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Montar en dragón es la experiencia más impresionante, maravillosa y aterradora de mi vida, pero no tengo mucho tiempo para apreciarlo.
Cuando aterrizamos en la pista del ornitóptero del instituto, el príncipe Alex se dirige de inmediato a la sala del Consejo mientras los maestros de biociencia comprueban las constantes vitales de Rafe.
Todos están demasiado ocupados para preguntarse cómo y por qué he vuelto a la isla.
Me meto en el primer lavabo que encuentro para lavarme la sangre de las manos. Me las froto hasta dejarlas en carne viva, pero todavía quedan restos carmesíes bajo mis uñas, así que sigo restregándomelas.
«Todo el mundo está vivo. Todo el mundo está vivo».
Me lo repito una y otra vez. Esta mañana he salido de Nueva York con este objetivo en la mente, que me ha estado alimentando a lo largo de este interminable día.
Me miro en el espejo. Comprobado: parezco alguien que revoloteó por un túnel durante horas y a quien luego le hicieron hacer una operación improvisada en la playa. Mi adrenalina sigue fluyendo, cada latido comunica urgencia, pero no estoy segura de lo que debo hacer a continuación.
Podría ir a mi habitación, buscar a Georgie, dormir un poco. Pero mis pies no me llevan al ala de invierno. Apesar de haber logrado evitar la tragedia, me siento tan vacía... Tan perdida. Ysolo hay una persona a la que quiero ver.
Al plantarme enfrente de la puerta que me ha atraído instintivamente, me siento tonta. Probablemente ni siquiera esté aquí, pero llamo de todos modos.
—Adelante.
Michael se endereza sobresaltado cuando entro en su despacho.
—¿Ada?
Está de pie ante su escritorio, rodeado de una montaña de archivos y libros. Su pelo es una tempestad, su chaqueta y su corbata hace tiempo que desaparecieron; el pelo castaño rizado de su pecho asoma por su camisa de pico desabrochada.
—Hola —le digo.
—¿Cómo...? Hola.
No lleva zapatos y los calcetines están desparejados.
Parpadea y entonces los papeles que tiene en la mano caen sobre su escritorio y se apresura hacia mí, envolviéndome en un abrazo.
Huele a té y a chocolate, y aunque mi pulso se acelera por su cercanía, me siento tranquila por primera vez en horas. Quizá en días.
—Creía que no ibas a volver.
—Tuve que hacerlo —digo contra su pecho—. No estoy segura de que haya un lugar para mí en el mundo provincial.
Se aparta, manteniéndome a distancia.
—No digas eso. Tu mundo es increíble. Has hecho mucho para recordármelo, no lo olvides tú también.
«Tu mundo». ¿Está insinuando que debería haberme quedado allí? Cuando se trata de Michael, siempre es este mismo carrusel interminable de dudas. Me sonríe como si hubiera dicho algo gracioso.
—¿Qué pasa?
—Es solo... esa mirada en tu cara. La que pones siempre cuando te tomas un cumplido como un insulto.
—Bueno, te advertí de que soy una cínica crónica.
—No eres una cínica —dice sacudiendo la cabeza con complicidad—. Eres demasiado optimista para ser una cínica. Una cínica anticiparía que todos van a decepcionarla, en lugar de esperar que den su mejor versión.
Sus ojos se han vuelto serios, y me doy cuenta de que pese a la distancia no ha dejado de tocarme, sus manos cálidas y firmes siguen en mis hombros.
—No puedes aceptar un cumplido, porque eres demasiado humilde para ver tu valor.
—Confía en mí, Michael —le corto—, nunca he sido la chica que pensabas que era. No soy humilde, solo soy un desastre total.
—No es así —insiste, apretándome los hombros—.
No dejaré que te desmerezcas más. Tienes inseguridades, pero por debajo hay esa determinación de acero de querer entender lo que es correcto y verdadero, siempre dispuesta a cuestionar lo que crees que sabes —dice acercándose—.
