Academia Oscura - Libro Tres (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

Decisión propia

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Encontraron a Valentina dos horas después, en un pequeño departamento a las afueras de la ciudad que Tomás logró rastrear a través de un contacto de Diego. Estaba sola, sentada en el borde de una cama sin deshacer, con la maleta a medio armar.

—No hagas esto —dijo Sofía, apenas entró, la voz quebrada por una mezcla de alivio y furia—. No puedes negociar tu vida con esa gente.

—¿Y qué querías que hiciera? —replicó Valentina, poniéndose de pie—. ¿Esperar a que me secuestraran otra vez? Al menos así tengo algo parecido a una decisión en todo esto.

El departamento donde encontraron a Valentina tenía las persianas bajas y el aire viciado de un lugar habitado sin ganas reales de quedarse, como si ella misma hubiera sabido, en algún nivel, que no terminaría de instalarse ahí.

—No es una decisión si te la ofrece la misma gente que te marcó a la fuerza.

—¿Y la tuya sí lo es? —La voz de Valentina se elevó, cargada de un resentimiento contenido durante semanas—. Tú decides todo por mí desde que aparecí en tu vida. Qué es seguro, qué no, con quién puedo hablar. Ni siquiera me preguntaste si quería que Tomás investigara mi origen.

Sofía se quedó sin palabras un momento, golpeada por una verdad incómoda que no había considerado.

—Tienes razón —admitió, más suave—. He estado tratando de protegerte sin preguntarte qué necesitas tú.

—No necesito otra persona decidiendo por mí qué es lo mejor. Ya tuve suficiente de eso toda mi vida, sin siquiera saber por qué.

Ezequiel, que había permanecido en el umbral, se acercó con cautela.

—Nadie va a obligarte a nada —dijo—. Pero al menos déjanos mostrarte por qué esta oferta específica no es lo que parece. Después, decides tú.

Valentina dudó, pero finalmente asintió, y Sofía notó que algo importante se reacomodaba entre ellas: el reconocimiento, tardío, de que ser hermanas no le daba derecho a decidir por ella.

Se quedaron esa noche discutiendo la evidencia, mostrándole los registros de las herederas anteriores, la ambigüedad sospechosa en la oferta de Diego. Valentina escuchó todo en silencio, procesando.

—Necesito pensarlo —dijo finalmente—. Sola.

—Podemos quedarnos cerca —ofreció Sofía.

—No. Necesito espacio de verdad. De todos.

Sofía quiso insistir, pero la mirada de Ezequiel la detuvo: un recordatorio silencioso de la conversación que acababan de tener.

Confiaron. Se fueron.

A la mañana siguiente, el departamento estaba vacío. Solo una nota, distinta a la anterior, esperaba sobre la mesa.

«Necesito saber quién soy sin que nadie decida por mí. Ni ellos. Ni ustedes. No me busquen todavía.»