Academia de musas 1. Exilio 42 #2
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42 #2

«Su chica perfecta». No puedo decir, incluso ahora, si esto forma parte de una actuación. No puedo decir si su dolor es real o solo otra manipulación más. No puedo confiar en nada en la versión de él que creía conocer.

En cualquier caso, ahora tengo que fingir que soy su aliada. Camino tras él, acelerando el paso para seguirle el ritmo.

—Michael, hice todo esto por mi mundo, que está sufriendo y necesita una oportunidad mejor.

Parpadeo cuando entramos en la estación, adaptándome a la luz.

—Nunca quise hacerte daño. Mentí sobre por qué vine a Génesis, pero no sobre nada más. Nuestra relación...

—Ada, no puedes esperar que crea nada de lo que dices ahora que sé cómo actúas.

Lo dice como si yo le diera asco.

No sabía que me quedaba corazón por romper, pero algo dentro de mí se está agrietando y derramando, envenenando lentamente mis entrañas.

—¿La forma en que actúo? —pregunto mientras lo sigo hasta el ascensor—.

¿Cómo puedes pensar que mis acciones son peores que las tuyas?

He conocido este lugar, a esta gente, durante meses, pero esta es tu casa desde siempre.

Bloche ha sido tu mentor durante años. Eres el único al que confía su llave del Consejo.

Yesa cosa es una llave maestra para todo el instituto.

Apuesto a que eso es lo que acabas de usar para ayudarles a escapar. ¿Estoy en lo cierto?

Las puertas del ascensor se cierran, atrapándonos juntos en el espacio reducido.

—¿Y cómo sabía Korach que tengo una llave del Consejo? —apunta Michael con tono de acusación—. Un hecho del que era plenamente consciente cuando me propuso trabajar juntos. ¿Cómo sabía también que tengo archivos, en mi despacho privado, que contienen la ubicación de los sire provinciales?

Siento una oleada de vergüenza.

Michael se me acerca y sus ojos brillan mientras continúa:

—Yo me lo preguntaba, y ahora sé que solo lo sabía porque me sedujiste para espiarme.

Mi ira sustituye rápidamente a la vergüenza, y casi le suelto una bofetada.

—Nunca te seduje. En todo caso, fue lo contrario.

—Eso es ridículo. Trabajé duro para mantener los límites apropiados.

—¡Yo también!

—Eso no importa.

La mirada apasionada de Michael pasa de mi cara a la pared.

—Tenemos un trabajo que hacer. Por lo que Korach dijo, suena como que intentaste disuadirlos de venir aquí...

Asiento con la cabeza, nuestras expresiones están opacadas en el reflejo del cristal oscuro, y el parpadeo intermitente de los hongos incandescentes resulta una siniestra parodia de la romántica luz de las velas.

—Yo también —dice muy serio—. Solo accedí a liberarlos si se comprometían a no volver a ignorar mi preocupación por la seguridad de mi pueblo.

Puede que sea así, pero de todos modos dejó que se quedaran con Hilde.

El viaje parece interminable mientras nos movemos en silencio el uno junto al otro.

Cuando Michael vuelve a hablar, es prácticamente un susurro:

—Cuando Prometeo me puso en contacto con Korach, acepté su oferta por ti. Tú fuiste quien me dijo que dejara de poner excusas y que hiciera algo. Ytenías razón.

Se lo dije. Pero nunca hubiera querido que traicionara a sus amigos y familia, o participara voluntariamente en actividades que yo no hubiera tenido estómago para aceptar. El hecho de que tuviera eso dentro significa que su personalidad amable y leal era una máscara.

Levanta la mano para mordisquearse la uña del pulgar y yo, instintivamente, intento detenerle. Nos quedamos quietos y nuestras manos se tocan.

Hablo antes de poder contenerme.

—¿Por qué duele tanto?

Suelta un largo suspiro y dice:

—Porque nos mentimos el uno al otro y la confianza se ha roto.

Giro la cara para que no me vea llorar.

—No llores —me dice en voz baja. Se acerca, me inclina la barbilla hacia él y me pasa el pulgar por la mejilla húmeda—. Una parte de mí cree que todo esto es una actuación, pero no soporto verte llorar.

Mi cuerpo reacciona a él como alguien familiar, algo que quiere.

No ha procesado todavía lo que mi mente y mi corazón saben que es verdad.

Se acerca aún más y no lo alejo, ni cuando me toma la cara con la mano, ni cuando me roza el labio inferior con el pulgar.

Tampoco cuando se inclina a mi oído y me susurra:

—Quizá estar en el mismo bando no sea tan malo.

Por un segundo casi le creo. Casi me olvido de que en realidad no estamos en el mismo bando. Mis labios hormiguean con el recuerdo de su boca, mi cuerpo está preparado para volver adonde lo dejamos.

Podría ponerme de puntillas y besarle ahora. Podría hacer lo mismo que él y usar nuestra conexión para ganarme su confianza.

Pero no quiero esta versión de él.

No la quiero.

Su mirada arde de rabia y deseo, como si pudiera castigarme con un beso, descargar su ira con nuestros cuerpos.

Sería caliente.

Y desgarrador.

Aparto la mirada.

Michael retrocede y se aclara la garganta.

—Iremos directamente a Bloche. Tengo un plan para explicar cómo escaparon —dice al salir del ascensor.

—Yo también tengo uno —digo. Porque lo tengo, pero no lo involucra a él—. Es mejor si pareces ajeno a todo esto. Tu tapadera es más importante que la mía. Deja que me ocupe yo sola.

Levanta la ceja, pero no se le ve ningún hoyuelo.

—Vale, lo haremos a tu manera. Tus manipulaciones te han traído hasta aquí.

Es como un cuchillo atravesándome el corazón. Ycon cada paso que damos hacia el instituto, siento que se retuerce más profundamente.