Academia de musas 1. Exilio 33
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Estoy muda, entumecida tratando de procesar lo que estoy viendo.

—¿Qué...?

Pero ni siquiera sé qué preguntar. Contemplo la posibilidad de girarme y correr tan rápido como pueda.

—Dopaje sanguíneo —explica Rafe con sencillez, como si debiera ser obvio para mí. Tiene las pupilas dilatadas y sus músculos más definidos y grandes que de costumbre.

La sensación de Rafe mordiéndome el cuello me hace cosquillas en la memoria. Recuerdo haber pensado que quería atravesar mi piel y succionarme el alma.

—Al consumir su sangre, mi torrente sanguíneo absorbe sus células sanguíneas, lo que me da más energía, resistencia y fuerza —dice completamente tranquilo mientras la mujer yace inerte en su regazo—.

El linaje familiar Vanguard tiene sistemas digestivos mejorados que producen enzimas protectoras, impidiendo así la descomposición de las células sanguíneas.

El consumo de sangre se utiliza cuando necesitamos una suplementación extra.

—¿Bebéis sangre para haceros más fuertes?

Él asiente.

—¿Me estás diciendo que eres un vampiro?

—Los primeros experimentos con los Vanguard hicieron a los sujetos más dependientes de la sangre que ahora y algunos incluso tenían colmillos. Ellos son la fuente del mito del vampiro.

Mi cerebro estalla en mil pedazos. Miro a la chica.

—¿Está ella...? Ni siquiera puedo decirlo.

—Está bien. No he bebido tanto, y la he dormido. —Veo la copa vacía en la mesita de noche—. Se despertará, pensará que se quedó dormida viendo una película conmigo y seguirá su camino no peor de lo que estaba.

Y entonces doy un grito ahogado al encajar las piezas. Me agarro el brazo, recordando el rasguño rosa claro de Carnaval. Rafe ve el gesto y asiente.

—Sí, cuando los traidores de la Guardia te robaron la sangre, lo hicieron para doparse.

Ellos seguro que buscaban divertirse a tu costa antes de entregarte a los Inquisidores.

Como sire tu sangre tendría un efecto mucho más poderoso de lo normal; incluso podría otorgar temporalmente al bebedor tus habilidades de sire —añade desplazando a la chica de su regazo y untándole una pasta de barro en la muñeca—.

Sin embargo, el Testamento de la Guardia prohíbe desde hace tiempo alimentarse de la sangre de otro Hacedor.

Solo se puede emplear sangre filistea o animal para el dopaje.

—¿Cómo puedes comparar así a los humanos con los animales?

—Oh, vamos, tú tratas a los humanos como animales todo el tiempo.

—¡Eso no es verdad!

—No seas tan santurrona —suelta. Se limpia la sangre de la barbilla y se lame los dedos—.

Toda la humanidad se ha beneficiado de la sangre de otros humanos desde el principio de los tiempos.

Este país entero ha estado chupando vidas inocentes desde que diezmaron la población indígena y construyeron su economía a costa de los esclavos.

Utiliza la sábana sucia para limpiarse los restos de sangre del cuello y torso.

Es obvio que hay un poder latente a través de él.

Casi puedo ver su tatuaje de dragón ondulando mientras su corazón, que ahora me doy cuenta de que es mucho más frío de lo que esperaba, bombea con el poder de la sangre robada.

—Finges superioridad moral y, sin embargo, los provinciales todavía compráis tecnología aun sabiendo su origen.

Consumís moda y combustible para los coches sabiendo que estáis embolsando los bolsillos de regímenes que matan y oprimen a otros pueblos en beneficio propio.

Os pasáis la vida ignorando el coste de las comodidades modernas y, sin embargo, siempre estás dispuesta a crucificar a cualquiera que sea un poco más sincero sobre la tendencia parasitaria de la humanidad.

Mi mente se tambalea ante sus acusaciones. Suena como el abuelo, siempre tratando de explicar que las grandes empresas se aprovechan sin miramientos de la mano de obra barata. Pero eso no es lo mismo que la chica desangrada tumbada en la cama.

—¿Así que crees que eso hace que esto esté bien?

—Significa que tú y yo no somos tan diferentes de lo que te gusta pensar.

Solo te soy sincero. Puedes seguir comiendo carne de animales que nunca has visto y enviar niños a morir a la guerra en la que tú no lucharías.

Si te aprovechas de alguien que está muriendo solo porque nunca le has visto la cara, entonces eres una maldita hipócrita.

Yo sé quién soy y lo que hago. Puedes seguir viviendo en tu mundo de negación, sigue mintiéndote, pero no juzgues mis acciones.

—¿Por qué no bebiste mi sangre?

Esta sugerencia lo enfurece.

—Nunca te compares con ellos —dice furioso—.

Eres un Hacedor, eres una sire. Estás hecha a imagen y semejanza del Conductor y vives una vida dedicada a continuar la creación del mundo, en lugar de vivir una vida destructiva de despilfarro, por instinto, como un animal.

—Su rostro está lleno de desdén—. Quizá llegaste siendo una mala hierba, pero tienes el potencial para ser mucho más.

