25
Al terminar mi clase de escultura, Rafe me está esperando en la puerta para acompañarme a comer. Camino a su lado tiesa como un palo.
Esto es nuevo. Esto es raro.
Atraemos miradas cuando llegamos juntos a la cafetería, incluyendo la de Michael. Le sonrío y Rafe ve algo en mi expresión, porque me pregunta:
—¿Qué os pasa a vosotros dos?
—Nada —respondo demasiado rápido.
La comprensión se refleja en su cara y sonríe con picardía.
—¡Qué traviesa! —exclama, y se inclina más hacia mí para susurrarme al oído—: Tú también le gustas, se nota.
—No sé de qué estás hablando —digo con tanta ligereza como puedo reunir, pero la verdad es que mi corazón da un vuelco con esas palabras.
¿Oes por la sensación de su aliento haciéndome cosquillas en el cuello?
Está de pie muy cerca y sé lo que espera la gente que nos rodea: una buena muestra de nuestra farsa.
Michael nos observa a Rafe y a mí con una mirada tormentosa. ¿Está molesto? Rafe también ve la mirada, así que pone su mano en la parte baja de mi espalda y se inclina hacia mí, provocando una oleada de escalofríos en mi vientre.
—Yo también iría a por él si no fuera tan santurrón y aburrido —susurra Rafe. La forma en que me guiña el ojo hace que a los demás les parezca que ha dicho algo mucho más... íntimo.
Michael aprieta la mandíbula y cierra los puños.
Siento un poder que no había sentido antes. Es tan embriagador que apenas noto el creciente calor de la mano de Rafe a través de mi camisa o la forma con la que ese calor se extiende cuando mueve la mano para agarrarme por la cintura y llevarme hacia su mesa. Michael nos sigue.
—Oficial Castle —dice rígidamente—, necesito hablar con usted.
Siento que Rafe se ríe por lo bajo.
—Nos vemos después —dice besando con suavidad el aire cerca de mi mejilla.
Todo esto es una actuación para Michael, lo sé, pero eso no impide que el calor aumente en el espacio que nos separa.
Mi respiración se acelera mientras me acerco a Michael y estoy honestamente confundida sobre cuál de los chicos es mejor.
—¿Sí? —le pregunto a Michael una vez que Rafe está fuera de su alcance.
—Quería darle unos libros —dice. Rebusca entre el contenido del maletín de cuero sin mirarme y me tiende dos libros. Su mano se detiene con el roce de nuestros dedos—. El resto del seminario los leyó a principios de año, tendrá que ponerse al día.
Son Utopía de Tomás Moro y El príncipe de Nicolás Maquiavelo. Son muy diferentes a los libros de casa. Estos volúmenes encuadernados en piel tienen una tipografía elegante y páginas con textura que parecen cartas del autor dirigidas al lector.
La emoción que siento al recordar su expresión anterior me hace armarme de valor, así que le pregunto:
—¿Tal vez puedas ayudarme a ponerme al día?
No es que espere que pase nada; se supone que finjo tener una relación con Rafe al fin y al cabo. Pero echo de menos las sesiones de tutoría con Michael de cuando era aprendiz. No me mira a los ojos.
—Lo siento. Bloche está fuera de nuevo y mi agenda está llena esta semana. No es nada que no pueda hacer usted sola —dice, mirando hacia arriba con los ojos vacíos de cualquier emoción—. Si tiene alguna pregunta, puede formularla durante el seminario. Disfrute de su almuerzo.
Y con esa mirada y esas palabras, de repente todas mis dudas regresan.
¿Qué es una mirada celosa? Se malinterpreta fácilmente, eso seguro.
Las palabras y acciones son más fuertes que el imperceptible y probablemente imaginado lenguaje corporal.
Necesito dejar atrás mis fantasías. Me están distrayendo de lo que es importante y, aunque odio admitirlo, me están destrozando por dentro.
Rafe me ha guardado un asiento a su lado, pero la idea de comer con un grupo de oficiales de la Guardia no me atrae.
Bram e Yvette están en esa mesa. Los dos quieren a todas luces volverse a ganarse la simpatía de Rafe y él parece dispuesto a soportar su presencia, lo que no entiendo.
Pero no protesta cuando paso su mesa de largo para sentarme con Georgie.
Simon ocupa emocionado mi asiento vacío.
Ha estado siguiendo a Rafe como si estuviera haciendo una audición para el papel de perro faldero.
Mi comportamiento y el de Rafe no han pasado desapercibidos. Georgie tiene una mirada interrogante y algo ofendida. Pero todo el mundo a nuestro alrededor está escuchándonos a escondidas; ni siquiera están siendo sutiles al respecto. Tendré que esperar otro momento para explicárselo todo.
Pero no hay más tiempo para contárselo antes de reunirme con Rafe para la primera sesión de entrenamiento.
Nos ha reservado un estudio en el ala de primavera, una zona que apenas he explorado.
Entro en un pasillo que tiene un riachuelo que lo atraviesa y suave musgo que crece en las paredes.
