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—¿Te gusta? —me pregunta Kor.
Se refiere a la nueva canción que acaba de tocar, que me la escribió como regalo de mi decimoctavo cumpleaños. Si no lo conociera tan bien, sus continuos intentos de ganarse de nuevo mi confianza me habrían convertido en un tembloroso charco de hormonas.
Claro que me gusta la canción. Es hermosa, conmovedora, quizá la mejor letra que ha escrito hasta ahora. Pero eso ya no me importa.
Sonrío tensa, Kor se acerca rasgueando la canción de «Cumpleaños Feliz» y me distraigo mientras busco estrellas en el nublado cielo de la ciudad.
Estamos en el tejado de la casa del abuelo, un espacio pequeño y llano al que se accede desde la pared de una ventana de las habitaciones de invitados, que rara vez se utiliza.
Tanto Kor como yo hemos estado muy ocupados —y quizá también lo he estado evitando un poco—, así que no hemos tenido muchas oportunidades de estar a solas, pero esta noche ha venido para mi cena de cumpleaños, y después hemos subido hasta aquí con unas seis cervezas y una guitarra como en los viejos tiempos.
Pero no se parece en nada a los viejos tiempos.
Volví hace dos semanas. La mayoría de las cuales las he pasado siendo interrogada por la Cámara Interna.
Kor y mi madre se las arreglaron para explicar mis acciones en el hospital, lo que no resultó demasiado difícil, ya que muchos integrantes de la Cámara Interna ni siquiera saben lo que está pasando allí.
Ahora mi trabajo a tiempo completo es ganarme su confianza y, al mismo tiempo, tratar de ocultar cualquier información que se pueda emplear para perjudicar a los Hacedores.
Hoy me han hecho muchas preguntas, en concreto sobre la Guardia Avant y las nieblas que rodean la isla.
A pesar de que mi misión haya sido una de las más importantes de la historia de las Familias, el Oculus y el Gran Maestro me han ignorado por completo. Necesito averiguar más sobre quiénes son y qué se traen entre manos, pero soy la última persona que puede hacerse con esa información ahora.
—Pareces tan diferente —dice Kor apoyando la guitarra contra la ventana.
¿Lo parezco? Tal vez el haber sido traicionada y secuestrada por mi mejor amigo tiene algo que ver con eso. Pero, por cómo me recorre con su mirada, se refiere a mi aspecto físico.
Sé que estoy guapa. Georgie recogió mis cosas, me las envió y coló algunos de sus diseños personalizados hechos a medida, así que todavía no he vuelto a mis viejas sudaderas.
Y,aunque solía llevar el pelo suelto y alborotado o recogido en un moño despeinado, hoy llevo una elaborada corona de novia como los peinados que se llevaban en Génesis.
Me he tirado horas siguiendo un tutorial de vídeo para conseguirlo.
Cuando Sal lo vio, podó un trozo de hiedra y la entretejió en la trenza.
No soy la única que ha cambiado. Kor está más delgado, más pálido y tiene el pelo más largo. Todo ello le confiere una belleza ásperamente frágil. Pero sus ojos son tan conmovedores como siempre, y no puedo reconciliarme con lo que ahora sé de él.
Kor me ofrece un trago de su cerveza y estoy tentada de beber un sorbo. Necesito algo de ebriedad para superar esta sensación de intimidad. Pero odio el sabor amargo del lúpulo y mi malestar no se va a arreglar con nada de esto, así que aparto la lata y me obligo a enfrentarme a mis sentimientos.
No puedo superar lo que Kor ha hecho, pero me siento profundamente sola. No tengo a Izzy, no tengo a ninguno de mis amigos Hacedores, y soy consciente de lo mucho que dejé atrás en Génesis. Ni siquiera tuve la oportunidad de despedirme.
Desde que volví, he intentado acercarme a algunos de mis amigos del instituto, pero nunca estreché vínculos y, tras los meses pasados entre los Hacedores, el abismo entre nosotros era demasiado grande para salvarlo.
Ojalá tuviera a Georgie, a Hypatia, a Mbali, incluso a mi equipo de aerojustas. Cuando Georgie envió mis cosas, ella también me regaló su aerotabla. Lloré cuando la vi. Espero que mi equipo no se resienta demasiado por abandonar el resto del torneo.
También echo de menos a Michael, pero intento no pensar en él. Me duele demasiado.
Siento que lo he defraudado. Y,aunque podré seguir en contacto con Georgie y algunos otros a través de ella, él está fuera del alcance.
Jugueteo con la paloma doblada que llevo en el bolsillo.
Es la misma que Michael me dio meses atrás, el día en que nos conocimos.
Las familias la desmontaron y le hicieron todo tipo de pruebas, luego me pidieron que la volviera a armar.
Fui capaz de reemplazar el don y doblarla de forma correcta, pero no logré reanimarla.
La animación no fue una de las habilidades que me preocupé por aprender durante mi tiempo en Génesis.
Así que ahora es solo una paloma de origami sin vida.
Lo suficientemente inútil para que, con suerte, las Familias no noten que la robé.
Aunque no sé por qué me molesté. Es solo un recordatorio de lo que no puedo hacer, de que no puedo volver. Aunque Michael dijera que, si alguna vez necesitaba su ayuda vendría a por mí, he desestimado también esa conexión.
