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No tengo los códigos de las puertas de la estación del Ayuntamiento, así que tengo que coger la «ruta divertida» que usé con Michael.
Por desgracia, es mucho más difícil sin escolta.
Me quedo atascada tratando de abrir las puertas del vagón del metro en la estación abandonada.
Tras dos intentos fallidos y el temor momentáneo de tener que coger esa línea de metro toda la noche, abro la puerta del vagón, que está cubierta de basura y con carteles que advierten que eso no se puede hacer.
Me paseo entre vagones. Es aterrador, muy ruidoso y hay ratas.
No lo recomiendo. Mientras el tren chirría en la estación abandonada, contengo la respiración, y de alguna manera me las arreglo para no morir ni mearme en los pantalones al saltar.
Cuando llego al andén del Atlas, está abandonado y con las puertas abiertas.
Me siento en el borde de la vía, con las piernas colgando. Luego me dejo caer hasta que los dedos de los pies tocan el metal. Es un tubo, no hay superficie plana en la que apoyarse.
Desabrocho la cremallera de mi bolsa de snowboard , bajo la aerotabla que se acopla con levitación magnética a la pista, me subo a ella y planeo hacia la esclusa.
«Hagámoslo».
El maglev es mucho más fuerte de lo que estoy acostumbrada en la fosa del aeroparque y salgo disparada hacia delante tan rápido que me caigo con fuerza.
Mi tobillo se tuerce con un crujido repugnante.
No hay tiempo para el dolor. Conduzco ha'i por mi pierna para aliviar la herida mientras cojeo tras mi tabla y vuelvo a subirme.
Esto es bueno. Voy a poder ir más rápida de lo que pensaba. Pero, siendo realista, no creo que ni siquiera yo sea capaz de permanecer en mi tabla a la velocidad que necesito mantener para interceptar a Kor. Me gustaría tener un agarre con el que fijarme como en la tabla de snowboard .
Hago inventario de todo lo que llevo, pero no tengo ninguna cuerda ni nada que me ayude a sujetarme a la tabla.
«Encuentra cualquier cosa que puedas usar» . Eso es lo que Rafe diría.
Piensa.
Ya estoy sudando. Me aparto los pelos de la cara y mi mano se engancha en la hiedra que Sal tejió en mi trenza. Sí.
Desenrollo la hiedra, la agarro entre mis manos y respiro hondo.
Por favor, que crezca, le pido.
La hiedra se alarga y se enrolla alrededor de mis brazos.
Sí. Más fuerte. Más gruesa.
Pronto tengo una enredadera gruesa el doble de larga que mi cuerpo. La uso para atar mis pies a la tabla.
Y entonces me largo.
Doblo las rodillas para encontrar mi centro de gravedad y soy una bala. Pierdo la noción de lo que es arriba y abajo. Solo soy una chica siendo succionada a través de una pajita inmensa. Lo cual, por lo visto, no es una existencia sostenible durante mucho tiempo.
He perdido la noción del tiempo y la distancia. Estoy completamente agotada de estar tanto de pie. Disminuyo la velocidad y me tomo el tiempo necesario para comer la mezcla de frutos secos de Sal. Mientras mastico cacahuetes y pipas de calabaza, contengo las lágrimas.
¿Cómo voy a hacer esto? Está oscuro, estoy sola y cansada.
Me duele todo. Los músculos de la pantorrilla me están matando de tensarlos sin querer durante el camino. Ojalá pudiera sentarme.
Y entonces tengo una idea bastante extraña que podría funcionar.
Reduzco la velocidad hasta detenerme por completo. Lo cual es aterrador en un túnel con eco en algún lugar profundo bajo el océano Atlántico. Me niego a pensar en lo que podría pasar si el tren se reactivara.
Saco otra pipa de calabaza de la bolsa, uso la cuchara para arrancar la cáscara y luego pongo mis manos en shiin alrededor de la semilla interior. Soy una alquimista sire y he aprendido a hacer esto. Sé que puedo hacerlo. Ya está. Puedo sentir un pequeño hilo de ha'i todavía dentro.
