21
Ya hemos llegado. Como la multitud presiona hacia la puerta de salida, pierdo de vista a Georgie, pero cuando salgo al andén del tren me encuentro a Michael y a Kaylie.
Al ver la silueta alta de Michael y su pelo alborotado, la adrenalina me recorre por todo el cuerpo.
Lleva un elegante traje de lana, con la americana abierta encima de una camiseta de los Beatles.
Me he acostumbrado a verle con su larga americana de profesor y sus camisas de vestir, pero ahora se parece más al chico que conocí en Italia.
Más juvenil, así que si entrecierro los ojos esos pocos años que nos separan casi desaparecen.
No lo veía desde que fuimos a visitar a Hilde y de repente me pongo nerviosa.
Recibió mi justa indignación, pero ahora no consigo recordar por qué debería estar enfadada con él.
—Estás preciosa —me dice Kaylie.
Su mano agarra ligeramente el brazo de Michael y él me ofrece una pequeña sonrisa. ¿Han venido juntos? ¿Juntos como amigos o juntos juntos ?
La oleada de gente nos empuja hacia una estación cavernosa con techos altos y paredes recubiertas de frescos. No sé exactamente dónde estamos, pero se trata de algún lugar de Italia, cerca de Venecia.
—¡Remmy! —grita Kaylie, quien se separa de nosotros y corre hacia una figura alejada.
Cuando llega hasta el tipo, lo estrecha en un fuerte abrazo. Una vez que se sueltan, ella lo arrastra hacia nosotros.
—¡No estaba segura de que vinieras!
Es delgado, de piel pálida y con el mismo pelo corto y rojizo que el de Kaylie.
—Solo hay un breve trayecto desde Nueva York y, sin embargo, tengo que dar la vuelta al mundo para verte —balbucea ella emocionada.
Mientras Michael abraza al recién llegado con claro afecto, Kaylie se vuelve hacia mí.
—Ada, este es mi hermano Remmy.
¿Acaba de decir que vive en Nueva York? Me quema la curiosidad acerca de cómo un Hacedor, de una familia de valquirias nada menos, podría vivir en mi ciudad.
¿Cómo es que Kaylie nunca lo ha mencionado?
Tengo muchas preguntas, pero rápidamente se lo llevan más Hacedores que están emocionados al verlo.
Entre Remmy y Hilde, he conocido a dos personas que abandonaron la sociedad de los Hacedores por el mundo provincial, y parecen bien recibidos por los suyos.
Ybasándome en el blog conspiratorio de Cicerón, podría haber otros por ahí.
Quizá sean mi gente algún día, cuando me vaya. Porque ese es el plan.
—¡Por fin te he encontrado! —dice Georgie, agarrándome el brazo y tirando de mí hacia mi primer Carnaval.
Todo lo que me han contado sobre el Carnaval palidece en comparación con la realidad.
Estamos en una enorme sala subterránea abarrotada de gente.
Hay numerosos escenarios repartidos por ella cada uno con una actuación en marcha de música, bailes o acrobacias.
Es un espectacular y reverente monumento de arte.
La mayoría de la gente ya se ha puesto la máscara, así que saco la mía del bolsillo. Es un sencillo diseño imitando los rayos de sol que me cubre los ojos y la nariz. La de Georgie tiene la forma de la cara de un gato.
Nos vemos arrastrados a la pista central de baile y nos convertimos en parte de la vibrante multitud. Aquí ya no somos reclutas aberrantes; formamos parte de algo más grande.
Nos detenemos a observar a Mbali, quien se ha unido a otros miembros del Matriarcado de las Islas, todos con máscaras de serpiente, en una hipnótica danza ceremonial.
Junto a ellos hay un coro, cada miembro salpica un tapiz gigante con pintura de un color diferente mientras entonan una compleja sinfonía, que empieza a tener plasticidad en la obra colectiva.
Gritos de júbilo y vítores dirigen nuestra atención hacia el escenario principal, situado en la parte delantera de la sala.
Dos bailarinas valquirias inician un ballet .
Un foco ilumina sus figuras esbeltas y sin camiseta.
Una tiene el cuerpo de un intenso color caoba, la otro está morena y cubierta de tatuajes.
Ambas llevan unas máscaras de pájaros y son las favoritas del público.
La música es estridente, con una tenue percusión y un violín eléctrico.
Las bailarinas son precisas y elegantes, con unos músculos ondulantes y muy ágiles.
Con un espectacular redoble de tambor, sus alas se despliegan y la danza se eleva en el aire.
Se oyen más gritos y vítores cuando otra figura salta al escenario, se arranca la camisa y se une al baile. Es Remmy, el hermano de Kaylie. Es magnífico, gira en el escenario mientras las otras dos bailan flotando sobre él.
Remmy hace una impresionante pirueta que hace rugir aún más al público y luego frena con el cuerpo pegado al suelo, entonces tengo una visión clara de su espalda.
En ella, Remmy tiene alas, pero no como las alas de carne y hueso de su hermana o de las bailarinas de arriba.
