Capítulo 3
El símbolo nuevo
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Tomás llegó al mediodía con dos carpetas bajo el brazo y ojeras que delataban que no había dormido desde la llamada. Se sentó a la mesa sin saludar, extendió una de las carpetas y señaló la fotografía de un manuscrito antiguo.
—La Orden del Heredero —dijo—. Existía antes que cualquier organización que conocemos. Mucho antes.
—¿Antes de que todo esto empezara? —preguntó Ezequiel.
Valentina, sentada en un rincón del living, escuchaba la conversación entre Tomás y los demás con una atención que oscilaba entre el terror y una curiosidad reticente, como si una parte de ella quisiera entender el mundo que acababa de tragársela, y otra parte prefiriera no saber nada más.
—Antes del vínculo que conocemos. Lo que ustedes llaman el Pacto nació, en parte, como una ruptura de esta Orden. Un grupo que decidió que el linaje debía protegerse de otra manera. Más contenida.
Sofía tomó la fotografía. El símbolo era idéntico al de la muñeca de Valentina, quien palideció al reconocerlo en la imagen.
Tomás desplegó una segunda fotografía, esta vez de un fragmento de piedra tallada, similar a los símbolos que habían encontrado años atrás en la cámara oculta de la universidad. —Esto confirma que ambas organizaciones comparten una raíz mucho más antigua de lo que cualquiera de nosotros imaginaba.
—Los que quedan de los Guardianes hablan de ellos casi como un mito —continuó Tomás—. Una organización que nunca se disolvió del todo, solo se mantuvo en las sombras esperando el momento correcto.
—¿Y por qué ahora? —dijo Sofía—. ¿Por qué Valentina?
Tomás dudó antes de responder, y en esa pausa Sofía sintió que se acercaba algo que no quería escuchar.
—Porque no te buscan a ti, Sofía.
El silencio que siguió pesó más que cualquier grito.
—Buscan a la línea de sangre más pura —siguió Tomás—. Y según los registros que alcancé a revisar, consideran que tú ya estás contaminada. Por todo lo que has vivido. Valentina, en cambio, nunca estuvo expuesta a nada de esto. Para ellos, eso la hace la heredera ideal.
Valentina soltó una risa sin humor, incrédula.
—Yo ni sabía que mi madre biológica existía hace un año. ¿Y soy la elegida?
—La otra elegida —murmuró Sofía, entendiendo por primera vez el peso completo de esas palabras.
Ezequiel se mantuvo callado, procesando, y Sofía notó el cambio sutil en su postura: la misma alerta silenciosa que tenía cuando algo se ponía verdaderamente serio.
—Esto cambia todo —dijo finalmente—. Si no te buscan a ti, entonces protegerte a ti ya no es suficiente. Tenemos que proteger a los dos.
Tomás asintió, guardando la fotografía.
—Hay algo más que debo decirles. Sobre mi rol real. No he sido completamente honesto con ustedes, ni siquiera después de todo lo que pasó.
Sofía lo miró fijamente, cansada de las verdades a medias.
—Habla, Tomás. Ya no hay tiempo para secretos pequeños.
Y él, por primera vez desde que lo conocían, lo hizo.