Capítulo 5
El linaje
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El resto de la semana se convirtió en una carrera silenciosa contra un reloj que nadie podía ver. Tomás, Sofía y Ezequiel se repartieron los archivos como si fueran fragmentos de un mapa que solo tenía sentido completo.
—Esto no empezó con tu madre —explicó Tomás, señalando un árbol genealógico dibujado a mano, con tinta descolorida por el tiempo—. Ni siquiera con la generación anterior a ella. Se remonta más de dos siglos. Cada generación, la Orden ha activado a una heredera para renovar el vínculo.
—¿Y qué pasa si no lo hacen? —preguntó Ezequiel.
Tomás, en algún momento de la madrugada, se quedó dormido con la cabeza apoyada sobre un montón de fotocopias, y nadie tuvo el corazón de despertarlo hasta que la luz del amanecer empezó a filtrarse por las cortinas.
—Según esto, el vínculo se debilita. Pierde poder sobre quienes dependen de él. Por eso la urgencia ahora. Con el actual líder fuera del tablero, tienen una ventana muy corta antes de que todo colapse.
Ezequiel se levantó a preparar más café cerca de la medianoche, y al volver encontró a Sofía dormida sobre los documentos, la cabeza apoyada en los brazos. La dejó descansar diez minutos antes de despertarla con suavidad, incapaz de negarle ese breve respiro pese a la urgencia del reloj que corría.
Sofía trazaba con el dedo la línea de sangre, generación tras generación, hasta llegar a su propio nombre y, al lado, al de Valentina, unidas por una línea punteada que indicaba «medio linaje, origen distinto».
—Somos parte de la misma historia sin haber elegido serlo —murmuró.
Fue, extrañamente, uno de los días más productivos que habían tenido en mucho tiempo.
Trabajaron como un equipo real: Ezequiel cruzando fechas con mapas de propiedades antiguas, Tomás traduciendo fragmentos en un latín ritual arcaico, Sofía conectando nombres con historias que había escuchado de pasada durante su infancia, sin saber entonces su verdadero peso.
Sofía, revisando el árbol genealógico una vez más antes de dormir, se sorprendió trazando con el dedo la línea que llevaba hasta su propio nombre, preguntándose cuántas generaciones de mujeres antes que ella habían sentido exactamente esa misma mezcla de miedo y determinación, sin la ventaja de saber, como ella ahora sabía, que no estaban solas.
Había algo casi reconfortante en la fluidez con la que se movían juntos ahora. Ninguna discusión, ninguna decisión tomada a espaldas del otro. Ezequiel le pasaba documentos sin que ella tuviera que pedirlos. Sofía anticipaba sus preguntas antes de que las formulara.
—Somos buenos en esto —dijo Ezequiel, casi sorprendido, mirándola por encima de una pila de papeles.
—Ojalá no tuviéramos que serlo.
Cerca de la medianoche, Tomás encontró lo que temían.
—Aquí. —Su voz sonó distinta, urgente—. Un registro de comunicaciones interceptadas. Ya tienen fecha para la activación de Valentina.
Sofía sintió que el aire se le iba del pecho.
—¿Cuándo?
Tomás levantó la vista, y la respuesta llegó cargada de un peso que ninguno de los tres estaba preparado para asumir.
—Esta misma semana.