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Estoy bastante atontada cuando atracamos en una playa que, según informa un cartel, está en St. Augustine, Florida.
Rafe pliega el bote, se lo echa a la espalda y me guía a través de la boca de una cueva hasta una estación del Atlas, la primera construida en el Nuevo Mundo en el momento en se empezó a construir la línea.
Aunque la estación de Arcadia permanece cerrada, el resto de la línea sigue operativa, y nadie que nos ve subirnos nos hace ninguna pregunta.
—¿No te preocupa que te reconozcan? —pregunto.
—Nunca supuse que fuéramos a pasar desapercibidos —responde—. En Génesis pronto se darán cuenta de que falta la pistola magnética y unirán todas las piezas. Nuestra única ventaja es llegar a Nueva York antes de que nos detengan.
El viaje hasta la estación de Nueva York es corto y pronto caminamos por el conocido andén, con las esclusas cerrándose tras nosotros.
Salimos de la estación del Ayuntamiento de una manera poco divertida, por un simple ascensor que da a un discreto edificio de oficinas en el que cada puerta tiene un código especial, y entonces volvemos a mi ciudad.
El puente de Brooklyn se eleva enfrente de un hermoso día de primavera.
No sé por qué me sorprende esto, ya que es primavera en Arcadia también, pero la última vez que estuve aquí, la ciudad llevaba su abrigo invernal de escarcha y adornos navideños.
Me resulta familiar el concierto de bocinazos, sirenas a todo volumen y gritos de peatones.
Huele a comida callejera, a tubo de escape y a basura, pero en el mejor de los sentidos.
La ciudad rebosa vitalidad. La población de Hacedores es minúscula, nada en comparación con la bulliciosa vida de Nueva York.
—Pareces feliz —dice Rafe a regañadientes mientras se aparta de la trayectoria de un hombre, que nos va de frente y teclea mensajes de texto agresivamente sin apartar la mirada.
—Me encanta estar aquí. ¿Habías estado antes en Manhattan?
—No. El único tiempo que he pasado en el mundo provinciano ha sido en Europa.
Siento que se me ensancha una sonrisa.
—Bueno, entonces me tocará guiarte por aquí.
Por fin estamos en mi terreno. Quiero que vea mi mundo. Quiero que vea lo increíble que puede llegar a ser y que la gente tiene tanta profundidad y creatividad como los Hacedores.
—Primero vayamos al hotel a asearnos y deshacernos de estas bolsas —dice Rafe, que reservó una habitación.
Aunque no tengo ni idea de cómo se las arregló para hacerlo sin internet, me alegro de su previsión, ya que estamos hechos un desastre total, sucios y sudorosos, también mojados y embarrados del bote.
—Genial, podemos coger el metro.
—Cojamos un taxi.
—El metro es una experiencia clásica de Nueva York y hoy eres un turista.
—También es lento y sucio. Por lo que sé, un taxi amarillo es también un clásico de la ciudad de Nueva York. Ytengo dinero para gastar.
A pesar de que los Hacedores no usan dinero normal, Rafe está desorbitadamente forrado en el mundo provincial. Los Hacedores y, especialmente los Vanguard, tienen numerosos y viejos negocios para cuando necesitan dinero.
—El transporte público es mejor para el medio ambiente.
Guarda silencio un instante.
—De acuerdo. Pero en ese caso estoy dispuesto a renunciar a mis principios morales en aras de la comodidad. Cojamos un taxi.
Para ser un chico que ha crecido en un mundo sin dinero, sabe cómo gastarlo. Ypara ser alguien que nunca ha estado en Nueva York, sabe cómo vivir a lo grande aquí. El hotel al que llegamos es del tipo en los que nunca he estado, porque nunca he tenido razón para pisar una zona tan elegante.
Al entrar, me siento como una completa impostora, sobre todo estando tan sucia y mal vestida.
Estoy segura de que en cualquier momento me informarán de que este reluciente vestíbulo solo está disponible para los huéspedes del hotel, cosa que evidentemente no me incluye.
Pero todo el mundo es extremadamente educado.
Especialmente la recepcionista. Es muy guapa y coquetea descaradamente con Rafe, con su perfecta sonrisa y moviendo su perfecta coleta rubia.
Incluso dice que podemos disponer de nuestra habitación de inmediato, aunque faltan horas para el registro.
Sin embargo, al mencionar que su turno acaba a las cuatro y media, le da su número de teléfono a Rafe, cosa que me cabrea.
¿Cuál es su problema? ¿No es obvio que estamos aquí juntos?
En verdad, no estamos juntos, pero ella no tiene forma de saberlo. «Vaya buscona».
—Creía que odiabas a los provinciales —le digo a Rafe—, pero no parece que te cueste hacer amigos.
Oigo el malhumor en mi voz.
—Solo hago lo que puedo para encajar aquí —responde Rafe—, pero debo decir que encuentro tus celos muy excitantes.
Intenta rodearme la cintura con el brazo y yo se lo quito de un manotazo.
