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—Solo para aclararlo —le pregunto a Rafe mientras nos dirigimos a la parte alta de la ciudad—. Si una persona sin tu genética bebe sangre, ¿no le afecta?
La tensión me recorre desde la mandíbula hasta mis dedos apretados en un puño, pero Rafe camina con la misma frialdad confiada de siempre.
—No, a menos que se someta previamente a una cirugía digestiva invasiva de la que casi seguro que no sobreviviría.
Es la hora justo antes de que la ciudad se ilumine para alejar la oscuridad. Encontramos un lugar privado a lo largo del East River y Rafe abre el bote en las sombras.
Me inquieto al constatar que estoy a punto de hacer exactamente lo que mis detractores entre las Familias temían. Entregar la información que no querían confiarme a alguien que podría ponerlos en peligro. No habrá vuelta atrás después de esto. Pero no tengo otra opción; tienen a Hypatia.
—Recuerda el trato —susurro, casi inaudible. Esta parte del río está restringida y vérnoslas con la policía es lo último que necesitamos ahora, pero no puedo seguir adelante sin esa garantía—. Pase lo que pase, no harás daño a mi familia.
Rafe asiente.
—Siempre que Hypatia no salga perjudicada por mi inacción, tu madre y la estrellita pueden estar tranquilas.
—Y después harás todo lo que puedas por mi abuelo.
Vuelve a asentir.
No decimos nada más. No hay nada más que decir.
Subimos al bote y Rafe despliega un remo para usarlo de motor y así no hacer ruido.
La única fuente de luz proviene del reflejo de la ciudad en el río.
Los únicos sonidos son mi respiración y el fantasmal deslizamiento del remo en el agua.
No quiero tocar a Rafe, pero no hay espacio para no hacerlo.
Está caliente contra mi espalda, sus muslos me abrazan mientras nos desvanecemos en la negrura de la noche.
Cuando llegamos a la isla, atracamos detrás de un arbusto cubierto de maleza.
Ignoro la mano que Rafe me ofrece para ayudarme a salir del bote, tropiezo y me hundo en el agua hasta la rodilla.
Cuando por fin estoy en la orilla, los zapatos se me embarran y las piernas me pesan por la tela vaquera empapada.
Me apresuro a alcanzar a Rafe, quien avanza rápido y en silencio por el sendero cubierto de maleza.
—¿Cómo puedes ver por dónde vas? —susurro. Tengo la respiración agitada por intentar mantener el ritmo y me tropiezo continuamente con piedras y arbustos mientras nos alejamos de las sombras.
—Había olvidado que no puedes ver. Iré más despacio. Todos mis sentidos están agudizados.
Como si necesitara otro recordatorio sobre el asunto de la sangre.
Un gigantesco pájaro blanco con una cabeza emplumada se cruza en mi camino y me grazna.
Pego un grito y Rafe me fulmina con la mirada por hacer ruido.
Nos acercamos a un gran edificio, en su mayoría invadido por la naturaleza, con enredaderas verdes devorando ladrillos y piedra.
Usando el mapa de Georgie en mi teléfono, encontramos una entrada en ruinas, la puerta hace mucho tiempo que no está y navegamos a través de pasillos que parecen desérticos.
El mapa nos indica que estamos cerca de una nueva construcción y, por supuesto, al torcer en la siguiente esquina, hay una puerta de acero que impide el acceso más allá.
Un guardia se pasea por el pasillo y, cuando gira en la dirección opuesta, Rafe se lanza con absoluto silencio y hace shiin contra el cuello del guardia hasta que cae inerte en sus brazos.
—¡No puedes seguir haciendo daño a la gente! —susurro enfadada mientras Rafe deja al guardia en el suelo.
—No te preocupes. Tan solo le he sobrecargado el nervio vago.
Así que es eso lo que ocurre si empleas la técnica correcta.
—Es solo un desmayo leve, así que despertará pronto. Muy pronto. En marcha.
Rebusco en los bolsillos del guardia y encuentro una tarjeta naranja exactamente como la que me denegaron. Porque podría haberla utilizado para este mismo propósito. Ignoro la punzada de culpabilidad y uso la tarjeta para abrir la puerta.
Dentro, una escalera conduce hasta un sótano poco iluminado.
El espacio ha sido renovado del todo. Pasamos enfrente de una habitación que parece un laboratorio médico, excepto porque está enrejada como una celda de prisión.
Un hombre de mediana edad con una bata blanca de laboratorio está mirando a través de un microscopio, indiferente a su encarcelamiento.
Me preocupa que alerte a alguien de nuestra presencia, pero cuando pasamos junto a su celda, ni siquiera levanta la vista del microscopio.
Hay un laboratorio vacío, sin barrotes, y entro a echar un vistazo. En este hay tres frigoríficos grandes, y cuando abro uno, veo que está lleno de bolsas de sangre. ¿Para qué necesitan las Familias un banco de sangre?
Rafe mira desde la puerta donde vigila y, al ver la sangre, sacude la cabeza.
—Esto tiene muy mala pinta —susurra.
Seguimos avanzando y recorremos más celdas.
Hay una en la que un hombre duerme con el pelo y la barba largos.
