Capítulo 10
Rastro frío
· · ·
No había pistas nuevas. Ninguna cámara cercana, ningún testigo, ningún rastro digital que Ezequiel pudiera seguir. Por primera vez desde que la búsqueda comenzó, sintió el peso específico de no tener un siguiente paso claro.
—Hay alguien que quizás sepa algo —dijo finalmente, la idea formándose despacio, con resistencia—. Mi padre.
Sofía lo miró con cautela. Sabía lo que esa opción representaba para él: volver a pedirle ayuda al hombre cuya lealtad dividida había estado a punto de costarles todo en el pasado.
La residencia de Augusto Roth conservaba esa quietud artificial de las casas demasiado grandes para la cantidad de gente que realmente las habita, cada habitación impecable pero vacía de la calidez que Sofía asociaba con un verdadero hogar.
—¿Confías en él para esto?
En el camino de regreso, Sofía guardó silencio la mayor parte del trayecto, procesando la magnitud de lo que el padre de Ezequiel acababa de insinuar, sintiendo que cada respuesta obtenida solo abría dos preguntas nuevas, como una versión más oscura de las muñecas rusas que recordaba de su infancia.
—No completamente. Pero tiene contactos que nosotros no tenemos. Gente que conoció a esta gente antes de que existiera la organización que conocemos siquiera.
Fueron esa misma tarde a la residencia de su padre, un lugar que Ezequiel evitaba pisar desde hacía semanas. El hombre los recibió con una calma medida, casi ensayada, que a Ezequiel siempre le había resultado difícil de leer.
—Necesito que me digas todo lo que sepas sobre la Orden del Heredero —dijo Ezequiel, sin rodeos—. No tenemos tiempo para tus evasivas de siempre.
Su padre lo estudió un largo momento antes de responder.
—Desde que asumiste un rol más activo en lo que queda de nuestra gente, esperaba que llegaras a esta pregunta.
Esa frase cayó sobre Ezequiel con un peso inesperado. En algún momento, sin decisión formal de por medio, se había convertido en la persona a la que la organización miraba, aunque fuera solo lo que sobrevivía de ella. La idea le generó una mezcla incómoda de responsabilidad y vértigo.
—Padre. Valentina.
—Sí, sí. —El hombre suspiró, sirviéndose una copa que no ofreció a nadie más—. La Orden se mueve en las sombras desde hace generaciones, pero nunca actúa sin dirección clara. Alguien la está guiando ahora. Alguien con conocimiento profundo de las reglas exactas.
—¿Quién? —preguntó Sofía, acercándose.
Su padre la miró, luego a Ezequiel, sopesando algo que claramente le costaba decir en voz alta.
—Hay un nombre que ha circulado en los círculos que aún me hablan. Alguien que muchos creían fuera del tablero por completo.
—¿Qué nombre? —insistió Ezequiel, la voz baja, tensa.
Su padre bajó la copa, y por primera vez en mucho tiempo, Ezequiel vio algo parecido al miedo genuino en su rostro.
—Es un nombre familiar para ustedes dos. Muy familiar.