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—¿Seguro que estás bien? —me pregunta Rafe al menos por tercera vez. Me acompaña a reunirme con el rector y el príncipe heredero, con quienes ha convocado una reunión a petición mía después de los acontecimientos de anoche—. Tú... no tienes buen aspecto.
Le he contado sobre la huida de Kor, pero he olvidado mencionar la parte en la que me arrancaron el corazón del pecho. Tampoco le comentado nada sobre Michael.
—Estoy bien —le aseguro.
Quiero sincerarme con Génesis, pero ¿cómo voy a hacerlo sin decirles nada sobre Michael?
No decirles nada los deja muy expuestos, sin embargo, hay una parte de mí que todavía no puede imaginar que la elección que ha hecho pueda ser la equivocada.
Ypara poder ayudar a ambas partes, necesitaré contar con Michael como aliado.
Estoy decidida a contárselo si es necesario, pero todavía no.
Sin embargo, estoy dispuesta a confesar mi propia implicación y a ayudar a que los Hacedores estén protegidos para lo que sea que los Inquisidores planeen a continuación.
—¿Te das cuenta —me dice Rafe— de que siempre lo he sabido?
—¿Saber qué?
—Quién es tu familia. Por qué estás aquí.
Me freno en seco.
—¿Qué quieres decir?
—¿Por qué crees que desconfié tanto de ti? ¿Crees que la Guardia ha logrado mantener ocultos a los Hacedores durante todos estos años sin comprobar los antecedentes de los reclutas? ¿Crees que no nos dimos cuenta inmediatamente de que tú eres una descendiente directa de la línea de los Castle?
Mi cráneo palpita.
—Entonces, ¿por qué me aceptaron en Génesis?
—Chorus les dijo que lo hicieran y confían en sus visiones. Nadie más que el Consejo lo sabía, pero yo me enteré por Alex.
—No lo entiendo. Si lo sabías, ¿por qué aceptaste trabajar conmigo?
Se encoge de hombros.
—Pensé que podrías serme útil. Más un beneficio que un enemigo... y entonces...
Aparto mi mirada de la suya y empiezo a caminar de nuevo, sin querer que desarrolle ese pensamiento. Se ríe amargamente y me sigue.
Cuando llegamos a la sala del Consejo, Rafe llama a la puerta y esperamos a que nos reciban.
Se coloca enfrente de mí, un poco demasiado cerca, así que doy un paso atrás y me golpeo con la pared de detrás.
Digo palabras que sé que lo alejarán.
—Aquella vez en el Atlas, ¿recuerdas el corte de luz? Fue por mi culpa.
—Me di cuenta.
—Proporcioné la ubicación de la estación en Nueva York y avisé a las Familias de nuestra llegada para que pudieran utilizar un pulso magnético para detener el tren y colocar un rastreador.
Y he estado consumida por la culpa desde entonces, asumiendo que llevar a las Familias al Carnaval había contribuido al secuestro de Hypatia. Pero ahora me pregunto si Michael los ayudó. ¿Cuánto tiempo ha estado trabajando con Kor?
Rafe no ha dicho ni una palabra a mi confesión.
Yo rompo el silencio primero.
—Lo admito, esperaba un poco más de amenazas con esta información.
—Creo que te prometí evitar más amenazas de muerte —dice con una sonrisa que me deja la boca seca.
Se acerca y mi respiración se entrecorta cuando me aprieto contra la pared, sin espacio para retirarme.
Ambos nos miramos intensamente y la sensación es diferente.
Por primera vez, ambos nos hemos quitado la máscara.
Él ha visto lo peor de mí y yo he visto lo peor de él.
Conocemos los valores del otro sin fingir.
Me siento desnuda; me había acostumbrado tanto a llevar mi máscara. ..
Rafe levanta la mano para apartarme el pelo del cuello y luego me pasa un dedo eléctrico por la garganta:
—Todavía puedo saborearte —susurra inclinándose, su nariz rozando mi piel. Respira profundamente, pero yo ya he perdido la capacidad de respirar.