Parece que lleva aquí una temporada y, por los muebles rotos arrojados con rabia, queda claro que no está del todo contento.
Pero el resto de las celdas están desocupadas.
Si las Familias son responsables de todos los otros sire desaparecidos, aquí no es donde los retienen.
Empiezo a temer que Hypatia tampoco esté aquí.
Cuando llegamos hasta el final del pasillo, hay otra celda que está algo amueblada con una cómoda, una mesa y una cama. Hay una bandeja con comida sobre la mesa. Acurrucada en un rincón, hay una chica con la cabeza apoyada en las rodillas. Mis débiles músculos se alivian. Es Hypatia.
Rafe corre hacia la celda y se agarra a los barrotes. Al instante retrocede, aullando de dolor. No sabía que Rafe Vanguard pudiera aullar.
—¿De dónde demonios sacaron suficiente antimateria para construir algo así?
Mira los barrotes con una rabia atónita e impotente.
Me hago la misma pregunta. Nadie en las Familias parecía saber nada de antimateria cuando les conté lo de los guantes que me mortificaban en el secuestro. Pero estas barras indican lo contrario.
—¿Hypatia? —pregunta Rafe. Un temblor de miedo en su voz hace que la mire preocupada. Ella ha alzado la vista, pero no se ha movido ni ha hecho ademán de reconocernos. No se parece en nada a la luchadora que era antes. Tiene su pelo rubio claro suelto y el blanco de sus ojos teñido de rojo.
Tenemos que llegar hasta ella. Pero no hay ninguna abertura discernible o cerradura en la celda. Los barrotes neutralizarán cualquier uso de ha'i.
Rafe abre la cremallera de su bolsa y saca la pistola más ridícula que he visto nunca.
Es de plástico con un montón de tubos extraños, como una de esas grandes pistolas de agua.
Rafe apunta a la celda y aprieta el gatillo.
El arma emite un láser que lo utiliza para recortar una retícula de los barrotes y hacer una abertura.
El láser solo funciona con estos y rebota inofensivamente en cualquier otra cosa que toque.
Con el último recorte, los barrotes ceden hacia dentro, cayendo al suelo con un estruendo chirriante que me hace pegar un salto.
Rafe se precipita por el agujero y abraza a Hypatia, quien se deja caer débilmente en él.
—¿Qué ocurre?
Su voz es un gruñido dolorido.
Hypatia se toca el cuello.
Veo el collar al mismo tiempo que Rafe. Es del metal de los barrotes, de los guantes. Antimateria.
—¡Maldita sea! Ada, ayúdame.
Tiene los ojos húmedos. Corro a su lado y ayudo a sostener a Hypatia mientras empuña el arma con cuidado. Pero no aprieta el gatillo. Me mira con los ojos llenos de miedo. No creía que fuera posible que Rafe Vanguard tuviera miedo.
—Una pistola magnética solo debería afectar a la antimateria —me explica, aunque suena más como si se estuviera autoconvenciendo.
—Tú puedes hacerlo —susurro.
Hay un sonido inconfundible de pasos acercándose desde la dirección por la que vinimos. Tenemos que darnos prisa. Consulto el mapa de Georgie en mi teléfono buscando una salida alternativa. Alo lejos una puerta se cierra. Pasos pesados vienen hacia nosotros. Van deprisa.
—Rafe —le digo, tan calmada y tranquilizadora como puedo.
Aprieta el gatillo.
El collar se desprende y la carne de debajo está roja e hinchada. Con la antimateria lejos de su cuerpo, Hypatia suspira profundamente y veo cómo la piel se le cura por sí sola, dejando solo un fino anillo rosado de tejido cicatricial.
—Gracias al Conductor —respira aliviado Rafe—. No debe de haber estado activo demasiado tiempo.
Eso me hace recordar lo que Michael dijo cuando me rescató de los guantes, que la exposición prolongada a la antimateria puede ocasionar que un sire pierda su capacidad de conducir.
—¿Estás bien? —le pregunta Rafe a Hypatia.
—Tengo sed —carraspea débilmente.
—Ahora estás a salvo. Te lo prometo —dice Rafe atragantándose con las palabras mientras devuelve la pistola magnética a la bolsa.
De acuerdo con el mapa de Georgie, la única otra salida sin volver por el pasillo está hacia arriba. Hay una ventana en la celda, pero está demasiado alta para subir, e incluso si no lo estuviera, no llegaríamos a tiempo.
—Puedo hacer ese salto —dice Rafe—. Subiré a Hypatia, luego volveré y bajaré a por ti.
—¿Estás loco? No hay manera de que puedas llegar, ¡ni mucho menos con nosotras y tu bolsa!
—Yo puedo.
Flexiona los brazos y veo sus músculos rígidos y las venas palpitantes de su cuello. Recuerdo la sangre robada que corre por su cuerpo. Aparto la mirada.
—Coge a Hypatia y vete. No hay tiempo para que vuelvas a por mí, pero estaré bien. No me harán daño. Te veré en el bote.
—¿Estás segura de que estarás a salvo? Puedo correr más rápido que ellos, incluso sosteniendo a las dos.
—Vete. Tengo que averiguar lo que está pasando aquí antes de irme.