Academia de musas 1. Exilio 25 #2
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25 #2

—Hay una alfombra en el suelo, que es una fuente de electricidad estática.

Ahí hay una ventana por la que vemos que árboles, con ramas y raíces lo suficientemente cerca para atravesarla —dice cortante y prepotente—.

Las rocas de la esquina pueden calentarse.

Si llevas algunos dones, se puede esculpir el barro y animarlo para que se convierta en un gólem.

Tienes que aprender a pensar todo esto por tu cuenta.

Tienes que saber lo que puedes controlar.

—Bien, estoy aquí para aprender. Lo intentaré, pero deja de gritarme.

Estoy molesta conmigo por no haber pensado en el árbol. Las plantas son mi especialidad.

—No te estoy gritando; te estoy hablando apasionadamente.

—Por favor, reduce tu pasión.

—Soy una persona apasionada.

—Eso he oído.

Sonríe, pero continúa sin perder el ritmo.

—Empecemos con la estática.

Lo demuestra frotando su pie con el calcetín puesto contra la alfombra y luego levantándolo con la pierna doblada por la rodilla. Entonces, en una demostración de increíble destreza, pasa su mano en shiin por debajo del pie. Una llama se prende y se apaga cuando Rafe la aplasta entre sus manos.

Es impresionante, pero no voy a darle la satisfacción de decirlo.

—¿Puedes hacerlo otra vez? —le pregunto.

Rafe se frota el dedo del pie con la alfombra. Me muevo para observarlo más de cerca y esta vez la llama que enciende se convierte en una gran llamarada, prendiendo un mechón de mi pelo.

La expresión de sorpresa de Rafe deja claro que esto no tenía que pasar. Por instinto, sofoco las llamas entre gritos, mi cara se va calentando a medida que el fuego me lame el pelo. Él abre veloz una modificación de su cuchara que apaga rápidamente las llamas. La habitación huele a pelo quemado.

—¿Qué acaba de pasar? —pregunto.

—No estoy muy seguro. No ha sido una respuesta normal. No he usado tanto ha'i. Es casi como si... —dice antes de interrumpirse y mirarme con curiosidad, pero no termina la frase.

—¿Cómo si qué?

Ignora la pregunta.

—Deberías practicar esto por tu cuenta hasta que le cojas el tranquillo.

—No estoy del todo convencida; no parece muy seguro.

Echo un vistazo a mi pelo, pero hay tanto que los rizos perdidos por el fuego apenas se notan.

—Deberías estar bien. Lo ocurrido es una circunstancia inusual. Solo asegúrate de tener a mano una modificación para extinguir las llamas.

Él blande la modificación que usó conmigo hace unos segundos.

—Uh, no tengo uno de esos.

—Tengo uno extra para prestarte.

—Gracias.

Rafe me hace crear electricidad estática con mi pie e intentar prenderle fuego, pero él parece distraído, y yo asustada por otro incendio. Aunque puedo hacer una chispa, no me sale crear una llama. Finalmente, con un suspiro, Rafe se rinde.

—Creo que es suficiente por ahora, demos por terminada la velada.

Asiento con la cabeza, un poco decepcionada. No hemos ganado mucho terreno.

—Vuelve a mi habitación conmigo —dice Rafe—. Puedo conseguirte esa modificación.

Vuelvo a asentir.

El camino por el ala de verano se me hace familiar y sé que estamos llegando a su habitación cuando los tapices adquieren el color de la hierba recién cortada y las paredes se iluminan con luces de luciérnagas.

—¿Quieres entrar? —pregunta Rafe delante de su puerta.

Podría fácilmente coger la modificación y traérmela, así que la respuesta obvia a esa pregunta es un no.

—Claro —le digo.

Mientras él rebusca en un cajón en busca de la modificación, deambulo por la habitación.

No tiene compañero de cuarto. Supongo que los príncipes están por encima de compartir alojamiento.