Siento un calor húmedo mientras su lengua recorre mi garganta, haciendo que todo mi cuerpo se estremezca y se contraiga.
Entonces sus dientes y mis ojos se cierran mientras me arqueo hacia él.
No sabía que un reciente corazón roto pudiera acelerarse tanto.
No sabía que la promesa de un mordisco podría hacerme desear. ..
La puerta de la sala del Consejo se abre y nos separamos de un salto.
—Adelante —dice el príncipe Alex.
La sala del Consejo es grande y las paredes están cubiertas de coloridos frescos del techo al suelo.
Bloche se sienta en una de las sillas alrededor de una gran mesa redonda en el centro de la sala.
En la mesa, enfrente de él, está tallado el emblema de Génesis.
El príncipe Alex toma asiento en un lugar marcado con un dragón.
Doy un vistazo alrededor de la mesa y veo que casi todos los asientos están marcados con un emblema.
Cada uno de los símbolos del gremio está representado, así como el emblema de la Guardia Avant, y la víbora que reconozco como el emblema del Matriarcado de las Islas, o el ojo que representa a los Profetas de Naiot.
Rafe y yo no estamos invitados a sentarnos.
—¿Supongo que tenemos que darle las gracias por los criminales fugados? —me pregunta Bloche calmado.
—Sí — le respondo.
—¿Y también de que vinieran aquí?
Asiento con la cabeza.
—Pero espero ayudar a disminuir la amenaza que suponen aprendiendo de sus planes y así poder advertiros de ellos.
—¿Ha estado trabajando en su nombre, pero quiere cambiar de bando? —pregunta Bloche. El príncipe Alexander me mira, con cara de interrogante y los dedos apretados, pero no habla.
—Sí.
—¿Y por qué deberíamos confiar en usted?
—Si sirve de algo, yo confío en ella —interviene Rafe.
Me sorprende lo mucho que significa para mí oírle decir eso.
—Pero hay algo más que deberías saber. Algo más importante —todos nuestros ojos se centran en Rafe—. Anoche soñé con ella.
Siento una lenta quemadura subir por mi cuello.
—Rafe, no creo...
Me calla con una mano en el brazo, pero no me mira. No me mira a mí, mira a Alex.
—Ayer me dio de beber su sangre para curarme.
Bloche dice enfadado:
—Príncipe Alexander, el Consejo nos aseguró que si aceptábamos estudiantes Avant en este campus no habría consumo de sangre...
El príncipe levanta la mano.
—Con todo respeto, rector, creo que necesitamos escuchar lo que Rafael está tratando de decir.
—Después de beber la sangre de Ada —continúa Rafe— soñé con ella toda la noche. Con ella... en el futuro.
—¿Qué has visto? —pregunta Alex.
—No entendí casi nada.
Alex sacude la cabeza.
—Las profecías de sangre siempre son crípticas. Anota cada detalle que puedas recordar. Tendrás que hablar con Chorus.
—¿Estás sugiriendo que la oficial Castle tiene la Visión? —pregunta Bloche.
—Si al consumir su sangre Rafael experimentó la profecía, entonces eso parece.
Bloche se vuelve hacia mí y me pregunta:
—¿Ha tenido alguna vez premoniciones o visiones?
Mi mente es un torbellino. ¡Por supuesto que no he tenido visiones!
Excepto una. El sueño.
—Una vez —les digo.
Alex me mira fijamente e interviene con un deje acusatorio:
—Recibir profecías implica un ritual que requiere una amplia formación. Pero premoniciones poco fiables y crípticas pueden inducirse con el Kishuf, la corrupción de la naturaleza con artes oscuras como la magia de la sangre. ¿Consumiste sangre antes de tu visión?
—Por supuesto que no.
Excepto que...
—Oh. Simon... Él se me cayó encima y le corté la mejilla con mis dientes —me estremezco al recordar la sangre llenándome la boca—, pero fue un accidente.