Mientras tanto, yo soy el que todo el mundo cree que lo tiene todo resuelto, cuando por dentro en realidad solo soy una bola de ideales ruidosos y contradictorios a los que no les encuentro sentido.
Excepto cuando tú desafías mis creencias y de repente todo lo que realmente importa se vuelve más nítido.
Mi respiración se acelera mientras lo miro a los ojos.
Ha bajado la guardia y veo al chico que conocí en Italia.
No el maestro prodigio que es más joven que todos sus colegas y que trabaja el doble para demostrar su valía, sino el chico apasionado que anhela la unión, ve la maravilla en cada cosa y está dispuesto a aceptar otras perspectivas.
Lo conozco. Yél me conoce a mí. Siempre nos hemos entendido.
—Michael...
Pero no tengo palabras para expresar nada de mis confusos pensamientos.
—Te he echado de menos —dice tenso.
Me acaricia la mejilla y mi respiración se corta.
Sus párpados están cansados, sus pupilas dilatadas, y cuando el instinto me hace inclinar mi cara hacia la suya, se acerca a mi encuentro.
Nuestras narices se rozan, luego lentamente nuestros labios.
Michael me coge la cara entre sus manos y me besa, suave, dulce y tierno.
Estoy besando a Michael. Michael me está besando.
—He pensado en esto tantas veces —musita entre besos.
Los labios se separan y su lengua se desliza en la mía.
Yo también, quiero decir, pero he perdido la capacidad de formar palabras, así que lo digo con mis besos en su lugar. «Pienso en ti todo el tiempo. Significas tanto para mí. La idea de no volverte a ver me destrozaba».
Agarro su camisa mientras el beso se hace más profundo y urgente. Yentonces me empuja contra su escritorio, su cuerpo me aprieta. Introduce las manos en mi pelo y los restos de mi trenza se deshacen.
Tengo una corriente dentro de mí que hace que lo estreche como las cuerdas afinadas de una guitarra.
Olvidaos del paseo en dragón: esta es la experiencia más impresionante, maravillosa y aterradora de mi vida.
Michael me sube a su escritorio, los papeles se desparraman. Sus besos viajan y murmura mi nombre contra mi piel. Deslizo las manos por su pelo y atraigo su cara hacia la mía, mis dientes mordisquean y lamen su labio inferior.
Sus manos se mueven por mi espalda, más abajo incluso; sus dedos presionan mis curvas a través de mis vaqueros y ahogo un gemido. Mis piernas rodean su cintura y, al apretarme contra él, noto cuánto me desea.
Cuánto me gusta esto.
Pero ¿cómo funcionará si le miento? Ysi le digo la verdad, seguramente lo perderé.
Mi vacilación momentánea hace que Michael se quede quieto. Su respiración es entrecortada mientras desliza sus manos hasta mi cintura y me susurra al oído:
—No deberíamos estar haciendo esto.
Su aliento golpea mi cuello en gemidos calientes.
—Sí, definitivamente deberíamos —contesto acercándome a él y apoyando mi mejilla en el hueco de su garganta. Noto cómo se le mueve la nuez de Adán al tragar y me giro lo justo para poder presionar mis labios contra él, y después mi lengua. Siento las vibraciones de su gemido.
«Por favor, no dejes de besarme».
Él me aparta suavemente las piernas de su cintura y se despega de mí. Una ráfaga de aire frío le roba la calidez a su tacto ahora ausente.
—Ada...
Pero las palabras de Michael se ven tragadas por un grito de dolor cuando se agarra el estómago. Se levanta la camisa y observamos hipnotizados cómo se forman letras en la piel desnuda de su abdomen.
—¡Maldita sea, Ari! —grita atragantándose.
La piel de Michael está enrojecida e hinchada mientras las letras siguen formándose. Aprieta los dientes con evidente agonía. Cuando queda claro lo que dicen las letras invertidas, se le va todo el color de la cara.