Encima del piano que ocupa casi toda su sala de estar, hay una pequeña escultura de un dragón de hematita reflectante con los ojos de amatista.

Junto al dragón, hay un marco dorado con una foto de la familia real de Vanguard, de la cual, a partir del Quórum, me he asegurado de saber más.

Están todos sentados en fila sobre un estrado, tan perfectos como el cuadro de un museo.

El padre de Rafe, el rey George, se sienta junto a su esposa, la princesa Lilith, quien parece más joven que algunos de sus hijastros.

Alexander, el heredero, se sienta a la derecha del rey, y tanto Rafe como su hermano pequeño, Benjamin, están junto a la princesa.

Aunque no llevan corona, destilan realeza.

Salvo el príncipe Alexander, todos son rubios, y sin excepción, hermosos.

Benjamin se sienta con menos gracia que el resto, ligeramente reclinado como el único punto de fuga en una línea simétrica de cuadros. Hay menos severidad en su rostro. Menos ángulos y líneas afiladas. Sus ojos tienen más humor que altivez, más pregunta que afirmación.

Rafe viene a ponerse a mi lado y me entrega la modificación.

—Gracias.

La cojo, pero no hace ningún gesto para echarme de la habitación, así que digo, haciendo un gesto al príncipe más joven:

—Parece un tipo divertido.

Rafe sonríe y su cara se suaviza.

—Ben es el que más se parece a nuestra madre. Es el más dulce de nosotros; y eso que no somos una familia especialmente dulce.

Suelto un resoplido.

—Pero Ben es diferente. Es... amable. Ydivertido. Lo echo de menos.

—¿Por qué no vino contigo a Génesis?

—No es un sire, así que no se consideró que estuviera en peligro —dice, y su expresión se endurece—. Ojalá Hypatia se hubiera quedado allí con él. Su condición es demasiado inestable para haberla enviado sin supervisión tan lejos de casa, por eso tuve que venir yo también.

—¿Qué quieres decir? ¿No te enviaron aquí por ser un sire?

—Estaba cerca de la maestría en la ciencia de la sangre y tengo dieciocho años. Nadie me ha obligado a venir, pero elegí hacerlo para cuidar a Hypatia. Yfallé en hacer lo único por lo que vine.

Aumenta su ritmo respiratorio, pero después inhala con calma y parpadea como única evidencia de sus intenciones. Con el control absoluto de su rostro, hace un gesto e indica el piano.

—¿Tocas?

—Terriblemente —respondo. Kor me ha enseñado un poco a lo largo de los años.

—Muéstramelo —me pide Rafe.

Me siento en la banqueta y arranco con una interpretación aceptable de la sonata Claro de luna . No es una canción que disfrute mucho, es un poco sencilla y lenta para mi gusto, pero eso la hace lo suficientemente fácil para hacerle algún tipo de justicia interpretativa.

Rafe se sienta a mi lado y me quita las manos de las teclas.

—Me vas a ensordecer si sigues así. Estás arrancando el alma a una hermosa canción.

—Supongo que ahora me dirás que Beethoven era un Hacedor o un sire o algo parecido.

—No, solo un genio.

—¿Un genio filisteo? ¿Es posible algo así?

—Era diferente en las generaciones anteriores. Cuanto más tiempo transcurre desde el Éxodo, más se separa el mundo provincial de la verdad que negaron y más involuciona en su ignorancia.

Uf. Intento no odiarlo... ¿por qué tiene que seguir haciéndolo imposible?

Pero entonces empieza a tocar la sonata.

Ylo hace bien. Es hermosa, como ninguna otra versión de la canción que haya escuchado antes.

Maldita sea. ¿Por qué tiene que dársele tan bien todo?

Andaba equivocada al considerar que la sonata era sencilla; cuando se toca correctamente, es cualquier cosa salvo eso.

Las notas me envuelven y tiran de mi pulso hacia la melodía.

