22
El ruido de un portazo me devuelve a la consciencia. Entrecierro los ojos con una oleada de vértigo e intento mover los brazos, pero no puedo. Parece que estoy atada a una silla.
Esto me llama la atención.
La adrenalina me recorre y parpadeo para enfocar la habitación. Un chico alto se asoma cerca.
¡Oh! Ese chico. Me invade el recuerdo de nuestro baile...
¡Ese cabrón me ha drogado! Forcejeo, tratando de liberarme para defenderme. Pero la cuerda de seda de araña no cede.
¿Cómo he pasado de tener una vida aburrida y normal a estar secuestrada dos veces en cuestión de meses? Menuda suerte...
—Suéltame —intento gritar, pero me sale más bien un graznido, ya que mi boca está muy seca. ¿Cuánto tiempo he estado desmayada?
—Bueno, hola, pequeña hechicera de luces.
El chico alto ya no lleva máscara y su mirada depredadora deja de ser atrayente. El miedo me eriza el vello de los brazos. La cabeza me late con fuerza y las cuerdas que me mantienen atada a la silla queman mis muñecas mientras sigo forcejeando.
Estamos en una habitación húmeda y con poca luz. Bram está de pie a pocos metros de distancia con la preciosa valquiria que acompañaba a Rafe en el Atlas.
—Pronto los pasillos estarán lo suficientemente despejados para sacarla de aquí sin que la vean —dice la chica a los demás.
—¿Adónde me lleváis? —pregunto con la voz temblorosa, pero me ignoran. Empiezo a sacudirme con tanta fuerza que la silla repiquetea contra las baldosas.
—Supongo que querrás volver a dormir —dice el chico alto, acercándose a grandes zancadas. Sin embargo, se detiene por el chirrido de la puerta que está detrás de mí.
—¿Qué está pasando aquí? —dice una voz profunda, con una evidente sensación de autoridad, y todo el mundo en la habitación se queda completamente quieto.
Reconozco esa voz. Me giro todo lo que permiten mis ataduras.
¡Es Rafe!
No sé si sentir alivio o miedo. Es una presencia familiar, pero no existe un amor ciego entre nosotros, y no me fío de él. Su mirada se cruza con la mía, pero sus ojos son apáticos, no revelan nada.
—Hola, Rafe —dice el chico alto despreocupado, aunque sus hombros están tensos y su mirada se ha bloqueado con la de Bram en una comunicación silenciosa.
—¿Por qué tienes a mi compañera de laboratorio atada en una silla? —pregunta Rafe con frialdad.
El chico alto enrosca un mechón de mi pelo alrededor de su índice.
—Simplemente estaba divirtiéndome un poco con la mala hierba —responde—. No sabía que la conocías, primo.
Se me encoge el corazón al oír que son parientes. El chico desenreda el pelo de su dedo, luego pone su mano en mi hombro y lo aprieta de una manera que me hace subir el ácido a la boca. Me mira lascivamente y pregunta:
—¿Te importa compartir?
—¡Suéltame!
Me resisto a que me toque. ¿Cómo he dejado que ese baboso me sobara?
El subidón de adrenalina de antes está empezando a desaparecer y me siento mareada.
—Eres tonto, Leo —dice Rafe con una voz sosa y aburrida—. ¿Sabes lo que ella es? No deberías estar tan cerca.
—¿Esta filistea imitación de una sire? —dice Leo con burla—. Es inofensiva.
—Podría matarte con un solo toque —dice Rafe levantando la mano con la palma hacia fuera—. La cantidad adecuada de ha'i en tu corazón y —chasquea los dedos— ¡pop!
Sus labios esbozan una sonrisa cruel.
—Y quizá te lo mereces por actuar de una manera tan irreflexiva. Ahora, déjala ir.
Vale, bien, esto avanza en la dirección correcta.
—La necesitamos —responde Leo, quien se resiste a la orden de Rafe.
—¿Y para qué podríais necesitarla? — le pregunta Rafe a Leo con un tono amenazador.
—Hay una recompensa... por los sire —explica Leo, encontrándose con la mirada de Rafe sin retroceder.
—¿Qué? —grita Rafe, y la ferocidad de su voz me hiela la sangre.
—La recompensa es astronómica —dice Leo, aparentemente petrificado ante las palabras de Rafe, evidentemente enfadado, aunque Bram y la chica se encogen como si pudieran desaparecer si se permanecen lo suficientemente quietos.
Rafe habla bruscamente, cada palabra corta el aire cargado:
—Sabes muy bien quiénes están pagando. ¿Cómo se te ocurre ayudarlos? —pregunta, y veo cómo sus ojos azules se han oscurecido en un aterrador tono de medianoche—. ¿Qué te están ofreciendo? No necesitas su asqueroso dinero provincial.