Alex se levanta y se me acerca. Me mira directamente a los ojos. Su mirada es fría, majestuosa, dominante.
—¿Quién eres? —me pregunta.
Por un momento no respondo. Entonces digo el nombre que una vez me proporcionó orgullo.
—Me llamo Ada Isabel Castle, de las Hijas de Castilla, administradora de las historias de las Familias de la Santa Inquisición —trago saliva—.
Me enviaron aquí para reunir información para las Familias.
Pero ahora renuncio a esa misión. —Bueno, al menos parcialmente—.
Apartir de ahora lo que quiero es ayudar a proteger a los Hacedores de Génesis.
El príncipe Alex niega con la cabeza.
—Pero ¿quién eres? —insiste.
Me hace una pregunta que yo me hago inconscientemente desde hace tiempo.
Mientras he estado conociéndome a mí misma —mi corazón, mis creencias, mis valores— he tenido dudas sobre todo lo que creía saber sobre mi infancia y sobre quién creía que era mi familia.
—No estoy segura de cómo responder a tu pregunta —digo con sinceridad—. Pero puedo decirte esto: mi padre es un músico llamado Yoseph HaLevi.
Los ojos de Alex se abren como platos y oigo las entrecortadas respiraciones de Bloche y Rafe. La sala parece quedarse quieta durante un momento de silencio y luego todo se mueve más rápido que los latidos de mi corazón.
Alex agarra a Rafe por los hombros y le dice atentamente:
—No debes decírselo a nadie. Ni siquiera a papá.
—Tenemos que informar a Chorus —dice Bloche, poniéndose de pie.
Alex sacude la cabeza con frustración.
—Probablemente ya lo sabe. Ella no ha querido conocer a la chica. Ha estado diciendo que aún no es el momento... —Sacude la cabeza de nuevo, su largo pelo moviéndose como un ser vivo—. Desearía que ella... —Se interrumpe y vuelve a mirarme—. Yosef no era un profeta, pero su abuela sí.
Su abuela, es decir, mi bisabuela. Era un profeta.
—Tendría sentido que su hijo heredara la Visión —dice Alex, que avanza hacia mí.
La intensidad no ha abandonado sus ojos—.
Nunca debes ingerir sangre para inducir una profecía de sangre.
Tuviste suerte esta vez, pero no puedo insistir en lo peligroso que es el Kishuf.
Cuando sea el momento adecuado, Chorus te entrenará para que desarrolles la Visión correctamente usando las piedras rituales.
El Kishuf nunca será necesario. —Se acaricia la barba—.
Por el Conductor, la hija de Yosef HaLevi. .. ¿Cuántos años tienes? —me pregunta.
—Dieciocho.
—¿Y tu padre sigue vivo?
Cuando asiento con la cabeza, Alex murmura en silencio, lo que supongo que es una oración mientras se pasa las manos por el pelo largo. Recuerdo lo que Michael había dicho acerca de que no se sabía si Yosef HaLevi había muerto durante la caída de Naiot.
Nadie en las Familias ha oído hablar de Naiot. Mi madre estuvo casada con mi padre durante diez años y, sin embargo, tampoco ella ha oído nunca hablar de ese asunto.
He releído el Testamento de Chorus innumerables veces desde mi conversación con Michael, lo que me hizo darme cuenta de que mi padre tenía algún tipo de conexión con ese pueblo.
Pero, a medida que voy asimilando lo que dicen sobre él, que era hijo de una familia de profetas, empiezo a entender que la gente que murió en Naiot era mi familia.
Muchas cosas sobre mi padre tienen más sentido ahora.
.. su distancia emocional y mal humor. No puedo imaginar cómo debe haber sido para él enterarse de lo que les pasó a su hogar y a su familia, haber sobrevivido cuando ellos no, y ni siquiera haber podido hablar de su existencia y llorar adecuadamente. Se me parte el corazón por él.
