34 #2
Dicho eso, se cuelga la bolsa en el hombro y se agacha.
Hypatia se sube a lomos, aferrándose a su cuello.
Como si no pesara más que una almohada, Rafe se eleva, saltando mucho más alto de lo que es capaz cualquier humano, y se agarra con la punta de los dedos al alféizar de la ventana.
Luego, sosteniendo el cuerpo de los dos con un solo brazo, utiliza el codo revestido de su chaqueta de cuero para romper la ventana.
Vaya, supongo que no exageraba sobre los efectos del dopaje sanguíneo.
En segundos, se han escabullido a través de la ventana y se han ido.
Momentos después, cuatro guardias de seguridad se acercan, bloqueándome la salida de la celda. Les sigue Alfie. Su corbata de hoy es de colores mostaza y púrpura.
Alfie evalúa la ventana rota y la prisionera desaparecida.
—¡Quiero que los encontréis y recuperéis a la chica! —les ordena a los guardias—. Yo puedo ocuparme de ella.
Los guardias se marchan por donde han venido. Trato de empujar a Alfie.
—Llévame con Kor o con cualquier otro miembro de la Cámara Interior que esté aquí —exijo.
—De ninguna manera.
—¿Cuál es tu problema?
Lo empujo, pero no tengo mucho margen de maniobra mientras evito tocar las barras de antimateria.
—¿Por qué iba a ayudarte? —se burla Alfie—. Has resultado ser la traidora que llevaba esperando. El único lugar al que vas a ir es a una de esas celdas y permanecerás allí hasta que llegue mi padre.
Oh, diablos, no. Supongo que tendré que encontrar a alguien razonable por mi cuenta.
Me giro para comprobar si hay algo en la celda que pueda utilizar para defenderme.
Nada. Cuando vuelvo a girarme, los ojos de Alfie parpadean hacia arriba demasiado rápido, y estoy bastante segura de que me estaba mirando el culo. Se ve bien con estos vaqueros.
—Mis ojos están aquí arriba, pervertido —digo mientras doy un paso adelante para que estemos nariz con nariz.
Seguro que existe alguna forma de usar mi ha'i para esquivar a Alfie, pero me atengo a lo que mejor sé hacer, y le doy un rodillazo en las pelotas.
Mientras él se pliega con un chillido de dolor, lo empujo y corro.
No me alcanza hasta que ya he subido las escaleras y estoy fuera del edificio. Al tropezar por el oscuro paisaje cubierto de maleza, él se abalanza sobre mí, tirándome al suelo. Yluego, sin contemplaciones, se sienta en mi espalda para mantenerme en el suelo.
—¡Suéltame! ¿Qué haces?
—Te estoy deteniendo, traidora.
Tiene una cuerda y, por lo visto, duda si usarla para mis manos o mis pies.
—No soy una traidora, idiota. Llama a Kor o a mi madre. Puedo explicártelo todo, tonto.
—Si quieres un final feliz, tal vez deberías hablarme con más respeto.
—¿Con más respeto? Estás literalmente sentado encima de mí.
Y es pesado. Mis intentos para empujarlo están resultando del todo inútiles.
Él murmura un poco más acerca de cómo todo el mundo solo confía en mí debido a mi familia mientras él entrenaba tan rigurosamente, y bla, bla, bla. Como si no aprovechara a la mínima oportunidad para recordar a la gente que es descendiente directo de un Borgia.
Decide usar la cuerda para mis pies, que anuda con habilidad a la altura de los tobillos. Tal vez atar nudos fue una de las muchas cosas que me perdí durante esos «rigurosos entrenamientos».
Hago shiin e intento conducir, pero no pasa nada.
Estoy acostumbrada a reprimir mi ha'i con las Familias.
Por no hablar de que, con Alfie sentado encima de mí reviviendo los recuerdos de estar atrapada en una caja, estoy muy lejos de poder acallar mi mente, cosa que suelo cultivar cuando invoco mi ha'i.
Cuando Alfie por fin me quita el peso de encima, intento coger mi cuchara, pero él es más rápido que yo y me retuerce los brazos a las espaldas, atándolos, de entre todas las cosas, con su ridícula corbata. Luego me quita la cuchara y el móvil del bolsillo.
Una vez que estoy completamente inmovilizada, retrocede un poco. Rafe estaría furioso conmigo por haberme metido en esta situación sin defenderme.
Alfie se pasea de un lado a otro mientras teclea rápidamente en su móvil.
—¿Entiendes lo que has hecho? —me pregunta.
—¿Salvar a una niña secuestrada y sufriendo?
—Has revelado una de nuestras ubicaciones más secretas. Puede que hayas deshecho años de trabajo. Podríamos vernos obligados a destruir todo este sitio si se corre la voz. Yno creas que no he encontrado el troyano en tu meme inmaduro.
—Así es. Tu falta de precaución es la verdadera razón por la que esta ubicación encubierta está en riesgo.
—Menuda... —bravuconea en una rabieta interna contenida, y, aunque está demasiado oscuro para verlo, me gusta imaginar que su estúpida cara refleja un profundo enfado—. Podrás regodearte todo lo que quieras cuando te ponga uno de esos collares.
El horror me recorre la espina dorsal al recordar la antimateria punzándome las palmas de las manos.
—Eso no es necesario —digo mientras intento mantener la calma—. Solo llama al resto de la Cámara Interior. Llama al doctor Ambrose si no crees que mi madre o Kor sean imparciales.