Las suyas son elegantes alas de ángel dibujadas con tinta en el contorno de los hombros y la espalda.
Los tatuajes son hermosos, pero brotan en paralelo a unas cicatrices rojas e inflamadas.
Yno tengo ninguna duda de lo que una vez creció en ese tejido cicatricial.
Me pregunto con horror qué le ha pasado para perder las alas, pero la belleza de su baile arrastra mi atención lejos de su espalda.
A pesar de que permanece en tierra, de algún modo está volando, tejiendo una historia de pérdida que siento en lo más profundo de mis entrañas.
No sabía que la danza pudiera contar una historia así; jamás había sentido que pudiera afectarme tanto como la música o la pintura.
Pero aquí estoy, completamente deshecha.
La música reverbera por todos los rincones de la sala, discordante y armoniosa al mismo tiempo, elevándose en un glorioso crescendo y, justo cuando estoy segura de que mi corazón va a estallar en un millón de pequeños pedazos de dolor, las dos bailarinas voladoras levantan a Remmy del escenario y lo elevan por encima de la multitud.
Todas las caras de la sala se dirigen hacia el techo, los tres bailan juntos, las dos valquirias se balancean y se van pasando a Remmy mientras este se eleva en rítmicas piruetas como una estrella fugaz en el cielo nocturno.
El anhelo se convierte en esperanza, toda la sala lo siente al unísono, nuestros cuerpos moviéndose con la música.
Mi yo se disuelve en la multitud mientras la melodía resuena en mi cráneo hasta llegar a mis dientes.
Se funde en mi sangre, reescribiendo el ritmo de mi pulso, pintándome como parte de esta obra maestra colectiva.
Soy incandescente,
una ráfaga de viento vespertino,
la última nota de una canción,
el jadeo entre besos...
Momentos, horas o vidas después, me giro y Michael está a mi lado.
—¡Ahí estás! —dice. Apenas oigo las palabras por encima de la música, pero puedo leerle los labios—. Quería ver la reacción de alguien que está aquí por primera vez. ¿No es increíble?
Me acerco para que me oiga más allá de la música ensordecedora.
—¡Sí que es increíble!
Su rostro brilla, todo hoyuelos y alegría, y no puedo resistirme a acercarme y apartarle un mechón de pelo de la cara.
Normalmente nunca me atrevería, pero el ambiente del Carnaval hace que parezca que las reglas se suspenden por un lapso de tiempo.
Se ríe mientras el mechón vuelve a la posición original.
—Esa es una batalla que perdí hace mucho tiempo.
Michael extiende los brazos, levanta la cara hacia el techo y gira.
Río y giro con él, como si la música nos llevara lejos, hasta que me precipito sobre su cuerpo, mareada y embriagada por el momento.
Me coge la mano y me hace girar bajo su brazo, luego lo hace a la inversa hasta que mi pecho presiona el suyo.
Me suelta la mano y me agarra por la cintura.
Le rodeo el cuello con los brazos, vacilante, y le miro a la cara.
Es un rostro que me hace sentir cómoda, que me hace sentir en casa.
Quizá tenga defectos, pero lo intenta. Yquizá pueda ayudarle a que lo intente más, porque su gente y todo lo que nos rodea merece la pena.
Cuando nuestras miradas se cruzan, nuestras risas se apagan.
Los ojos de Michael brillan bajo sus espesas pestañas oscuras.
Su nuez de Adán se balancea y me pregunto cómo se deben sentir sus labios sobre los míos.
Sus dedos endurecidos por la guitarra rozan mi mejilla y me acarician la cara.
No oigo la música ni siento el movimiento de los bailarines de fondo.
El único sonido es el eco de mi corazón en los oídos.
«Bum-bum».
La presión de su cuerpo alto y delgado contra el mío me hace sentir calor.
Me siento sensual, feroz y temeraria. Inclino mi cara hacia la suya y ahora nuestras bocas están tan cerca que respiro cada temblorosa exhalación.
«Bum-bum».
Clavo los dedos en sus hombros con tanta suavidad que casi no lo noto, me da un beso en la mejilla.
«Bum-bum».
Tan suave como el aleteo de una mariposa e igual de fugaz.
El roce desaparece tan pronto como ha empezado.
—Estás radiante esta noche —me susurra al oído, con palabras teñidas de una tierna nota de arrepentimiento.
Y entonces me suelta y se aleja, desapareciendo en la multitud ondulante. Casi dudo que haya sucedido, pero el lugar en el que sus labios han rozado mi piel está marcado con el aguijón de un tatuaje recién hecho.
El ruido vuelve y me encuentro sola en la abarrotada pista de baile, mi corazón se debate entre la emoción y la decepción, mi cuerpo está excitado y frustrado.
Me aferro mentalmente al recuerdo que se está desvaneciendo. No me suelo permitir desear a Michael, pero lo haré durante las próximas horas. Hasta que tenga que volver a la realidad donde nunca podré tenerlo. Por qué jamás podré tener nada de esta vida. Georgie se separa de un grupo de bailarines.