Rafe se acerca y extiende su mano en shiin sobre el lado izquierdo del pecho de Leo. La amenaza es clara. Pop, y adiós muy buenas.
Los ojos de Leo muestran el primer destello de miedo, pero se mantiene firme y Rafe se da cuenta.
—Antimateria —dice respirando profundamente.
Leo asiente afirmativamente. Rafe baja su mano letal.
—¿Así que están ofreciendo antimateria como recompensa del secuestro de sire?
—Rafe, sabes que normalmente nunca me lo plantearía, pero ella no es más que una mala hierba. Vale lo que nos darán.
—Es mi compañera de laboratorio.
—No puede ser que te importe —se burla Leo—. Imagina lo que podríamos hacer si adquirimos antimateria...
—La Guardia debería expulsarte por ser cómplice de un Inquisidor —dice cortándolo y prácticamente escupiendo cada palabra—. Avosotros también —apunta mirando a los otros dos. La chica echa a llorar.
—Primo, ¿por qué defiendes a una mala hierba? Ni siquiera es tan bonita. ¿Qué te ha hecho Génesis? No existía un culo más elitista que el tuyo, Rafe Vanguard.
—Defiendo a una sire antes que ayudar a nuestro mayor enemigo —dice, y agarra la mano de Leo señalando el anillo de hueso, la gema gremial de la Guardia Avant—. Un enemigo contra el que has jurado por tu vida defender nuestro mundo. ¿Quién es el que ha cambiado aquí?
Leo es más alto que Rafe y, sin embargo, él le habla con desprecio. Rafe suelta la mano de su primo.
—Contadme todo lo que sepáis.
—No sabemos nada. Acabo de recibir esta paloma anónima —se defiende, y saca una paloma desplegada del bolsillo y se la entrega—. Cuando oí lo de la mala hierba sire, pensé que valdría la pena seguirles el rollo.
Rafe lee la nota, se la guarda en el bolsillo y se me acerca. Usa su cuchara para cortar las cuerdas que me atan a la silla.
—Gracias —murmuro mientras me pongo de pie.
Pero una vez lo estoy, toda la sangre se me sube a la cabeza y me tambaleo mareada.
Rafe me aparta bruscamente el pelo y me revisa el cuello.
También me inspecciona las muñecas, ignorando las rozaduras de las cuerdas.
No sé qué busca, pero no encuentro fuerzas para protestar por el contacto.
Es rápido y clínico, pero cada roce de sus dedos provoca el extraño cosquilleo que asocio con su tacto. Si él siente algo no lo admite.
—No te preocupes. Ella está bien —dice Leo resignado.
—Más te vale —responde Rafe. Luego se queda quieto, tan inmóvil que parece inhumano. La furia negra ha vuelto a sus ojos. Está mirando una línea rosada descolorida en el interior de mi antebrazo. ¿Estaba ahí antes? Parece un arañazo casi curado. Rafe resigue la línea con su dedo.
Siento ese cosquilleo.
Me asusta la rabia en sus ojos y el hecho de que, salvo por su dedo en mi brazo, permanezca tan inquietamente quieto.
—Me mientes, Leonardo de Montaigne —dice finalmente con unas palabras tan heladas que enfrían la habitación. Todos tienen miedo.
—Oh, vamos, primo, no seas así...
Rafe se vuelve furioso hacia Leo.
—¡Maldito seas! Ya hay un traidor en tu familia, ¿y te arriesgas a hacer algo así? —grita, y me señala—. Ella nació provincial, pero ahora es un Hacedor. Yes una sire. ¡Una sire! Has cruzado una línea que nunca debería cruzarse.
Mi piel se eriza por el frío y mis rodillas se debilitan.
No entiendo lo que está pasando y estoy tan mareada que se me hace difícil seguir la conversación. Trato de encajar las piezas que se me están escapando.
«Me secuestraron para intercambiarme por antimateria y también me hicieron algo más. Rafe cree que están trabajando con los Inquisidores, pero eso es imposible porque ya no existen. ¿Algún pariente de Leo es un traidor? ¿Cómo ha dicho Rafe que se apellida?».
—Dámelo todo. Ahora —le ordena Rafe.
Cierro los ojos para que la habitación deje de dar vueltas. Al notar mi repentina debilidad, Rafe me agarra del brazo para sostenerme.
—Maldita sea, ¿cuánto la has desangrado?
Cuando abro los ojos Leo le está dando algo a Rafe. Me preguntaría qué es si pudiera concentrarme, pero siento que mi cerebro está envuelto en una neblina. Rafe examina la habitación y luego habla:
—Mantendré tus escarceos con los Inquisidores en secreto, ya que podrían conducirte al exilio y eres de la familia. Pero Alex se enterará de que desangraste a una sire.
