Capítulo 13
Sola, otra vez
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Pasaron la noche discutiendo, con Tomás sumado a la conversación por videollamada desde algún lugar que no quiso especificar.
—Es una trampa evidente —dijo Tomás—. «Ven sola» nunca significa lo que dice.
—Lo sé —respondió Sofía, frustrada—. Pero también sé que si no voy, arriesgo a Valentina. Y si voy acompañada, podría hacer algo peor solo para probar un punto.
El plano de la casona, extendido sobre la mesa de la cocina, terminó cubierto de anotaciones en distintos colores de tinta, cada uno representando una hipótesis distinta sobre lo que podían encontrar del otro lado de esa puerta.
Ezequiel se mantuvo en silencio más tiempo del habitual, y cuando habló, su voz tenía un peso distinto.
—Hace unos meses fuiste sola a enfrentar algo así. Y casi te perdí.
Sofía revisó, por décima vez esa noche, la ruta de escape marcada en el plano, memorizando cada giro hasta que pudo trazarla mentalmente con los ojos cerrados, un ejercicio que Ezequiel le había enseñado meses atrás y que ahora hacía casi sin pensar.
—Lo sé, Ezequiel.
Sofía, mientras memorizaba la ruta de escape junto a Ezequiel, se descubrió pensando en lo distinto que se sentía prepararse para el peligro ahora, comparado con los primeros meses de todo esto.
Antes, el miedo la paralizaba, la hacía dudar de cada decisión.
Ahora sentía algo más parecido a una calma templada, forjada a fuerza de haber sobrevivido a suficientes crisis como para confiar, aunque fuera un poco, en su propia capacidad de reaccionar.
No era valentía sin miedo. Era miedo que había aprendido, finalmente, a no paralizarla.
—No te lo digo para culparte. Te lo digo porque no puedo dejar que se repita. No otra vez.
Sofía sintió el impulso familiar de discutir, de insistir en que era su decisión, su hermana, su madre. Pero se detuvo, reconociendo en el gesto de Ezequiel algo distinto al control que tanto habían combatido: era miedo auténtico, compartido, no una imposición.
—Entonces vamos juntos —dijo finalmente—. Pero con un plan. No voy a caminar directo hacia lo que sea que tenga preparado sin al menos intentar anticiparlo.
Tomás ayudó a trazar la logística: el punto de encuentro que Leonor había indicado en un segundo mensaje era una vieja casona a las afueras de la ciudad, antigua propiedad vinculada, según los archivos, a la primera generación del vínculo.
—Puedo conseguir refuerzos discretos —ofreció Tomás—. Gente que aún me debe lealtad.
—No —dijo Ezequiel, para sorpresa de ambos—. Si aparecemos con refuerzos visibles, lo sabrá antes de que crucemos la puerta. Necesitamos algo más sutil.
Pasaron horas revisando planos antiguos de la casona, memorizando salidas, posibles escondites, señales de auxilio silenciosas que solo ellos dos reconocerían.
Ya de madrugada, exhaustos, se permitieron un momento de quietud antes de que el día trajera consigo lo inevitable. Ezequiel la abrazó con una intensidad distinta a la habitual, como si quisiera memorizar la sensación por si acaso.
—Pase lo que pase mañana —dijo—, no vuelvas a dejarme fuera de algo así.
—No pensaba hacerlo.
Al amanecer, revisando por última vez el mapa de la propiedad antes de salir, Ezequiel notó algo que se les había escapado la noche anterior: una discrepancia entre el plano oficial y las coordenadas exactas que Leonor había enviado.
—Espera. —Su voz se tensó—. El punto de encuentro no coincide con la entrada principal de la casona. Está señalado en un sector completamente distinto.
Sofía se acercó, sintiendo que el estómago se le encogía.
—¿Qué hay ahí?
Ezequiel amplió la imagen satelital, y ambos vieron, al mismo tiempo, lo que implicaba esa ubicación: un sector aislado, sin salidas visibles, rodeado por completo.
—No es un punto de encuentro —dijo Ezequiel, la voz baja—. Es una jaula.