Capítulo 2
El mensajero
· · ·
Valentina se sentó en el sofá envuelta en una manta, sosteniendo una taza de té que no bebía. Apenas la conocían; apenas se habían tratado más de un puñado de veces desde que su existencia salió a la luz.
—No sé quién fue —repitió por tercera vez—. Me sacaron de la calle. Me pusieron algo en los ojos, no vi nada. Cuando desperté tenía esto.
Ezequiel examinaba el símbolo con la cámara del celular, ampliando la imagen, comparándola mentalmente con todo lo que había aprendido en los últimos meses sobre el mundo del que ahora formaba parte. No coincidía con nada de lo que conocía.
Sofía observó a su hermana con atención, notando los pequeños gestos que empezaban a resultarle familiares pese a lo poco que se conocían: la forma en que se mordía el labio inferior al pensar, la manera en que cruzaba los brazos como si buscara sostenerse a sí misma en los momentos de mayor tensión.
—No es de los nuestros —dijo finalmente—. Nunca vi este símbolo en ningún archivo familiar.
—Entonces qué es —preguntó Sofía, más a sí misma que a alguien en particular.
Pasaron la noche investigando. Sofía llamó a Tomás, quien no contestó hasta la tercera vez, con la voz pastosa de alguien recién despertado, y después completamente despierto en un segundo al escuchar la palabra «tatuaje forzado».
—Voy para allá —fue todo lo que dijo.
Ezequiel, revisando una vez más el registro de accesos del edificio de Historia, notó un patrón que se le había escapado la primera vez: cada aparición del hombre frente a la facultad de Valentina coincidía, casi exactamente, con los horarios en que Sofía visitaba el archivo restringido. No podía ser casualidad.
Ezequiel se sentó junto a Valentina, con esa calma que Sofía sabía que le costaba fingir.
—¿Alguien te siguió después? ¿Notaste algo raro antes de esa noche?
—Un hombre —dijo ella, dudando—. Frente a mi facultad. Llevaba días ahí. Pensé que era un profesor esperando a alguien.
Sofía sintió el estómago cerrarse. Otra vez la sensación de que el peligro nunca se había ido del todo, solo había cambiado de forma, de dueño.
—¿Por qué a mí? —preguntó Valentina, mirándose la muñeca—. Yo no soy nadie. Ni siquiera conocía a mi madre biológica hasta hace un año.
Nadie tuvo respuesta esa noche.
Ezequiel, cuando por fin se quedaron solos en su cuarto, tomó la mano de Sofía con una fuerza distinta a la habitual.
—No quiero que esto vuelva a empezar —dijo, en voz baja—. Recién estábamos aprendiendo a respirar.
—Lo sé.
—Si esto te pone en peligro otra vez...
—Ezequiel. Es mi hermana.
Él no discutió más. Solo la abrazó, como si eso pudiera protegerla de algo que ya había entrado por la puerta.
A la mañana siguiente, mientras preparaban café en un silencio tenso, Valentina entró a la cocina con el brazo extendido, pálida.
—Miren esto.
El símbolo, que la noche anterior era de un negro opaco, ahora tenía un tono rojizo apenas perceptible, como si algo dentro de él hubiera despertado.
—Ha estado cambiando —dijo—. Cada vez que nos acercamos al edificio de Historia. Cada vez que pasamos cerca de la biblioteca antigua.
Sofía miró a Ezequiel. Ambos entendieron lo mismo sin decirlo: fuera lo que fuera esa marca, no era solo una advertencia. Era un rastreador.