Capítulo 16
El peso de liderar
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Se mudaron esa misma noche a un nuevo refugio, uno que solo Ezequiel y Sofía conocían, dejando fuera incluso a Tomás y Camila por primera vez, una medida que ninguno de los dos disfrutó tomar pero que la situación exigía.
A la mañana siguiente, Augusto Roth apareció sin previo aviso, algo que nunca hacía. Su expresión, calculadora como siempre, tenía además un dejo de urgencia poco habitual en él.
Ezequiel se quedó mirando la puerta por la que su padre acababa de salir, sintiendo el familiar sabor amargo de haber cedido, otra vez, a una lógica que sonaba razonable en el momento y que solo después revelaba su verdadero costo.
—Necesito que formalices tu liderazgo —dijo, sin preámbulos, apenas cruzó la puerta.
Cuando finalmente se acostó esa noche, mucho después de que Sofía se durmiera, Ezequiel se quedó mirando el techo, repasando la conversación con su padre una y otra vez, buscando el momento exacto en que podría haber dicho que no.
—¿De qué hablas?
—De lo que queda de nuestra gente. Los pocos contactos, los recursos, las alianzas antiguas que todavía respetan el nombre. Necesitan una figura clara al mando, o se dispersarán, y con ellos, cualquier posibilidad real de enfrentar a la Orden.
—Ya estoy haciendo lo que puedo sin ese título.
—No es suficiente, y lo sabes. —Su padre se acercó, bajando la voz—. Si aceptas formalmente, tendrás acceso a recursos que hasta ahora te he negado. Información, contactos, protección real. Si no lo haces, seguiré ayudando a mi manera, pero limitada.
Era, básicamente, una condición disfrazada de consejo, y Ezequiel lo reconoció de inmediato.
—Necesito hablarlo con Sofía.
—No hay tiempo para consultas, Ezequiel. Se mueven rápido. Necesito una respuesta ahora.
Ezequiel sintió el peso de la decisión presionándolo desde dos direcciones distintas: la urgencia real de la situación, y la promesa reciente hecha a Sofía de no volver a decidir cosas importantes sin ella.
Miró hacia la habitación donde Sofía dormía, exhausta tras la mudanza nocturna, y tomó una decisión que sabía, incluso en el momento de tomarla, que sería un error.
—Acepto —dijo—. Formalízalo.
Su padre asintió, satisfecho, y se retiró sin más ceremonia, dejando a Ezequiel con la sensación amarga de haber ganado una herramienta necesaria al precio de romper, otra vez, una promesa que se había hecho con toda sinceridad.
Cuando Sofía despertó y él le contó lo sucedido, la reacción no fue de furia inmediata, sino algo más profundo: decepción silenciosa.
—Me dijiste que no volverías a hacer esto —dijo, la voz calmada pero firme—. Decidir algo tan grande sin siquiera preguntarme.
—Lo sé. Y no tengo una buena excusa.
—El poder cambia a la gente, Ezequiel. Vi lo que le hizo a mi madre. No puedo evitar temer que también te cambie a ti, aunque sea de a poco.
Ezequiel no supo qué responder. Por primera vez desde que reconstruían su relación, notó que había abierto, con sus propias manos, una grieta que no sabía cómo cerrar.