Academia de musas 1. Exilio 28
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—Esta noche vamos a centrarnos en lo básico —dice Rafe cuando nos reunimos en el entrenamiento por la tarde.

—¿Por qué? ¿No he mejorado? —pregunto mientras me descalzo y me aparto el pelo de la cara.

—Tienes que aprender a conducir mejor el ha’i. Sabes cómo hacerlo, pero tienes que ser capaz de hacerlo sin pensar.

Está claro que acaba de entrenar en el aeroparque, por lo que su ropa es, doy las gracias, menos reveladora de lo habitual.

Pero en realidad, ¿podrían esos pantalones de montar ser más ajustados?

Me duelen los brazos de haber entrenado antes.

Debo pedirle a Rafe también que me enseñe a sostener una lanza.

«No esa lanza, cerebro. Basta ya».

—Te estás volviendo más fuerte, pero sigues siendo muy inconstante, y tenemos que llegar a la raíz que te impide conducir tu ha'i instintivamente.

Refunfuño.

—Beltane es en apenas unos quince días. En cuanto coja los suministros necesarios durante la hoguera, me voy de esta isla estés lista o no para venir conmigo, ¿lo entiendes?

—Sí, sí, lo pillo, su alteza.

—No me llames así. Pon tus manos en shiin.

Extiendo mi mano en esa postura.

—Ahora conduce.

—¿Conducir el qué?

—Empieza con un destello.

Levanta su mano en shiin y, sin esfuerzo, emite una tenue bola de luz. Incluso su mano es hermosa. Es fina a la par que musculosa como una escultura, como la mano de David.

Por lo general, me las arreglo conduciendo un destello. Repaso mentalmente los pasos igual que he hecho tantas veces antes, pero no pasa nada.

—Puedo hacerlo.

—A esto me refiero con lo de la constancia. Inténtalo de nuevo.

Lo hago y, de nuevo, no pasa nada.

Rafe me observa críticamente, con una pizca de aversión.

—¿Lo estás intentando al menos?

—¡Claro que lo intento!

—Pues no lo parece. Es como si ni siquiera quisieras conducir —dice dando unos pasos hacia mí—. Estás hecha para esto; debería ser tan natural como respirar. ¡Deja de contenerte!

—¡No me estoy conteniendo! ¿Qué razón podría tener para no querer conducir?

—El deseo tiene matices. Ser una sire conlleva responsabilidad, y tú no serías la primera persona en la historia que se abruma por ello. Necesitas enfrentarte a tus miedos, descubrir lo que realmente quieres y derribar los muros para conseguirlo.

¿Quién se cree que es? No tiene ni idea de lo que de verdad quiero. Bajo la mano.

—¿Y si no estoy hecha para esto? —sale como un susurro. Mis ojos arden con lágrimas de frustración. Tal vez años de reprimir mi ha'i han roto algo dentro de mí.

Espero que baje el tono, pero se trata de Rafe, no de alguien realmente sensible a mis sentimientos, así que su voz y su tono continúan igual de exigentes.

—No puedes rendirte. Ser un sire reprimido es doloroso. Por eso los sire tienen un mayor índice de depresión y autolesión. Naciste para crear y, si no lo haces, tu mente sufrirá por ello. Una parte de ti morirá.

Sé a lo que se refiere, porque he sentido la oscuridad en los momentos más complicados de mi vida. Ese pozo oscuro e interminable de mediocridad. Venir a Génesis ha empezado a reparar ese agujero.

No puedo evitar pensar en el estereotipo provincial del artista torturado, en las almas creativas que caen en la drogadicción, la enfermedad mental y el suicidio. ¿Cuántos de ellos eran sire reprimidos? ¿Me habría desviado por ese camino si no hubiera llegado a Génesis?

—Inténtalo de nuevo —me ordena Rafe.

Respiro hondo y me enfrento a las instrucciones contradictorias mezcladas en mi cabeza: el pozo de la maestra Liu y la fuente de Hilde se gritan el uno a la otra paralizando por completo mi flujo de ha'i.

—Eres el ama de tu ha'i. Exige que acate tu voluntad —dice Rafe.

Genial, otro método contradictorio, pero lo probaré.

En mi mente, ajusto los pensamientos para que coincidan con el tono exigente de Rafe y trato de intimidar al ha'i desde mi fuero interno hasta mis dedos. Es del todo ineficaz. No siento nada.

Siento tan poco que eso me da una idea.

¿Qué es lo contrario a una demanda? ¡Una petición! Ese es más mi estilo.

Y entonces pido.

Cierro los ojos e imagino una fuente resplandeciente de ha'i en la base de mi vientre y, en vez de tirar de él a la fuerza, le pregunto amablemente si me ayuda.

Y lo hace.

Mi mano se calienta. Vuelvo a pedir, esta vez un destello. Una bola controlada de luces brilla entre mis dedos. Agradezco mentalmente la idea que acabo de tener. Acontinuación, dirijo mi atención al aplique de la pared, hago otra petición interna y me alegro al ver que la luz parpadea.

Intento de nuevo que la luz resplandeciente se encienda y se apague en mis manos. Sucede sin problemas y de inmediato.

—Has hecho un gran avance —afirma Rafe.

—Creo que sí.

Pasar años reprimiendo mi ha'i no lo rompió; lo hizo tímido. Estaba golpeando una roca con la que debía hablar.

El vértigo se apodera de mí. Quiero saltar. Quiero abrazar a Rafe, pero me quedo donde estoy y me contento con una amplia sonrisa.

—Bien —dice Rafe—. Armonicémoslo para que pueda sentirlo.

