Capítulo 9
Búsqueda
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—No podemos simplemente esperar —dijo Sofía, caminando de un lado a otro del apartamento mientras Ezequiel intentaba, sin éxito, rastrear el celular de Valentina.
—Lo apagó —confirmó él—. O alguien lo hizo por ella.
Tomás llegó minutos después, con un mapa improvisado de posibles ubicaciones basado en los movimientos previos de sus enemigos.
Fue la primera vez que Sofía sintió que se movían como un verdadero equipo: sin las dudas constantes, sin las decisiones tomadas en secreto que tanto habían dañado su relación con Ezequiel en el pasado.
La ciudad, esa noche, se sentía distinta a como Sofía la recordaba de sus primeros meses: cada esquina ahora cargaba el peso de una posible pista, cada persona que cruzaban en la calle merecía, aunque fuera por un segundo, una mirada evaluadora.
—Antes, en una situación así, habríamos actuado por separado —comentó Ezequiel, casi como si leyera sus pensamientos—. Tú yendo sola a lo peligroso, yo enterándome tarde.
—Ahora no —respondió Sofía, y sonó casi como una promesa.
Fue Sofía quien notó, entre los escombros de la fábrica, algo que los otros dos habían pasado por alto: una pequeña marca tallada en el marco de una ventana, apenas visible bajo capas de óxido, idéntica al símbolo que ya conocían demasiado bien.
Recorrieron la ciudad durante horas: la última zona donde el teléfono de Valentina había dado señal, las cámaras cercanas al café donde se habían reunido con Diego, testimonios reticentes de un par de vecinos que decían haber visto «algo raro» días atrás.
El trabajo en equipo fluyó de una manera que ninguno de los tres había experimentado antes.
Tomás manejaba los contactos que aún le quedaban; Ezequiel se encargaba de la logística, los mapas, las rutas de escape; Sofía, con una intuición que crecía cada vez que se enfrentaba a este mundo, lograba leer patrones que a los otros dos se les escapaban.
Tomás, mientras revisaba las últimas imágenes de cámaras cercanas a la fábrica, murmuró algo sobre patrones de movimiento que Sofía no terminó de entender del todo, pero que él prometió explicar en cuanto tuviera algo concreto que mostrar, en lugar de teorías todavía a medio formar.
—Aquí —dijo finalmente, señalando una dirección en el mapa: una vieja fábrica abandonada a las afueras, marcada en los archivos como punto de encuentro histórico—. Es aquí donde se reunirían.
Llegaron al anochecer, con el corazón acelerado por la mezcla de esperanza y miedo.
La fábrica estaba vacía. No había señales de Valentina, ni de Diego.
Solo evidencia de que algo había ocurrido ahí recientemente: sillas volcadas, una cadena de metal cortada limpiamente, restos de cera de velas apagadas apresuradamente.
—Se fueron rápido —murmuró Ezequiel, examinando el suelo—. Muy rápido.
Sofía se arrodilló junto a un rastro de tela enganchado en un clavo oxidado, reconociendo el color de la chaqueta que Valentina llevaba puesta la última vez que la vio.
—Estuvo aquí —dijo, la voz temblando—. Y algo salió mal para ellos.
El silencio de la fábrica vacía se sintió, de pronto, más aterrador que cualquier confrontación directa.