Estúpida paloma muerta.
Saco la mano del bolsillo antes de aplastar la marga entre mis dedos.
—No sabes lo bueno que es tenerte de vuelta —dice Kor—. Una vez que sabes cuánto más hay ahí fuera es muy difícil conectar con los demás.
Estaba pensando lo mismo hace apenas unos momentos, pero cuando él lo dice suena muy elitista. Me recuerda a la forma en que Rafe habla de la gente provincial.
Pero, si quiero influenciar a Kor, ese no es el enfoque que adoptar.
—Sé lo que quieres decir —le digo—. Todo aquí parece bidimensional en comparación.
—Quiero saber cómo era —dice.
Así que se lo cuento.
No las cosas que compartí en nuestras videollamadas y con la Cámara Interior, sino las mejores partes. Todo lo que me gustaba.
Bebe otro trago de cerveza y pienso de golpe en una fuerte imagen de mi extraño sueño de hace unas semanas —todavía no he conseguido olvidarlo—, en el que aparecía Kor bebiendo una copa de vino.
El eco de un trueno me produce escalofríos y me estremezco visiblemente.
Kor me rodea con el brazo. Su tacto y su olor ahuyentan el sueño y evocan años de anhelo.
Apoyo la cabeza en su hombro mientras sigo hablando. Le cuento las aerojustas y la animación de un gólem que hice con mis manos. Siento cómo se le acelera la respiración de emoción cuando describo el vuelo de las valquirias.
—Te encantaría, Kor.
—Sé que me encantaría.
—¿Y aun así quieres acabar con él?
—En absoluto —dice con suavidad. Tan suavemente...—. Solo quiero compartir sus maravillas con nuestro mundo.
—Yo también.
Siento que estoy cerca. Que con más tiempo, seré capaz de hacérselo ver. Apesar de todo lo que ha hecho, no puedo evitar seguir creyendo que su corazón es bueno.
Kor toma mi mano entre las suyas, acariciando mi cicatriz con el pulgar, e incluso sin cerveza, empiezo a marearme.
—Ser un sire ha aumentado mi creatividad —dice—. ¿Siempre has tenido este impulso artístico constante?
—Supongo.
Escucho la parte tácita de la pregunta. Si es así, ¿por qué has hecho tan poco con ello?
—No es el único impulso constante, si sabes a lo que me refiero.
Se ríe. Mi cara se pone al rojo vivo. Está hablando de su libido. Porque, aparentemente, los sire son todos un montón de facilones. Tuve una conversación con Hypatia sobre ello.
—Los sire tienden a ser enamoradizos —le digo—. Nuestros cuerpos, como nuestras mentes, están preparados para la creatividad.
Aprender sobre los ritos de apareamiento gracias a una niña de catorce años fue toda una experiencia.
—Supongo que no tengo nada con que compararlo —le digo a Kor de repente deseando que Nueva York estuviera en una zona sísmica para que las probabilidades de que un terremoto interrumpiera esta conversación fueran mayores.
Al haberme pasado de la raya por confesarle lo cachonda que voy, nuestra conversación adquiere ahora un cariz distinto. Retiro mi mano, lo que resulta contraproducente cuando Kor lleva su mano a mi muslo.
—¿No es un subidón? —pregunta Kor, con la otra mano brillando con el resplandor de ha'i—. ¿Conocer tu propio poder?
Pero no puedo evitar pensar en lo que ha hecho para conseguir ese poder. Me pregunto de quién era la sangre en esta ocasión. Incluso sabiendo que la necesita para mantenerse con vida y que podría habérsela dado yo voluntariamente, me sube la bilis a la garganta.
Me nota rígida y suspira.
—Ada, sé que todavía estás enfadada conmigo, pero ¿no ves que valió la pena? Vamos a cambiar el mundo. Juntos.
«Juntos».
Recuerdo los años de ir a verlos tanto a él como a Izzy a entrenar sin mí.
De ver sus conciertos y sus entrevistas, y la forma en la que aprovechó su plataforma para concienciar a otras personas.
Nunca fui más que un espectador, anhelando tener una fracción de su talento.
Ahora me está diciendo que soy todo lo que siempre he querido. Puedo transformar este mundo con él.
Pero empiezo a darme cuenta de que puedo transformarlo yo sola.
Me mira como si los dos fuéramos las únicas personas en el mundo, de esa forma que solía hacerme sentir tan especial y confundida.
Hace ese gesto tan sexi de morderse el labio y lamérselo que me está comenzando a excitar.
Un de clásico Kor, intentando jugar conmigo.
¿Oesta vez de verdad quiere que esto vaya a más?
Sus ojos fijos en mi boca sugieren que sí.
De repente mi corazón late con fuerza y la mano de Kor sube por mi muslo mientras se inclina.
Hacía tanto tiempo que deseaba esto.
Pero ya no lo quiero.
Le aparto la mano de mi pierna y me alejo de él.
Hace una mueca.
—Ada, no me excluyas. Eres mi mejor amiga.
—Tú eras el mío.
Se estremece.
—Lo siento, yo... No quise decir eso.
—No pasa nada. Lo entiendo —añade, y se levanta—. Tengo que ir a prepararme para mañana igualmente.