Ser mi alimento es lo más importante que ella podía.

.. —Señala el cuerpo flácido de la pobre chica como si fuera un plato de sobras.

—Es una persona —murmuro. No entiendo cómo no se da cuenta. ¿Es así cómo ve a Georgie? ¿Como si fuera comida?—. Todos son personas con el mismo potencial que los Hacedores. ¿No ves esta increíble ciudad?

—Más negación. Ya sabes lo inútil que era tu vida antes de venir a Génesis —dice, y empieza a rociarlo todo con quitamanchas, porque por supuesto los Hacedores tienen uno que funciona.

Ha hecho maravillas con mi ropa interior—.

Son todos unos consumidores perezosos. Solo un puñado de filisteos han hecho alguna contribución útil al mundo desde el Éxodo de los Hacedores.

Ytodas se han utilizado para alimentar la codicia o la guerra.

No tiene ni idea de lo equivocado que está.

—Soy igual que ellos, y me parecía que habías dejado de odiarme. ¿No te das cuenta de que si les dieras una oportunidad también verías su valía?

Se me acerca, clavándome los ojos, su mirada dopada destila un tono de acero brillante y antinatural, está muy enfadado.

—¡Eres muchísimo mejor que ellos!

Está tan cerca que mi ropa corre peligro de mancharse de sangre. Tan cerca que ya ni siquiera veo la sangre. Tan cerca que oigo su corazón bombear a una velocidad sobrenatural. Miro hacia otro lado.

—Voy a asearme —dice él. Oigo la puerta del baño cerrarse de golpe.

Espero un momento, con la respiración agitada. Luego lo sigo enfadada. Esta conversación no ha terminado y no puedo quedarme sola en la habitación con el cuerpo inconsciente de una chica.

Entro en el baño con los ojos cerrados. Ya está en la ducha, con el agua a tope.

Entrecierro los ojos y, cuando veo la cortina de la ducha corrida, los abro.

Los restos de su ropa yacen en un montón desordenado en una esquina de la habitación.

Una solitaria goma de pelo está tirada encima del tocador, cerca del lavabo.

Cierro la puerta para no tener que ver a la chica tumbada, tendida y flácida.

—No puedo seguir formando parte de esto —digo levantando la voz lo suficiente para que se me oiga sobre el sonido del agua.

—Buscaremos a Hypatia y nos ocuparemos de tu abuelo, y todo habrá terminado —responde desde el otro lado de la cortina—. Te llevaré de vuelta al instituto, y allí podrás seguir viviendo en la negación, también podremos empezar a ignorarnos de nuevo.

La habitación se llena de vapor. Todo lo que acabo de ver y oír me hace más fácil ignorar que estamos teniendo esta conversación mientras él está completamente desnudo. Hay una raja en la cortina que no toca a la pared y a través de ella veo agua rosácea arremolinarse por el desagüe.

Sangre. La sangre de la chica. Me alejo de la ducha mientras me dan arcadas.

El vapor es más denso y el espejo está empañado.

Solo puedo distinguir partes extrañas de mi cara, distorsionadas en una imagen deformada que no reconozco.

Me cuesta respirar el aire pesado y húmedo.

Respiro y mis pulmones se llenan del olor metálico de la sangre mezclado con las flores aromáticas del jabón del hotel.

La cabeza me da vueltas y la saliva se me acumula en la lengua. Sé lo que viene a continuación.

Caigo de rodillas enfrente del inodoro justo a tiempo. Mi almuerzo de pizza me quema la garganta y me entran arcadas enfrente de la taza.

¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Planeando tender una emboscada a mi familia con Rafe?

¿Por qué nunca me disculpé con Georgie? ¿Por qué le dije a Michael que debería salir con Kaylie?

Estoy separada de todos los que realmente se preocupan por mí y la única persona en la que elegí confiar ha resultado ser un monstruo. Vuelvo a tener arcadas.

Una ráfaga de aire frío me hace cosquillas en el cuello y percibo cómo el sonido del agua ha cesado.

Me giro y Rafe está detrás de mí con un mullido albornoz blanco.

Ha abierto la puerta para que salga el vapor y respiro largo y tendido el aire limpio.

Pero ahí está ella, tumbada en la cama con una expresión vaga en su rostro dormido.

Vuelvo deprisa a la taza, Rafe se arrodilla en el suelo a mis espaldas, sujetándome el pelo mientras vacío el último contenido que queda de mi estómago en el retrete.

Estoy temblando y sudando por todas partes.

Mis manos están sucias al deslizarse por los lados de la taza de porcelana.

Es imposible que salga algo más. Escupo en la taza varias veces, intentando quitarme el sabor de boca. Me incorporo, apartando a Rafe.

—No me toques —digo toda tensa. Estoy exhausta, agotada. ¿Por qué confié en él? Sabía que era peligroso. ¿Por qué me dejé atrapar por nuestra farsa? Sé que parte del dolor que siento ahora es el aguijón de la decepción.

Reconozco que, si bien esto siempre ha sido para salvar a Hypatia, también estaba empezando a ser algo más, algo con lo que nunca debería haberme entretenido.