El riachuelo se convierte en una cascada cuando llego a una escalera por la que desciendo.
Es un lujo respirar el fresco vapor. Debería pasearme por aquí más a menudo.
Hay salas con piscinas, saunas, máquinas de ejercicio y un montón de gente con poca ropa aprovechando las instalaciones.
Encuentro la sala en la que Rafe me ha citado.
Está tumbado sobre una colchoneta en el suelo, sin camiseta, resplandeciente de sudor, claramente acaba de terminar una ronda de abdominales, o tal vez el rodaje de un anuncio de ropa interior, porque estoy bastante segura de que es el único otro lugar en el universo donde los hombres salen así.
—Hola, hierbita —me saluda sin malicia.
Tiene un tatuaje de un dragón en el lado izquierdo del pecho. Arrastro los ojos lejos de su torso esculpido y muy conscientemente me concentro en mirar su nariz para que mis ojos no viajen por accidente a otra parte.
—¿Puedes ponerte una camisa? —pregunto en un tono más alto de lo previsto.
«Mírale a la nariz, Ada».
Sonríe, se levanta con elegancia, y se dirige hasta la esquina de la habitación, donde llena un vaso de una pequeña cascada. Ahora entro en pánico, porque su nariz ha desaparecido y no sé dónde mirar.
La sala está casi vacía, con muchas ventanas y un suelo fresco cubierto de alfombras.
Hay unas cuantas rocas en la esquina donde la cascada desemboca en un pequeño estanque, las piedras forman múltiples cubículos de almacenamiento.
Al otro extremo de la habitación, hay una grieta donde una raíz crece a través de la pared. Me centro en ella.
—¿Estás lista para entrenar? —pregunta Rafe. Sigo mirando la raíz, pero lo veo en mi visión periférica, descuidadamente secándose el sudor, sus músculos ondean.
—En cuanto a esa camisa —le recuerdo.
—Me alegro de que te guste lo que ves —responde.
—También estaría bien ponerse unos pantalones largos —añado. Sus ajustados pantalones cortos proporcionan demasiada información.
Se ríe.
—Hierbita, vas a tener que acostumbrarte a toda esta perfección si entrenamos juntos —dice recorriendo con las manos su expuesta figura.
Vale, entrenamiento. Una vez que digiera la profunda verdad filosófica que acabo de comprender sobre la etimología del término «abdomen de lavadero». Para mi alivio, Rafe saca una camisa de uno de los armarios. Luego se la abrocha, pone las manos en las caderas y dice:
—Vale, ¿por dónde empezamos?
—Dímelo tú.
Me rodea despacio, evaluándome, y empiezo a arrepentirme seriamente de haberme puesto unas mallas descoloridas y una vieja camiseta de las Tortugas Ninja. ¿No podría al menos haberme arreglado el pelo? Todavía no me lo he cortado y las largas ondas se me encrespan por todas partes.
—¿Cómo podremos convertirte en una auténtica amenaza?
—Vaya, gracias —respondo secamente mientras intento con desesperación y sin éxito ignorar el calor que emite su cuerpo tan cerca de mí.
—Si los Inquisidores tienen antimateria, necesitarás aprender movimientos básicos de combate para que no seas una completa inútil si te neutralizan las habilidades.
El combate suena muy práctico. Una mirada lateral a esos cortos pantalones ajustados y quiero que tome sin duda la iniciativa.
—Empecemos con los asuntos de sire. Crees que tengo una debilidad particular.
—Sí, una de tantas.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Tienes algo que haga chispa en tu cuchara?
—Sí.
—Sácala. ¿Sabes cómo usarla para crear una llama?
—Sí.
Bueno, en teoría sí, pero no se me da especialmente bien. La modificaron para que creara una pequeña chispa que se enciende con ha'i. Rafe saca su cuchara, abre la modificación que hace chispa y, sin esfuerzo, crea una llama.
—Ahora tú.
Sigo el ejemplo con incomodidad.
—Otra vez —dice observando mis manos—. ¿Qué te hace vacilar? —pregunta cuando llevo tres intentos.
—Nunca se me ha dado demasiado bien crear ha'i a la carta.
—Estás pensando demasiado, hay que hacerlo sin esfuerzo.
No es la primera persona en decirme esto, pero nadie parece entender que me parece que es cualquier cosa menos algo que no requiera esfuerzo. Tal vez soy una sire débil. Me hace probarlo un par de veces más hasta que consigo hacerlo con más soltura.
—No siempre podrás acceder a tu cuchara, así que tienes que estar preparada para improvisar. En esta sala, ¿qué puedes manipular con tu ha'i?
—Mmm, a ti. Ya mí.
Espera más, pero mi mente está en blanco.
—Las luces —digo cuando se me ocurre la idea—. ¿Ytal vez pueda electrificar el agua?
—¿Qué más? —pregunta mientras asiente con la cabeza.
—No me queda nada más —le digo.
—¡Piensa!
La gravedad de su tono me pone los pelos de punta.
—No lo sé, ¿vale? Pensé que por eso estabas aquí, para ayudarme.