Se acerca, hace shiin con su mano izquierda y la alinea junto a la mía. Una armonía es la práctica de dos sire que conectan su shiin en el índice y el pulgar en un triángulo para así combinar el poder de su ha'i. La energía entre mis manos y las de Rafe está cargada de... algo.

—Puedo sentir cómo conduces la energía. Ahora a ver si puedes controlar su dirección.

Su mano, mucho más grande que la mía, emite chispas. Estas se enroscan alrededor de mi muñeca y forman un brazalete, o un grillete. Después las chispas se apagan al chocar con mi piel.

—Ahora inténtalo tú.

«¡Chispas!». Me olvido de enmarcarlo como una petición.

No hay chispas. En cambio, el aire entre mi mano y la de Rafe vibra como una fuerza magnética, juntando nuestras palmas.

Su mano presiona la mía. Me quema, una quemadura placentera que me recorre todo el cuerpo.

Miro a Rafe y veo sus ojos fijos en la unión de nuestras manos, su rostro expresa confusión.

Alza la vista y nuestras miradas se encuentran.

No puedo respirar.

Nos miramos las manos, y Rafe entrelaza sus dedos en los espacios vacíos de los míos. Uno a uno. Me provoca un torrente de sensaciones en mis partes más sensibles. Nuestras manos entrelazadas forman una energía intensa y tangible, y ninguno parece dispuesto a romper la conexión.

Cada partícula de mi cuerpo siente una atracción magnética hacia Rafe.

Como si quisiera que cada centímetro de nosotros estuviera en contacto, y como si eso no fuera lo suficientemente cerca, y como si quisiera que nos fundiéramos en un único ser.

Respiro y aparto la mano. Pero cuando vuelvo a mirarlo, veo puro deseo. Me aterra saber que esa misma mirada esté reflejada en mis ojos.

—No eres mi tipo —dice con voz entrecortada—, pero al parecer nuestro ha'i es altamente compatible. He oído hablar de eso, pero jamás lo había experimentado.

Su expresión hace que el aleteo de mi vientre se convierta en un enjambre. Yno de delicadas mariposas. Más bien de polillas, murciélagos y otras cosas nocturnas con malas intenciones.

Da un paso adelante y sus ojos hambrientos recorren mi cuerpo.

Su arrogancia por creer que es apropiado hacer un acercamiento ahora me horroriza, ya que eso es lo que tiene en mente.

Abro la boca para regañarle, pero mi rechazo se queda en los labios cuando acorta la distancia entre nosotros y siento que mi cuerpo solo lo quiere más cerca.

—Para —jadeo, alejándome de él. Me doy con la pared que tengo detrás sin ninguna otra salida—. Estás haciendo algún tipo de truco con tu ha'i.

Se ríe.

—¿Yo? Hierbecita, no puedes culparme de todo esto a mí.

Él arrastra su dedo índice por mi brazo y los dos vemos con asombro cómo se encienden chispas allí donde nuestra piel se encuentra. Me recorre bajo la piel un hormigueo físico, eléctrico, y cada fibra de mí arde y se estremece. Se inclina y me murmura al oído con voz grave:

—Tu ha'i también ha salido a jugar.

Puede que no lo entienda, pero sé que tiene razón.

Pasa un momento en el que lo único que se oye es nuestra respiración entrecortada y entonces nos dejamos llevar al unísono.

Lo agarro y él me presiona, me coge la mano y la inmoviliza por encima de mi cabeza contra la pared para besarme el cuello.

Sus dedos se curvan alrededor de mi garganta y gimo cuando aprieta más fuerte, el metal de sus anillos se hunde en mi suave carne.

Su boca asciende para mordisquearme la oreja y cada roce me enciende la piel.

No como las llamas de una vela, sino como el devastador fuego de un bosque en llamas.

Siento cómo partes de mi cuerpo reaccionan, partes de mí que ni siquiera sabía que existían hasta este momento, ahora todas deliciosamente en llamas.

Mi mano libre sube por detrás de su camisa, mis uñas se clavan en su espalda sólida y musculosa.

Siento su acelerado corazón apretado contra mis pechos e involuntariamente empujo mis caderas contra las suyas con un gemido delirante.

—He estado con otros sire antes; no suele ser así. Ami ha'i le gusta mucho tu ha'i —dice en un susurro. Entonces pone su mano en mi muslo, levantando mi pierna para presionarme aún más cerca, haciéndome jadear.

Su boca roza mis mejillas, su aliento me calienta la piel entre gemidos mientras sus labios se acercan.

Juro que jamás he deseado nada tanto en mi vida como este beso que está por llegar, pero en el último segundo cambia la trayectoria y, en su lugar, su boca me roza el cuello.

Gime de frustración, y me muerde. Siento cada diente hundiéndose en mi piel, como si estuviera a punto de desgarrarme el cuello y beberse mi alma.

No es un mordisco suave. Me duele. Los fuegos artificiales estallan en mis párpados cerrados.

Estoy mareada y me siento ligera, como si toda mi sangre se hubiera sustituido por helio.

Entonces su lengua se arremolina con suavidad alrededor de donde me ha mordido, calmándome, haciéndome gemir de nuevo.

—Rafe, para, no podemos —jadeo.

Emite un gemido agónico, pero se detiene y responde sin aliento:

—Esto va a acabar conmigo.

—No.

Lo empujo suavemente y, para mi sorpresa, no se resiste. Me esfuerzo por recuperar el aliento.

—Voy a salir de esta habitación... y luego voy a evitarte.

Me tambaleo hacia la puerta, sin saber cómo consigo mantenerme de pie. Me doy la vuelta y añado:

—Y nada de tocarnos durante el entrenamiento.

Parece casi borracho cuando responde con voz entrecortada y una sonrisa.

—Me equivoqué. Eres totalmente mi tipo.