Ahora es una cosa más en la que estoy perdida mientras me arrepiento de estas decisiones.

Me siento cómplice de lo que Rafe ha hecho.

Tendría que haber sabido que no podía dejarme engañar por su buena apariencia y la química que hay entre nosotros.

Tiemblo de escalofríos y me castañetean los dientes.

El trauma de la situación me envuelve en un manto de frío.

Seguimos sentados en el suelo del baño. De cerca veo la degradación del paso de los años en las juntas de las baldosas de mármol.

No es una vista tan glamurosa desde aquí abajo.

Rafe está de rodillas detrás de mí. Se acerca y me agarra de los hombros, tratando de calmar mis temblores y darme algo de su calor.

—Por favor, no me toques —vuelvo a decirle, pero no se mueve—. Quítate —insisto débilmente.

Pero sus manos siguen ahí, sujetándome mientras mi cuerpo amenaza con temblar tan fuerte que se rompería en mil pedazos.

—Ada —me susurra con suavidad al oído, con una voz tan grave como siempre, pero inusualmente tierna—. No iré a ninguna parte hasta que te calmes.

Me tapo la nariz mientras el suave aliento de sus palabras recorre mi cara.

Tengo miedo de que si inhalo oleré la sangre en su aliento.

Me rodea con los brazos, envolviéndome en quietud, su pelo húmedo me cae en la cara.

El agua lo ha transformado de rubio dorado a castaño pálido.

Intento zafarme de su agarre, pero una vez más lo encuentro tan sólido como una roca.

Una roca envuelta en suave terciopelo. Intento deshacerme de él una última vez, pero estoy bien atrapada.

Después de lo que he presenciado, esto debería aterrorizarme más allá de las palabras.

Pero, por alguna razón, surte el efecto contrario.

Lo odio. Eso es lo que me digo. Si tuviera la energía, la ira quemaría a través de mí.

Gritaría. Lo arañaría. Le escupiría en la cara.

Pero en lugar de eso, hago lo que él se espera.

Me rindo, me desplomo sobre su pecho y lloro.

No resulta una imagen bonita. Esta no es la de una delicada damisela en apuros llorando.

Mi aliento huele a vómito, mi cara está húmeda de lágrimas y, probablemente, de mocos.

Mi cuerpo tiembla cuando lloro y él sigue abrazándome mientras me acaricia el pelo y susurra al oído.

Me repite algo una y otra vez, unas palabras susurradas que no comprendo entre mis sollozos.

Cuando por fin he terminado de llorar, me levanto y pongo distancia entre el chico casi desnudo y yo, y que ahora lo siento como si fuera un extraño. Busco sus ojos, no sé para qué. Pero todo lo que encuentro es una fría maquinaria.

—Deberíamos irnos —dice mientras recoge la ropa. Sale del baño y yo lo sigo—. Es casi de noche, y quiero actuar mientras la sangre tiene su máximo efecto.

Puaj. ¿Tiene que seguir recordándome lo de la sangre?

—¿Cuánto durará? —pregunto con la garganta irritada.

—Estará en mi sistema durante unos días, pero los efectos más potentes durarán solo unas cinco horas. Sin embargo, te advierto que, si necesito ejercer mucho poder, me agotaré mucho más rápido de lo normal a menos que consuma más sangre.

—No —digo sacudiendo la cabeza enérgicamente—. Esa no es una opción.

—En cualquier caso, debes ser consciente de los riesgos.

—¿Qué hacemos con... ella? —digo señalando la cama.

—Se despertará y se irá. Estará de maravilla, lo prometo.

—¿Qué pasará con la parte en la que, ya sabes, le cortaste la muñeca y sorbiste su sangre?

—Ella no recordará nada de eso.

—Aun así, la violaste —digo recogiendo la ropa que prepararé para esta noche.

—Eso no es...

—Sí lo es.

Agarro mi bolso y vuelvo al baño a cambiarme, cerrando la puerta tras de mí.

Me pongo unos vaqueros y un jersey de cuello de cisne negros. Cuando los metí en la maleta imaginaba sentirme como una ladrona de gatos sexi. Había imaginado llevar el conjunto por encima de mi sujetador rosa. Pensé que seguramente Rafe adivinara qué sujetador llevaba.

Eso parece que fue hace toda una vida.

Ahora me siento ridícula. Me miro en el espejo, el negro hace que mi piel pálida resalte en un contraste fantasmal. Me recojo el pelo en un moño alto.

Cuando salgo del baño, Rafe también se ha cambiado.

Viste sus vaqueros negros ajustados y su cazadora de cuero negra.

Su pelo, aún cobrizo por la ducha, está recogido en un moño bajo, y su gran bolsa colgada en un hombro.

Pero su aspecto ya no me conmueve, sobre todo con la señorita Suficientemente Buena para Comer desmayada detrás de él.

Rafe ha borrado cualquier señal de lo sucedido y ella yace en una cama de sábanas blancas impolutas. Casi puedo convencerme de que la escena es normal.

Me alejo de los dos y me dirijo a la puerta.

—Hagámoslo.