Capítulo 6
El candidato
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Ezequiel no había dormido bien en tres días, pero por primera vez en mucho tiempo sentía que el cansancio tenía un propósito. Ya no reaccionaba a los golpes de la vida; había empezado a anticiparlos.
—Necesitamos saber quién va a llevar a cabo la activación —dijo, extendiendo sobre la mesa una lista de posibles candidatos que había armado cruzando los archivos de Tomás con antiguos registros familiares—.
No van a arriesgar el ritual con cualquiera.
Necesitan a alguien con acceso, con confianza cercana a Valentina.
—O alguien que finja tenerla —agregó Sofía.
Sofía se sorprendió observando a Ezequiel con una mezcla de orgullo y preocupación mientras armaba el perfil de Diego, reconociendo en él una versión distinta del hombre calculador que había conocido meses atrás: alguien que ahora usaba esa misma frialdad estratégica al servicio de proteger, no de controlar.
Revisaron nombres durante horas. Compañeros de clase, antiguos profesores, hasta un par de conocidos de la familia de Valentina que nunca habían llamado la atención de nadie. Fue Ezequiel quien, revisando una vieja fotografía de orientación universitaria, se detuvo en seco.
—Espera. Yo conozco esta cara.
Sofía se acercó. El rostro en la fotografía, más joven, sonriente, pertenecía a un excompañero de la facultad de Ezequiel, alguien con quien había compartido clases el primer año, antes de que todo se torciera.
—Diego —dijo Ezequiel, la palabra saliendo como una acusación—. Nadie lo habría sospechado. Era... normal. Aburrido, incluso.
Esa madrugada, incapaz de dormir, Ezequiel se sentó en la cocina a repasar cada detalle de lo que sabía sobre Diego: su historial académico, sus amistades de entonces, las pocas veces que habían coincidido fuera del aula.
Recordó una conversación trivial de hacía años, sobre música, sobre planes de verano, y sintió una punzada extraña al darse cuenta de cuán poco había sabido, en realidad, sobre la persona que tenía enfrente en esos recuerdos.
Se preguntó cuántas otras personas de su pasado guardaban, sin que él lo supiera, conexiones con ese mundo oculto que ahora ocupaba cada rincón de su vida.
—A veces esos son los peores —murmuró Tomás.
Ezequiel sintió algo extraño mientras armaban el perfil: una sensación de utilidad que no experimentaba desde hacía mucho.
Por primera vez en semanas, no estaba reaccionando desde el miedo, sino actuando desde la estrategia.
Recordó, con una punzada de orgullo silencioso, que antes de todo esto había sido bueno en cosas como esa: leer patrones, anticipar movimientos.
—Creo que puedo acercarme a él —dijo—. Sin levantar sospechas. Fuimos cercanos, en su momento.
Sofía dudó.
—Es peligroso.
—Todo lo que hacemos es peligroso, Sofía. Al menos esto lo puedo controlar.
Ella no discutió más, pero le tomó la mano con una firmeza que decía lo que las palabras no.
Esa misma noche, antes de que Ezequiel pudiera siquiera planear el primer acercamiento, su teléfono vibró con un mensaje de un número desconocido.
«Sé que me están buscando. No hace falta que finjas ser mi amigo otra vez, Ezequiel. Hablemos directo: todos queremos lo mismo aquí.»
Ezequiel leyó el mensaje dos veces, sintiendo que el terreno bajo sus pies, tan sólido apenas unas horas atrás, volvía a moverse.