Capítulo 11
Un nombre familiar
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—Dilo —insistió Ezequiel, sintiendo que la paciencia se le agotaba a la misma velocidad que la luz de la tarde detrás de las cortinas—. No tenemos tiempo para que midas tus palabras.
Su padre giró la copa entre los dedos, sin beber.
Ezequiel se quedó mirando el vaso de whisky que su padre no le había ofrecido, pensando en cuántas conversaciones de su infancia habían transcurrido exactamente así: él de pie, esperando, y su padre tomándose su tiempo antes de entregar cualquier cosa de valor.
—No estoy seguro todavía. Necesito confirmarlo con alguien de mi confianza antes de decir algo que no pueda retirar.
—Valentina podría estar en peligro en este mismo momento.
—Y por eso mismo no voy a arriesgarme a darte información equivocada, que te lleve a tomar una mala decisión.
Ezequiel apretó la mandíbula. Reconocía esa lógica, la había escuchado toda su vida: la prudencia de su padre disfrazando, muchas veces, un simple deseo de mantener el control de la información.
—Dame un plazo, entonces.
—Veinticuatro horas.
Sofía, que había permanecido en silencio observando el intercambio, intervino con una serenidad que sorprendió a Ezequiel.
—Nosotros seguiremos buscando por nuestra cuenta mientras tanto. Pero si en veinticuatro horas no tenemos un nombre, volveremos y no será una conversación tan educada.
Augusto Roth asintió, casi con algo parecido al respeto.
De regreso al apartamento, Ezequiel se mantuvo callado, procesando algo que llevaba dándole vueltas desde que salieron de la residencia.
—¿Qué pasa? —preguntó Sofía, notando su tensión.
—Voy a presionarlo esta noche. Solo.
—Ezequiel...
—No quiero decirte nada hasta que esté seguro. —Se detuvo, buscando las palabras correctas—. No es que quiera ocultarte algo. Es que si resulta ser una sospecha sin fundamento, no quiero que cargues con ese miedo sin necesidad.
Sofía lo miró largamente, sopesando si aquello era una repetición del patrón que tanto daño les había hecho antes, o simplemente una decisión razonable, tomada desde el cuidado y no desde el secreto.
—Un día —dijo finalmente—. Y me cuentas todo, sea lo que sea.
—Un día.
Esa noche, Ezequiel volvió solo a la residencia de su padre. Lo encontró despierto, como si lo hubiera estado esperando.
—Sabía que volverías —dijo el hombre, sirviéndose otra copa—. Siempre fuiste igual de terco que tu madre.
—El nombre.
Su padre suspiró, y por un instante pareció mucho mayor de lo que Ezequiel recordaba.
—Investigué. Hice las llamadas que tenía que hacer. —Hizo una pausa larga, como si postergar la respuesta pudiera cambiar el contenido—. Es Leonor.
Ezequiel notó que el suelo se movía bajo sus pies.
—Leonor está muerta. Desapareció hace meses, nadie confirmó nada, pero...
—Nadie confirmó su muerte tampoco —lo interrumpió su padre—. Y según mis contactos, no solo está viva. Lidera la Orden del Heredero desde las sombras, desde mucho antes de lo que cualquiera imaginaba.