Academia Oscura - Libro Tres (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

Lo que todos quieren

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Se reunieron con Diego en un café cercano al campus, elegido por él, lo que ya de por sí incomodó a Sofía: la seguridad de moverse en su propio terreno.

Era, en efecto, sorprendentemente normal. Camisa a cuadros, sonrisa fácil, nada en su lenguaje corporal que delatara la magnitud de lo que representaba. Eso, pensó Sofía, era quizás lo más inquietante de todo.

El café estaba casi vacío a esa hora, salvo por un mesero que limpiaba mesas sin prisa y una pareja mayor compartiendo un postre en silencio, ajenos por completo a la tensión que se respiraba en la mesa de Sofía y Ezequiel.

—No vengo a amenazar a nadie —dijo Diego, apenas se sentaron—. Vengo a proponer algo razonable.

—Tienes un tatuaje forzado en la muñeca de mi hermana como carta de presentación —respondió Sofía, sin ocultar el desprecio—. No hay nada razonable en eso.

Al salir del café, Sofía se detuvo un momento en la vereda, mirando el reflejo de ambos en el vidrio de la vitrina: dos personas cansadas, alertas, pero todavía de pie, todavía juntas después de todo lo que habían atravesado.

Diego no se inmutó.

—Eso no fue idea mía. Las cosas se mueven con o sin mi aprobación. Pero puedo ofrecerles algo: protección para Valentina durante el proceso. Garantizar que sobreviva intacta, a diferencia de las anteriores.

—¿A cambio de qué? —preguntó Ezequiel, la voz tensa.

—Los archivos que sacaron tras la caída del liderazgo anterior. Todo lo que documentaron sobre el origen del vínculo. Los necesitamos para completar el ritual de forma segura. Sin ellos, corren un riesgo real de que algo salga mal.

Sofía sintió la desconfianza instalarse como un peso familiar en el pecho. Todo en esa oferta olía a trampa, aunque no lograra identificar exactamente dónde.

—No vamos a entregarles nada —dijo con firmeza.

—Piensen bien la respuesta —contestó Diego, levantándose—. No soy yo quien controla el reloj.

Cuando se fue, Ezequiel y Sofía se miraron, coincidiendo sin palabras en la misma sospecha.

—Algo no cuadra en su oferta —dijo Ezequiel—. Habla como si tuviera algo que ganar personalmente, no solo como mensajero.

—Estoy de acuerdo. Pero no podemos arriesgar a Valentina para averiguarlo.

Regresaron al apartamento decididos a rechazar cualquier trato sin siquiera consultarlo con ella. Pero al llegar, encontraron la puerta entreabierta y el lugar vacío.

Sobre la mesa, una nota escrita a mano, con letra apurada:

«Acepté. Necesito que esto termine. Lo siento.»