«TIENEN A HILDE».
¿Qué? Se me hiela la sangre.
Por supuesto, Kor me dijo que habían encontrado otro donante de sangre universal. Me bajo del escritorio para ponerme de pie. ¿Cómo es que gente a la que quiero le sigue haciendo daño a otras personas a las que quiero? Respiro hondo. No, no le harán daño.
Michael me mira con total desesperanza.
—Se lo advertí. Yo... no puedo ayudarla.
Se pasa las manos por el pelo angustiado.
Tal vez pueda ayudarla. El Atlas no funciona y Kor está detenido aquí en la isla, pero puedo usar el ordenador de Georgie para llamar a mamá.
—Ada, lo siento mucho. Sé que el momento... Tengo que irme.
—Lo comprendo.
Me da un abrazo incómodo, corre a su escritorio para recuperar algo del cajón central y luego se apresura a salir de la habitación.
Dedico unos momentos en arreglarme el pelo y calmarme por el hecho de que acabo de enrollarme con Michael. Entonces salgo y me dirijo a mi apartamento.
Es demasiado tarde para contactar con mamá, pero me aseguro de que no tengo motivos para pensar que Hilde esté en peligro inmediato.
Había conocido a algunos de los otros sire cuando estuve en casa y Kor fue sincero al decirme que los trataban bien.
Con los que hablé, incluido el renombrado científico que llevaba meses desaparecido en las noticias, cooperaban voluntariamente, entusiasmados por formar parte de un experimento innovador.
Además, con Kor aquí, la sangre de Hilde está a salvo de momento.
Cuando llego a mi apartamento, Georgie grita y salta, volcando una pila de máscaras de seda de araña que ha estado cosiendo con la ayuda de Mbali e Hypatia.
Los segundos siguientes transcurren entre abrazos.
Mbali me pregunta:
—Si has vuelto, ¿significa que se ha impedido la contaminación atmosférica?
Su presencia aquí y saber lo que está pasando significa que se ha enterado de lo que he hecho. Sin embargo, parece tan feliz de verme como Georgie e Hypatia.
—Sí —digo, con la garganta apretada por la emoción—. Se acabó.
Y más abrazos.
—¡Cómo te atreves a no decirme que los dragones existen! —digo en el cuello de Georgie mientras me aprieta fuerte.
—Espera. ¿Existen los dragones? —pregunta, separándose sorprendida.
—¿No lo sabías? Pero si vi dragones en la televisión en Nueva York —dice Hypatia.
—¡Son de mentira!
—¿Cómo crees que saben cómo deben ser los de mentira si no había ninguna apariencia real en la que basarse? —pregunta Hypatia como si esta lógica debiera ser del todo obvia.
Esto me lleva a hablar de cómo conocí a los dragones y les resumo brevemente lo que ocurrió en la cala.
—¿Simon voló todo el camino hasta el acantilado? —pregunta Hypatia con incredulidad.
—Sí, claro.
No menciono que era porque a su primo le habían disparado en el pecho.
Vuelve esa sensación de déjà vu . La imagen de Simon sobrevolando el acantilado mientras Rafe se desangraba abajo sacude algo en mi memoria.
«Un largo paseo en aerotabla. Un trueno. Simon sobrevolando Rafe, que está tumbado en un campo de flores rojas...».
Ese sueño incesante que había estado teniendo.
«Una hermosa chica desconocida sirviéndole vino a Kor».
Oh. «Ohhh».
Por eso Hilde me resultaba tan familiar cuando nos conocimos. Había soñado con ella.
No entiendo cómo ni por qué, pero soñaba con todo lo que ha sucedido esta noche.
Y ahora entiendo cómo Kor pasó de estar débil y agotado a vigorizado después de volver a ese submarino.
No necesito llamar a mamá. Sé exactamente dónde está Hilde.