De repente, los ojos de Alex se abren como platos mientras me examina. Se fija en mi largo pelo, que no me lo he cortado en meses, y con voz suave pregunta:
—¿Has hecho el voto?
Sacudo la cabeza. Sé lo que me pregunta. Lo había estado sospechando desde que supe que mi padre era un nazir y entendí lo que eso significaba. También recordé la forma en que papá siempre insistía en tener el pelo bien corto.
—Te entrenaré yo mismo —dice Alex.
Bloche vuelve a sentarse. Se le entrecorta la voz cuando pregunta:
—¿Ella también es nazir?
—Creo que me amplificó dos veces —responde Rafe.
Por supuesto, el fuego cuando estábamos entrenando. Yayer, cuando me pidió que cantara para ayudarle a curarse...
Bloche me mira fijamente, su único ojo visible está húmedo.
—Sire, nazir y una ¿profeta?
—El Niño de los Tres —declara Alex.
—¿Qué? No.
Intento intervenir, pero Rafe me agarra la mano con fuerza, silenciándome.
—¿No está profetizado que el Niño de los Tres será el hijo de Chorus? —pregunta Rafe.
—No. —Alex niega con la cabeza—. La profecía solo dice que el niño debe ser de su sangre, lo que implicaría cualquier parentesco directo y que ella lo entrenará.
Tras la caída de Naiot y la muerte de toda su familia, para muchos tenía sentido suponer que sería su hijo, pero —me está mirando con un asombro que me incomoda— la madre de Chorus, Psalm, era hermana de Yosef, así que tal vez su hijo sea el que se predijo.
—¿Cuándo cumpliste los dieciocho años? —pregunta Alex bastante afectado.
La cabeza me da vueltas.
—Hace tres días.
—Hace dieciocho años, un día después de enterrar a su pueblo, Chorus tuvo una visión de esperanza viniendo al mundo. Ese fue el mismo día en que tú naciste. Todo se alinea.
Me siento temblorosa y, sinceramente, horrorizada. Todos están tan callados y me miran con admiración, como si tuviera algo que ofrecerles. No tengo nada que ofrecerles.
¿Su tan esperado mesías que los sacará del exilio soy yo? Eso no puede ser. Solo soy una sire mediocre. Ni siquiera sé si creo en las profecías. Ni siquiera les digo toda la verdad. Cualquier profecía que confíe en mí está destinada a ser una gran decepción.
Desconcertada, miro los elaborados murales de las paredes que me rodean. Figuras con túnicas que parecen tan reales como para salir de las paredes. Valquirias, unicornios, caballos de viento, dragones. Soy una impostora en este mundo. Una maestrilla de baratillo entre maestros.
No. Cierro los ojos y me reprendo. Ya no me lo creo.
¿Qué es una maestrilla de baratillo sino una mujer del Renacimiento en formación? Soy más de lo que me he creído. Pero todavía no hay manera de que yo sea quien están sugiriendo. Quien, según la profecía, los reunirá con el mundo.
Aunque ¿no ha sido siempre ese mi objetivo? ¿Unir las maravillas de este mundo con el mío? Siento el corazón atrapado en la garganta.
Llaman a la puerta en silencio y, ante la invitación ladrada de Bloche, Michael entra.
—Oh, no quería interrumpir... —se fija en las caras de sorpresa—. ¿Está todo bien?
Sus ojos se clavan en los míos. Saco mi mano del agarre de Rafe. AMichael se le tuerce un músculo de la mandíbula y se vuelve hacia Bloche.
—Todo está bien, muchacho —dice el director, con la voz cargada de emoción—. Todo es exactamente como debe ser.
Miro al director, quien cree que seré la salvación de su pueblo. Luego, a Michael, quien cree que contribuiré a su traición. Miro mis manos, mis dedos. Me fijo en las cicatrices de la media luna, en las líneas de mis palmas y el entramado de venas azules.
¿De qué son capaces estas manos mías?