Capítulo 17
La primera grieta
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—No se trata solo de esta decisión —dijo Sofía, sentada en el borde de la cama, con los brazos cruzados, buscando ordenar algo que llevaba sintiendo desde hacía días—. Se trata de lo fácil que fue para ti volver al viejo patrón, apenas la presión aumentó.
—Tienes razón. —Ezequiel no intentó defenderse, y eso, extrañamente, ablandó un poco la tensión de Sofía—. No tengo excusa. Sentí la urgencia y actué solo, como siempre hacía antes.
Hablaron hasta que la luz de la calle empezó a filtrarse entre las cortinas, ninguno de los dos dispuesto a ceder al sueño antes de sentir que habían dicho, de verdad, todo lo que necesitaban decirse.
—Y eso es exactamente lo que dijimos que no íbamos a repetir.
Se quedaron en silencio un momento, ambos conscientes de que estaban parados sobre el mismo terreno resbaladizo que casi había destruido su relación tiempo atrás. Pero, a diferencia de entonces, ninguno de los dos se levantó para irse.
—No voy a distanciarme de ti por esto —dijo Sofía finalmente—. Pero necesito que entiendas que cada vez que decides algo así sin mí, me haces sentir que sigo siendo, para ti, alguien a quien proteger de la verdad, no una igual.
Sofía, ya de madrugada, se quedó mirando el techo un largo rato después de que Ezequiel se durmiera, repasando la conversación de esa noche, sintiendo que algo entre ellos, pese a la grieta reciente, se había vuelto más resistente, no más frágil, por haber sido nombrado en voz alta.
—No es eso lo que quiero. —Ezequiel se sentó junto a ella, buscando su mirada—. Quiero ser un igual contigo. Solo necesito tiempo para desaprender los reflejos de toda una vida.
—Entonces vamos a trabajarlo. Hoy. Ahora. No en tres días.
Hablaron durante horas, con una honestidad cruda que en otro momento de sus vidas habría sido imposible: sobre el miedo de Ezequiel a fallar como líder, sobre el temor de Sofía a repetir el destino de su madre desde el otro lado de la ecuación de poder, sobre lo que significaba, realmente, construir una relación de iguales en medio de un caos que ninguno de los dos había elegido.
Para cuando terminaron, la grieta no había desaparecido del todo, pero se sentía distinta: reconocida, nombrada, en proceso de sanar en lugar de ser ignorada hasta que se hiciera demasiado grande para cerrar.
El teléfono de Sofía vibró en medio de ese frágil momento de reconciliación. Un mensaje de un número desconocido, con un tono que ya reconocía con demasiada facilidad.
«Sé que están buscando respuestas. Yo también las tengo. Reunámonos. Solo para hablar. Diego.»
Sofía le mostró el mensaje a Ezequiel, ambos intercambiando una mirada cargada de la misma pregunta silenciosa.
—¿Confiamos en esto? —preguntó ella.
—No confiamos en él —respondió Ezequiel—. Pero tal vez podamos usar la reunión a nuestro favor.