«Por favor, crece».
Y lo hace. Repito la operación hasta que la planta es demasiado grande para sostenerla, y a continuación la coloco encima de mi aerotabla y sigo conduciendo el ha'i en ella.
Pronto hay una hermosa calabaza del tamaño adecuado para sentarse, con una vid gruesa que crece entre mis piernas, larga y lo suficientemente fuerte como para mantenerme atada a la calabaza y a la tabla.
Y así es cómo continúo mi viaje. En un trono de calabaza con una hiedra como cinturón de seguridad, intentando respirar tranquila mientras atravieso el túnel, perdiendo la noción de lo que podrían ser minutos u horas.
Hablo conmigo misma. Canto. Grito a pleno pulmón.
Soy una estrella fugaz, un meteorito, una avalancha.
Soy una chica cabalgando a muchos kilómetros por hora sobre una calabaza.
Una chica que se acerca a una esclusa.
Grito de alivio al reconocer el andén. Para cuando reduzco la velocidad y paso a través de la esclusa de aire, estoy llorando. He llegado a Arcadia. AGénesis.
A casa.
La estación está vacía y oscura. No hay señales de nadie. No hay señales de Kor.
Debería haberlos interceptado en el túnel. Hay un gran reloj de arena en la pared de la estación y la acumulación de arena indica que es alrededor de las primeras horas de la tarde. He hecho una buena marca. No creo que hayan llegado antes que yo.
A menos que hayan elegido otro camino...
Las luces automáticas se encienden cuando alguien se mueve entre las sombras.
—¿Hola? —grito.
—¿Ada? —pregunta la voz de un chico.
—¿Simon? ¿Eres tú?
—Sí, soy yo.
El joven baja a la vía de un salto. Lleva su uniforme de la Guardia y de repente me mareo con una fuerte sensación de déjà vu .
—¿Estás bien? —me pregunta.
—Ah, sí. —Había olvidado momentáneamente mi aspecto, un desastre sudoroso y lloroso sentado en una calabaza, atada a una aerotabla en medio de las vías de un tren—. Pero ¿podrías ayudarme a cortar estas enredaderas?
Rápidamente está a mi lado con su cuchara en alto, cortando.
—¿Por casualidad acabas de pasar por el túnel del Atlas?
—Sí.
—Qué raro.
No sé qué responder. Pero Simon parece estar tomándoselo todo con calma.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto.
—Me han enviado para comprobar que la salida de emergencia a la cala es segura y desactivar el ascensor. Pero una vez que se desactiva, no se puede reactivar sin la llave de un miembro del Consejo, así que tengo que esperarme aquí abajo. Tú también tendrás que hacerlo; no hay manera de subir.
—¿Te han enviado solo?
¿Por qué se habría arriesgado Rafe a eso? ¿Ysi Kor hubiera llegado antes que yo?
—Creo que Rafe esperaba que yo... —dice, y sacude sus alas para que se ericen un poco.
Por supuesto, técnicamente Simon podría haber volado de nuevo, pero tiene miedo de volar y no se le da muy bien.
Un fuerte chirrido sacude la estación. Simon se levanta y corre hacia la puerta de emergencia, que conduce a la cala exterior. Le sigo a trompicones con las piernas temblorosas.
—Escóndete —me dice—. Yo vigilaré la puerta.
—No. Tengo que salir. Cuando lo haga, asegura la salida de detrás de mí y mantente fuera de vista.
—Soy un soldado de la Guardia Avant —dice Simon con temblorosa resolución—. Ysi hay peligro fuera de esa puerta, ¡yo te protegeré, oficial Castle!
—Escúchame, Simon. Yo voy a salir y tú te quedas aquí. Pase lo que pase, te quedarás escondido. ¿Me has entendido?
Mi insistencia lo convence, porque no me impide desbloquear la puerta y empujarla para abrirla.
La brisa marina me abofetea la cara. La sal, la arena y el pelo se me meten en los ojos, pero nada me impide ver el elegante submarino negro emergiendo en la cala. Kor sale de una escotilla en la parte superior mientras atraca el submarino junto a las rocas.