezequiel.
Hacia el final de la noche, exhaustos los tres, Tomás encontró una anotación al margen de uno de los documentos más antiguos, escrita en una letra distinta a la del resto: una advertencia breve, casi ilegible, que ninguno logró descifrar del todo esa noche.
—Porque quizás no quiere que sepan la verdad completa sobre lo que le espera a Valentina —respondió Tomás—. O porque él mismo no la conoce del todo.
Mientras Tomás traducía fragmento por fragmento, Sofía se ofreció a ayudar con las partes más simples, comparando patrones de palabras repetidas aunque no dominara el idioma.
Fue un trabajo lento, casi meditativo, y en algún punto de la madrugada, entre tazas de café frío y ojos cansados, los tres compartieron una risa breve y genuina ante un error de traducción absurdo, un respiro pequeño en medio de la gravedad de lo que estaban descubriendo, que ninguno se permitió alargar demasiado antes de volver al trabajo.
Tomás, en un gesto que Sofía interpretó como un intento genuino de reconstruir la confianza perdida tras las sospechas de días atrás, se ofreció a rastrear la fuente original de esos archivos, usando contactos que hasta entonces se había reservado.
—Puedo acceder a un archivo más antiguo —explicó—, custodiado por los pocos que aún respetan el juramento original. Tomará tiempo, pero puede darnos la versión completa.
Trabajó durante horas, con una dedicación que poco a poco disipó las dudas que Sofía y Ezequiel habían sostenido sobre él. Para cuando amaneció, había logrado recuperar fragmentos suficientes para entender la magnitud completa de lo que se ocultaba.
Los registros hablaban, con un lenguaje escalofriantemente clínico, de generaciones de herederas activadas a lo largo de los siglos.
Ninguna, según ese archivo ampliado, había logrado conservar su autonomía psicológica completa después del proceso.
Algunas desaparecían. Otras quedaban, según la terminología del documento, vinculadas de forma permanente a la voluntad del linaje dominante.
—Es un lavado de identidad —dijo Sofía, horrorizada, tras leer el fragmento completo—. No solo buscan un vínculo de sangre. Buscan borrar quién es Valentina para reemplazarla con lo que ellos necesitan que sea.
Ezequiel, leyendo por encima de su hombro, cerró los puños con una furia contenida.
—No vamos a permitir que eso le pase.
—Hay algo más —agregó Tomás, con una expresión sombría—. El nombre de la última heredera activada antes de este intento con Valentina.
Buscó en los registros hasta encontrar la entrada exacta, y la giró hacia ellos para que la leyeran directamente.
Sofía notó que el aire se le congelaba en el pecho al reconocer el nombre.