Hay un coro de respiraciones entrecortadas ante la mención del príncipe Alexander. El aire sabe a miedo.
La valquiria empieza a llorar de nuevo.
—Rafe, cariño —gimotea—. Lo siento mucho. En verdad yo no formaba parte de esto. Solo estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.
—Basta, Yvette —grita, y ella se calla al instante—. Todos vosotros, fuera de mi vista.
Los cuerpos abandonan rápidamente la habitación.
Leo se detiene en la salida y se vuelve para mirarme con una curiosa malicia.
Luego se marcha, la puerta se cierra tras él y el cansancio se apodera de mí.
Cierro los ojos y recuesto la cabeza contra el brazo de Rafe.
Sus bíceps son tan grandes. Está tan caliente.
Me siento rara. Através del velo de mis borrosos pensamientos, veo a Rafe enviar una paloma.
Pronto llega Kaylie. En algún momento debo de haberme sentado en la silla, aunque sigo todavía apoyada en el brazo de Rafe, agarrando su muñeca. Kaylie y Rafe hablan con voces rápidas y nerviosas, pero yo entro y salgo de la conversación y solo capto algunos fragmentos.
—No eran Inquisidores, eran oficiales de Avant, de familias de la Guardia —dice Rafe.
Supongo que planea mantener la promesa que le hizo a Leo sobre omitir para quiénes trabajaban—.
La desangraron. Lo tengo todo aquí. Por su factor curativo de sire quizá no necesita una transfusión, pero pensé que deberías examinarla para confirmarlo.
Las drogas seguro que siguen en su cuerpo.
—Hay que decírselo a Bloche de inmediato —dice Kaylie.
—No. Déjame decírselo al príncipe Alexander. Es un mal momento para crear tensión con la Guardia, y esto no es algo que el príncipe vaya a tomarse a la ligera, te lo aseguro.
Michael entra por la puerta. Tiene el rostro sonrojado y sus ojos brillan demasiado.
—Oh, gracias al Conductor —exclama al verme, pero después la expresión de su rostro cambia cuando repara en mi aspecto.
—¿Estás bien? —pregunta abriéndose paso hasta llegar a mi lado—. ¿Estás bien?
Ahora estoy bien, le quiero decir. En su lugar le sonrío. Está tan guapo cuando tiene pánico. Tiene el pelo tan salvaje.
—¿Dónde has estado? —susurra Kaylie apremiante—. He intentado localizarte durante una eternidad.
—¿Qué le ha pasado? —dice con una voz que suena lejana. Hay un zumbido en mis oídos—. Se rumorea que hay un sire secuestrado y una potencial brecha provincial. Vine a buscarla en cuanto me enteré. Ella no está entrenada...
—Ella está bien —dice Kaylie tranquilizadora—. Unos chicos le echaron algo en la bebida. La he examinado y está bien, pero necesita descansar. Tenemos que llevarla de vuelta al instituto.
La voz de Kaylie es suave y su mano acaricia el brazo de Michael. Veo cómo lo tranquiliza con sus palabras y su tacto. Luego le aprieta la mano con afecto.
Esto no me molesta.
No me importa.
«Por favor, deja de tocarlo».
—La llevaré al Atlas ahora —dice Michael—. Hay un tren que sale pronto.
—Yo la llevaré —interrumpe Rafe—. Si hay una amenaza provincial, estoy seguro de que te necesitarán aquí.
Michael asiente vacilante, con una pizca de desconfianza en la mirada. Espera, ¿va a dejar que Rafe me lleve de vuelta? No, quiero que lo haga Michael.
—Cuida de ella.
Rafe responde con una breve inclinación de cabeza.
Me levanta de la silla con delicadeza. Mis piernas son fideos y me tiemblan las rodillas.
Antes de que tropiece, Rafe se agacha y me agarra suavemente por detrás de las rodillas para llevarme en brazos como si fuera igual de ligera que mi gato Elliot.
Echo de menos a Elliot. Era peludito. Lleva muerto desde que tenía doce años.
Rafe me abraza como a una niña. Mis piernas cuelgan entre sus brazos y mi cabeza se recuesta en su macizo torso. Me intento quejar, pero el calor de su cuerpo me quita los escalofríos y me siento menos mareada. Además, huele muy bien.
—No tienes instinto de supervivencia. No deberías ser tan confiada —murmura mientras camina por el pasillo.
No respondo.
—¿Estás bien? —pregunta desapasionadamente.
—¡Qué ojos tan bonitos! —es mi respuesta mareada. El reconfortante rumor de su risita me adormece.