Academia Oscura - Libro Tres (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 3)
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Capítulo 1
Una vida normal
· · ·
El apartamento olía a café recién hecho y a ropa limpia tendida cerca de la ventana. Sofía se quedó un momento en el marco de la puerta de la cocina, observando a Ezequiel de espaldas, revolviendo algo en la sartén con una torpeza que a esas alturas ya le resultaba entrañable.
—Se te va a quemar —dijo, acercándose por detrás y apoyando la barbilla en su hombro.
—No se quema. Se carameliza.
—Eso no es huevo, Ezequiel.
El apartamento, en los meses recientes, se había llenado de pequeños objetos que no significaban nada por separado pero que juntos contaban una historia de normalidad recuperada: una planta que Sofía insistía en regar aunque se le olvidara la mitad de las veces, una taza descascarada que ninguno de los dos se decidía a tirar, fotos sin marco pegadas con cinta en el borde del espejo del baño.
Él giró la cabeza y la besó, breve, distraído, como quien ya no necesita pedir permiso para hacerlo. Meses atrás ese gesto habría estado cargado de urgencia, de miedo a que fuera la última vez. Ahora era solo eso: un beso de martes por la mañana.
Vivir juntos había sido una decisión tomada sin grandes discursos.
Un día las cosas de Sofía simplemente dejaron de volver a su antiguo cuarto.
Ezequiel nunca lo mencionó como algo importante, pero ella sabía que para él sí lo era: significaba no despertar solo, no revisar el teléfono cada diez minutos esperando una emergencia, no dormir con un cuchillo bajo la almohada como había hecho durante semanas, cuando todavía cargaban las heridas más recientes.
Fueron a clases. Sofía tomó apuntes que en realidad no necesitaba, solo por el placer de hacer algo tan aburridamente normal.
Ezequiel discutió con un profesor sobre una nota injusta, como si lo peor que pudiera pasarle en la vida fuera un 8.
5 en vez de un 9. Comieron en la cafetería rodeados de gente que no sabía nada de rituales, de pactos antiguos, de una madre que había desaparecido dejando más preguntas que respuestas.
Fueron meses, en realidad, reconstruidos casi ladrillo por ladrillo: primero aprender a dormir sin sobresaltarse ante cada ruido nocturno, después a salir a la calle sin escanear automáticamente cada rostro que cruzaban, y finalmente, apenas unas semanas atrás, a reírse de cosas sin importancia sin sentir que la risa era, de algún modo, una traición a todo lo que habían vivido.
—¿Sabes qué es raro? —dijo Sofía esa noche, ya en la cama, con la cabeza sobre el pecho de Ezequiel—. Que esto se sienta raro. Lo normal.
—Dale tiempo. Se te va a olvidar que alguna vez fue extraño.
Ella quiso creerle. Cerró los ojos con la promesa de un descanso real, el primero en mucho tiempo sin culpa ni vigilancia.
Ezequiel, mirando el símbolo grabado en la muñeca de Valentina, sintió que el estómago se le encogía con un tipo de miedo distinto al que había aprendido a manejar durante los últimos meses: no el miedo a un enemigo conocido, sino el de enfrentar, otra vez, algo completamente nuevo justo cuando empezaban a creer que lo peor había quedado atrás.
El golpe en la puerta llegó pasada la medianoche. No era un toque cualquiera: era desesperado, repetido, con las manos abiertas contra la madera.
Ezequiel se levantó primero, alerta como un animal que nunca había dejado de estarlo del todo. Sofía lo siguió, el corazón ya adelantándose a lo que fuera que estuviera pasando.
Al abrir, la encontraron ahí: su media hermana, empapada de una lluvia que no había caído esa noche, temblando, con los ojos desorbitados por algo que no era solo miedo.
—Necesito ayuda —dijo, la voz quebrada—. No sé qué me hicieron.
Levantó el brazo. En la muñeca, oscuro contra la piel pálida, había un símbolo que ninguna de las dos reconocía. Grabado a la fuerza. Todavía sangraba en los bordes.