Capítulo 15
Sospechas cruzadas
· · ·
—¿Quién? —preguntó Ezequiel, sujetando a Camila por los hombros, la urgencia clara en cada palabra.
—No lo sé con certeza. —Camila respiraba con dificultad, la mirada saltando entre ambos—. Solo sé que han sabido, con demasiada precisión, cada movimiento que ustedes han hecho en los últimos días. Eso no es casualidad.
Sofía sintió que un escalofrío distinto, más frío que el miedo a Leonor, se instalaba en su pecho: la sospecha, esa vieja compañera que creían haber dejado atrás.
Fue una noche extraña, cargada de silencios que antes no existían entre ellos: nadie decía en voz alta lo que estaba pensando, pero todos podían sentir, con la misma claridad, el peso de la sospecha instalándose de nuevo en un grupo que había costado tanto reconstruir.
Regresaron al apartamento sin acercarse siquiera a la casona, replanteando todo desde cero. Tomás llegó poco después, y la tensión en la habitación se volvió casi palpable cuando Sofía se descubrió a sí misma estudiándolo con una desconfianza que no había sentido en semanas.
Camila, antes de irse esa noche, se detuvo en la puerta un momento, como si quisiera decir algo más, y finalmente optó por el silencio, dejando tras de sí la misma sensación incómoda de sospechas sin resolver que había marcado toda la velada.
—Sé lo que estás pensando —dijo Tomás, notando la mirada—. Y entiendo por qué. Pero no soy yo.
—Nadie está acusando a nadie todavía —respondió Ezequiel, aunque su propio tono sugería que la idea ya había cruzado por su mente también.
—Tu padre tiene acceso a información que nosotros no —señaló Sofía, dirigiéndose a Ezequiel con cuidado, consciente del terreno delicado que pisaba—. Y ha demostrado, más de una vez, que su lealtad no siempre está donde debería.
Ezequiel no se defendió de inmediato. Se quedó callado, sopesando la posibilidad con una honestidad que le costó visiblemente admitir.
—No puedo descartarlo —dijo finalmente, la voz tensa—. Y eso me enferma.
Fue la primera vez, en toda la reconstrucción de su relación, que Sofía y Ezequiel se miraron con algo parecido a la duda mutua, no entre ellos directamente, pero sí en la fragilidad compartida de no saber en quién más confiar. La sensación incomodó a ambos por igual.
—Incluso Camila —dijo Sofía, en voz baja, casi arrepentida de pensarlo—. Apareció justo a tiempo. Demasiado a tiempo.
—No voy a defenderla ciegamente —respondió Ezequiel—, pero tampoco voy a acusarla sin pruebas. Igual que a mi padre. Igual que a Tomás.
El resto de la noche transcurrió en un ambiente extraño, cargado de miradas evaluadoras, de silencios que antes no existían entre ellos. La confianza, construida con tanto esfuerzo, se sentía de pronto frágil, como cristal recién soldado.
Pasada la medianoche, el teléfono de Ezequiel sonó con una alerta que hizo que todos se pusieran de pie al mismo tiempo: el sistema de seguridad improvisado del refugio temporal donde habían escondido documentos clave había sido comprometido.
—Alguien filtró la ubicación —dijo Tomás, revisando su propio teléfono con una expresión sombría—. Tenemos que movernos. Ahora mismo.