30 #2
—No es un buen momento —digo. No voy a dejar que Rafe entre en el espacio personal de Georgie ahora mismo, puedo concederle esa cortesía al menos.
Los ojos de Rafe no se pierden nada mientras evalúa la escena. Georgie no está mirando dócilmente hacia otro lado como suele hacer, sino que lo está mirando obviamente cabreada. Se acerca como si fuera a besarme la mejilla y susurra:
—He venido a ayudarte con la maleta, y ha sido una buena idea, porque me parece que necesitas un escolta para que no sueltes cosas que deben mantenerse en secreto, como acordamos.
Luego me dedica una sonrisa falsa y me empuja.
—Bueno, mírate, pequeña belleza —apunta Rafe cuando Bastet se le acerca con curiosidad.
Se agacha para rascarle la cabeza exactamente como a ella le gusta.
La gata azul se acurruca en la mano de Rafe y permite que la coja.
Georgie la fulmina con la mirada por traidora—.
Parece que alguien ha estado experimentando ilegalmente contigo —dice Rafe a Bast, que se ha acurrucado cómodamente en su regazo.
Ella ronronea tan fuerte que no me sorprendería si descubriera que la cruzaron con un motor. Georgie no quiere verlo más.
—Devuélveme a mi gato —añade apartando a Bast lejos de Rafe—. Me voy a la cama.
Y se va a su habitación y cierra la puerta.
—Ves, no hay riesgo de que le cuente nada, Rafe. No hay necesidad de que te quedes por aquí.
—Quizá tu compañera de apartamento sea quien robó la piedra ha'i —reflexiona él.
—¿Qué dices? Claro que no.
—¿Por qué estás tan segura? Está claro que les guarda rencor a los Hacedores, y además tiene un gato azul.
Sopeso la idea durante un brevísimo momento antes de quitármela de la cabeza.
—Ella te guarda rencor porque eres un imbécil. Yella tiene una gata azul porque la rescató.
Aunque también tengo curiosidad por la piedra ha'i; el misterio de quién podría haberla robado me ha estado distrayendo durante días. Ahora me pregunto si Bram e Yvette se la llevaron a Nora Montaigne.
—De todas formas, no puedes contarle nuestro plan. No podemos permitirnos que nada se interponga en nuestro camino mañana.
—Rafe, ya le he contado algo. Ydeberías alegrarte de ello. La destreza de Georgie con los ordenadores provinciales es la única razón por la que pude localizar a Hypatia.
Observo la progresión de emociones en su rostro mientras asimila esta información.
—Ya puedes irte —digo llevándolo hacia la puerta.
—No me iré a ninguna parte hasta que esté seguro de que has hecho las maletas —puntualiza—. Tengo el equipo que necesitamos. Saldremos a primera hora, y nadie debería echarlo en falta hasta el mediodía, pero con suerte ya nos habremos marchado para entonces.
—Bien, si insistes. Pero tienes que quedarte aquí. —Lo agarro por las caderas, forzándolo a sentarse en el sofá—. No vas a entrar en mi habitación.
Por una vez me siento aliviada de que mi habitación sea un desastre. La posible vergüenza de que Rafe vea mi caos resuena más que la voz que me susurra oscuras ideas sobre lo que podría pasar si entrara.
—No lleves demasiadas cosas. Tu bolsa debe ser ligera —susurra a mis espaldas mientras cierro la puerta.
Oh, menudo lío. ¿Por dónde empiezo? Había intentado limpiar, de verdad, pero entonces la vida se interpuso. Yno hay nada que deteste más que limpiar mi habitación. Excepto preparar el equipaje. Hacer las maletas es peor, porque implica encontrar las cosas soterradas bajo los montones.
—¡Esto es ridículo! —grita Rafe—. Voy a entrar.
¡Es tan y tan impaciente!
—Por favor, no.
Oigo girar el pomo de la puerta. Oh, no. Rafe está a punto de ver mi locura. Como si, por lo visto, no me despreciara ya lo suficiente. Quiero decir, he visto su habitación, y no sería una exageración llamarlo obsesivo.
Pero cuando abre la puerta y contempla el panorama, no es desdén lo que veo en su cara, sino que creo que lo encuentra divertido.
—Tú sigue haciendo la maleta.
Y entonces él se pone con la que posiblemente sea la opción más mortificante: empieza a limpiar.
En poco tiempo ha introducido un nuevo sistema organizativo en la habitación. Metódico, va poniendo todo en su nuevo sitio.
Yo lo estoy metiendo todo sin doblar en mi mochila. Me interrumpe el sonido de Rafe aclarándose la garganta. Me levanto y alzo la mirada. Está de pie junto a la cama, enarcando una ceja con mi sujetador brillante rosa colgado de su dedo índice.
La vergüenza que me irradia es tan intensa y caliente que, en realidad, podría derretirme los huesos.
Estoy bastante segura de que mi cara se está volviendo del mismo color que el objeto traidor.
He estado buscando esta maldita cosa, olvidándome de que la había tirado debajo de la cama la última vez que un chico estuvo en mi habitación.
¿Por qué demonios está Rafe limpiando debajo de mi cama?
¿No sabe que ahí es donde se entierran los secretos?
Quizá nunca consiga recuperarme de este momento.
—¿Quieres que te lo preste? —bromeo con la esperanza de aliviar la tensión.
—No, gracias, pero esperaba que lo metieras en la maleta para nuestro viaje. La verdad es que es de un color precioso.
Lo encesta con puntería en mi mochila.
No creía que fuera posible sonrojarse más, pero parece que sí.
Pronto tengo todo recogido y la habitación tiene un aspecto increíble. Mi mente se calma al estar rodeada de orden.
Acompaño a Rafe hasta la puerta y es incómodo porque parece que debería besarme, pero no hay nadie mirando.
En su lugar, lo abrazo, porque acaba de limpiarme la habitación y le estoy profundamente agradecida.
Parece sorprendido, pero me devuelve un abrazo tímido, de forma amistosa, con un atisbo de tensión con el roce de mi oreja por encima de su cuello.
Mañana nos escaparemos de esta isla y nos enfrentaremos a mi familia. Yesta noche dormiré en una cama sin ropa arrugada por debajo. Vaya mundo este.