Rafe sabe cómo hablar con el personal del hotel y cómo mostrar todas las sonrisas adecuadas y tarjetas de crédito correctas. Sabe cómo dejarse acompañar por el botones hasta nuestra habitación del décimo piso y cómo darle propina sin que resulte incómodo.
Estoy muy resentida. Este es mi mundo y lo está haciendo mejor que yo.
Pero es difícil seguir enfadada cuando veo nuestra habitación.
Es opulenta a la par que acogedora. Mucho blanco impoluto y dorado intenso.
Hay dos camas de matrimonio tan esponjosas como los malvaviscos y una vista de Nueva York que hace que parezca la versión cinematográfica de la ciudad en lugar de la real en la que crecí.
El baño es aún más dorado y blanco, con hermosos azulejos de mármol y una bañera lo suficientemente grande para nadar en ella.
Una vez que he tirado todas mis cosas, me doy una lujosa ducha con jabones perfumados y toallas hechas de nubes.
Solo cuando los dos estamos aseados y con la ropa impecable, me doy cuenta de que estoy sola en una habitación de hotel con su alteza Raphael Vanguard.
—Estoy hambriento —dice Rafe—. Vamos a comer algo.
Bueno, eso resuelve el problema... por ahora.
Rafe destaca en las calles de Nueva York.
Aunque lleva vaqueros, camiseta y la chaqueta de cuero, la que al final le devolví, con su aspecto, su complexión y su moño, las miradas de los admiradores se posan constantemente en él.
Veo que dan por sentado que debe ser famoso, un actor o un modelo, porque la gente normal no tiene tan buen aspecto.
Todos esos ojos se deslizan hacia mí, interrogantes, y luego se alejan veloces al ver que no soy nadie especial.
Es una sensación increíblemente familiar.
La mismísima manera en que siempre me siento con Kor a mi lado.
Hacía meses que no me sentía tan invisible.
Rafe está erróneamente convencido de que ha probado buena pizza desde que la probó en Nápoles, donde «se inventó la pizza ».
Así que no tengo más remedio que educarlo con la auténtica pizza neoyorquina, que comemos en un banco de Central Park.
Luego, como no pensamos seguir adelante con nuestro plan hasta el anochecer, paseamos por el Museo Metropolitano de Arte.
He estado en este museo innumerables veces, pero ahora lo observo con una mirada distinta.
Veo los fundamentos de la vida de los Hacedores plasmados en el arte del Renacimiento.
Rafe se pone muy irritable con una pintura de Raphael y dice que es una falsificación, ya que su familia tiene el original colgado en su casa de Avant.
Lo dirijo a la sección de arte moderno para que no monte un escándalo, pero allí pierde rápidamente el interés.
—Ada, esto ha sido encantador, pero estoy agotado y quiero descansar para más tarde. Voy a volver al hotel a echarme una siesta. ¿Por qué no te quedas aquí? Está claro que hay mucho más que ver.
Él no me da la oportunidad de responder. Se lleva mis manos a sus labios y me roza los nudillos con un beso.
—Te veré más tarde.
Y se va.
Entonces me doy cuenta. Como un camión que se salta un semáforo en rojo.
¿A qué hora ha dicho la recepcionista que terminaba el turno?
¿A las cuatro y media? Ahora son las cuatro y cuarenta y cinco.
Claro que está cachondo después de semanas sin sexo por fingir salir conmigo.
Se me revuelve el estómago. Estoy enfadada.
Antes de que pueda pensar en lo mala idea que es, vuelvo furiosa a nuestro hotel.
Atravieso la puerta de nuestra habitación, dispuesta a dejar que mi ira arda, pero lo que veo me detiene en seco.
Rafe levanta la vista bruscamente, sorprendido por mi entrada.
Está abrazándose con la recepcionista, pero no en flagrante delito, como yo esperaba.
Los dos están sin camisa, pero supongo que es una cuestión de limpieza más que por otra cosa.
Rafe está sentado en la cama y ella sobre su regazo.
Estoy bastante segura de que está inconsciente.
Y luego está la sangre. Hay mucha.
Rafe se queda con la boca abierta por la sorpresa.
Sus dientes brillan de color rojo, contrastando mucho con el nacarado blanco de la piel.
La sangre le gotea por la barbilla y por el cuello.
Su torso es un esculpido lienzo de una pintura caótica de Jackson Pollock con salpicaduras carmesíes.
Esa no es su sangre. Es toda de ella. Brota en un río rojo de un corte en su delgada muñeca.
La cuchara de Rafe está en la mesilla de noche con una punta afilada, ahora escarlata.
—No esperaba que volvieras tan pronto —dice como si le hubiera pillado cogiendo prestado un libro sin permiso o algo parecido.
Sus palabras suenan húmedas y pegajosas por la sangre que recubre sus dientes.
Él también se da cuenta y cierra los labios.
Como a cámara lenta observo cómo se pasa la lengua por el interior de la boca.
Su garganta se sacude al tragar. Me mira directamente, tan serio como siempre—.
Te pido disculpas. No quería que vieras esto.