Siento envidia. Ojalá pudiera expresar mis emociones a través de la música. Aveces siento que hay algo dentro de mí, pero no conozco el lenguaje para dejarlo salir, así que estoy condenada a no poder expresarme nunca del todo.

Rafe se inclina sobre el piano, con los músculos de la espalda y de los hombros ondulando.

Es como si hubiera dos obras maestras separadas: Rafe, todo su cuerpo comprometido, sus manos haciendo una danza deliberada e intrincada en las teclas; y luego la propia música, tan hermosa, tan inquietante, tan rica.

Hace la transición al tercer movimiento de la pieza, uno que apenas conozco y que sé que nunca podría interpretar.

Sus manos se mueven tan rápido que mi vista las ve borrosas.

Las golpea casi con violencia, pero el sonido que emite es melódico.

Cuando toco el piano, solo uso las yemas de los dedos.

Rafe toda la mano. Los tendones se estiran a medida que sus dedos, sus nudillos y sus palmas intervienen en la danza.

Ha olvidado que estoy a su lado, incluso ha olvidado que estoy en la habitación.

Lo sé por cómo se comporta. La forma en que ha salido de sí mismo y se ha metido dentro de la canción.

La forma en que mece su cuerpo en cada nota.

Toda su dureza habitual se ha desvanecido.

Los ángulos y líneas desaparecen, revelando un rostro irreconocible.

Uno del que solo había visto atisbos hasta ahora.

Una expresión tan apasionada que me hace preguntarme cómo sería besarle.

Ohacer algo más que besarle. Si él se entrega tanto a su música, imagina lo que podría. ..

Eh... borra ese pensamiento.

Empieza a tocar una canción diferente, aunque tardo un momento en darme cuenta porque la transición es como un río caudaloso que desemboca en un océano tranquilo.

Un océano familiar. Ya pesar de que no quiero romper el hechizo que se ha cernido sobre la habitación, estoy tan sorprendida que se me escapa un comentario.

—Conozco esta canción.

—Debes estar confundiéndola con otra —responde Rafe sin dejar de prestar atención a las teclas.

—No, nunca olvidaría una canción así —digo con voz soñadora, porque así es cómo me hace sentir esta canción.

Me envuelve en un recuerdo que huele a cacao con canela, y los dedos de los pies fríos que sobresalen de una manta caliente—.

Mi padre me la ponía cuando era pequeña.

Es la misma melodía que tocaba la caja de música junto a mi cama.

—Eso es imposible.

La aparente seguridad de Rafe me saca de la calidez de mi recuerdo.

—¿Por qué? —pregunto.

—Esta canción fue escrita por un miembro de la tribu levítica para el uso meditativo de los Profetas de Naiot y ayudarles a alcanzar un estado oracular. Es imposible que puedas haberla escuchado.

Me sorprende que una música tan dulce pueda salir de sus dedos mientras el desprecio inunda su voz.

—Como quieras —respondo—, piensa lo que te dé la gana. Sé lo que mi padre me tocaba.

Cierro los ojos, deseando volver a sumergirme en la canción. Aprieto mis manos, frotando mis cicatrices la una contra la otra. No dejaré que la música de Rafe se arruine por su actitud. Pero mis palabras lo han enfurecido y sus dedos golpean las teclas con un tintineo de notas agrias.

—Te digo que es imposible que «Nocturno» de Yosef HaLevi fuera tu tonta canción de cuna en el mundo filisteo.

Olvido por un momento cómo respirar.

—¿Cómo acabas de decir que se llama el compositor? —pregunto.

—Yosef HaLevi —balbucea.

Si no me hubiera pasado los últimos meses reprimiendo constantemente mis reacciones, nunca habría sido capaz de aparentar indiferencia al responder.

—Tienes razón. Debo estar equivocada.

Pero sé que no.

¿Qué estoy haciendo aquí? Este plan no implica que nos hagamos amigos.

—He estado aquí el tiempo suficiente como para alimentar todos los rumores. Debería irme.

Me muevo del banco y me levanto.

No me acompaña a la puerta.