No hay forma de que ninguno de ellos me ponga un collar, excepto por...
—Mi padre ya está en camino.
El pánico me aprieta la garganta. El consejero Avellino no dudaría en encerrarme igual que a Hypatia. Pero ya he estado expuesta a la antimateria, y si me ponen un collar durante demasiado tiempo, podría perder mi capacidad de conducir ha'i, cuando apenas he aprendido a usarlo correctamente.
Mis siguientes palabras salen como un sollozo.
—Por favor, déjame ir.
—No actúes como si esto fuera culpa mía. Tú has traído al enemigo aquí. No seré quien cargue con la culpa de nada de esto cuando fui yo quien intentó advertir a todo el mundo sobre ti.
—Por favor, llama también a mi madre —le ruego—. Te juro que nadie te culpará.
Pero Alfie ignora mis súplicas, y sé que, esta vez, nadie me rescatará.
«Inhala».
«Exhala».
Voy a tener que salvarme yo sola.
Examino mi entorno tal y como Rafe me ha enseñado. Si pudiera hacer una llama, quemaría mis ataduras, pero Alfie tiene mi cuchara, y no hay forma de que genere una llama estática. ¿Dónde hay una alfombra cuando la necesitas?
Tanteo con mis manos detrás de la espalda, esperando hallar algo, cualquier cosa que pueda usar.
Hierbajos, barro o palos.
Todos inútiles.
Tengo una idea. No es nada que Rafe me haya enseñado, sino un viejo recuerdo de un campamento de verano.
Habíamos estudiado herramientas de supervivencia en la naturaleza y aprendimos cómo encender un fuego a partir de la fricción de ramitas.
Se requiere mucho esfuerzo y yo nunca lo logré, pero tengo que intentarlo.
Agarro dos palos y, aunque no tengo mucho margen de movimiento, froto el uno contra el otro con tanta fuerza como puedo mientras conduzco mi ha'i, buscando cualquier chispa para prender fuego.
«Por favor, ayudadme».
No pasa nada, aparte de que mi piel se pone en carne viva.
Sé que el objetivo es que la fricción caliente la madera lo suficiente para que arda, así que me detengo y hago shiin, concentrando todo mi ha'i en calentar la madera.
Una vez que siento que prácticamente me está abrasando las manos, froto las ramas de nuevo y conduzco mi ha'i hacia fuera.
Mi ha'i que forma parte de mí. No está separado de mí.
«Ada, ayúdate a ti misma».
Surge una llama. No puedo verla, pero puedo sentirla, quemando la piel de mis manos mientras cumple su función con la corbata de Alfie y el dobladillo de mi cuello de cisne.
Grito triunfante. Alfie viene corriendo hacia mí, pero lanzo una bola de fuego hacia él y salta lejos.
—¡Atrás! —le grito.
Mis manos ya se están curando, pero no lo bastante rápido. Procuro ignorar el dolor mientras voy desatando las cuerdas de mis tobillos. Cada movimiento es una agonía para mis dedos.
Al levantarme, ya no hay ninguna bola de fuego a la vista, y Alfie se acerca.
Pero no me van a derribar o atar de nuevo.
Cuando me agarra, no forcejeo, sino que me inclino hacia él, lo que le hace tambalearse por la inesperada falta de resistencia.
Aprovecho el momento para alcanzar su cuello, rezando por haber elegido el lugar correcto.
Conduzco mi ha'i hacia su nervio vago, y debo haberlo hecho bien porque se desploma desmayado.
Siento que el corazón me va a estallar de alivio.
Rebusco en los bolsillos de Alfie, cojo mis cosas y de inmediato uso mi teléfono para llamar a mamá.
¡Uf! ¿Por qué nunca contesta? Cuelgo e intento llamar a Kor, pero salta el buzón de voz.
Rafe e Hypatia no pueden esperarme eternamente. Tendré que volver sin aprender lo que vine a aprender. Uso la linterna de mi cuchara para tratar de encontrar el camino de vuelta al agua, pero sin Rafe para guiarme, está demasiado oscuro y cubierto de maleza.
De pronto noto que una luz viene hacia mí desde un camino mucho más visible que en el que estoy.
—¿Ada? ¿Eres tú?
Con la escasa luz tardo un minuto en reconocer que es Kor.
Está más delgado, lo que resalta la exquisita estructura ósea de su cara aún más que antes, y su pelo ha crecido tanto como nunca lo he visto.
Pero parece tan tranquilo y dominante como siempre, y me siento aliviada.
Él sabrá qué hacer y podrá explicarme qué está pasando.
—Hola —dice como si no estuviéramos en el recinto de un hospital en ruinas.
—Hola —digo yo como si no me faltara el aire por haberme escapado de una captura.
Entonces se abalanza sobre mí y me envuelve en un abrazo.
—Me alegro de verte.
Le devuelvo el abrazo, con fuerza, retrasando el momento en que tendré que enfrentarme a las preguntas difíciles que podrían cambiarlo todo.
—Ada —me dice en el oído—, ¿qué haces aquí con un hereje?
Rompo el abrazo y doy un paso atrás. Hereje. Así es cómo se refieren a los exiliados en los primeros textos de las Familias, en los textos del Inquisidor, pero ya nadie los llama de esta manera.
—He venido a...