Capítulo 14
La trampa
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—Si es una trampa, ¿para quién? —preguntó Sofía, aunque la pregunta ya llevaba, en el tono, el inicio de una respuesta que no le gustaba.
Ezequiel repasó mentalmente cada detalle del mensaje, cada palabra elegida por Leonor. «Ven sola si la quieres de vuelta.» No decía nada sobre él. No lo mencionaba en absoluto.
Camila, cuando finalmente logró recuperar el aliento después de la carrera, se apoyó contra el tronco de un árbol cercano, la respiración todavía entrecortada, mirando a ambos con una mezcla de urgencia y algo parecido al alivio de haber llegado a tiempo.
—Para mí —dijo finalmente—. Creo que el objetivo real soy yo.
—¿Por qué tú?
Camila, mientras caminaban de regreso al auto, se disculpó brevemente por no haber podido advertirles antes. —Me enteré hace apenas una hora —dijo—. Corrí en cuanto pude, pero no fue suficiente para llegar antes de que estuvieran a punto de entrar.
—Piénsalo. Con ella liderando la Orden, el único obstáculo estructural que queda es lo que representa mi familia. Mi padre tiene contactos, recursos, historia. Y yo... —dudó— ahora encabezo formalmente lo poco que sobrevive de nuestro lado. Aunque no lo haya buscado.
Sofía se quedó en silencio, absorbiendo la lógica fría y perfecta de la estrategia de su madre: atraerla a ella con la carnada de Valentina, y usar esa misma trampa para neutralizar a Ezequiel.
—No vamos a caer en esto de forma ciega —dijo Sofía—. Vamos a entrar preparados, sabiendo exactamente qué esperar.
Pasaron las horas restantes ajustando el plan, con una precisión que solo la urgencia real puede producir.
Ezequiel insistió en llevar consigo algo que su padre le había entregado semanas atrás, sin explicación completa entonces: un pequeño dispositivo capaz de interferir brevemente sistemas de vigilancia electrónica.
Antes de salir, hubo un momento de pausa entre ambos, cargado de una vulnerabilidad que rara vez se permitían mostrar tan abiertamente.
—Si algo sale mal ahí dentro —dijo Ezequiel, tomando las manos de Sofía—, quiero que sepas que no me arrepiento de nada de esto. De estar contigo en medio de todo este caos.
—No hables como si te estuvieras despidiendo.
—No me estoy despidiendo. Solo quiero que lo sepas, por si acaso.
Sofía lo besó, con una urgencia tranquila, distinta al miedo desesperado de otras veces: la calma de quien ha decidido enfrentar lo que venga sin ocultarse nada.
Salieron hacia la casona con el plan trazado, las salidas memorizadas, la determinación de no repetir los errores del pasado.
A pocos kilómetros del punto de encuentro, cuando ya empezaban a distinguir la silueta de la propiedad entre los árboles, una figura salió al camino, bloqueándoles el paso con los brazos extendidos.
Camila.
—No entren —dijo, sin aliento, como si hubiera corrido una distancia considerable—. Tienen un infiltrado. Alguien de su propio círculo le está pasando información.